Una mirada a las zonas verdes de Bogotá

Por: / Marzo 2019

A pesar de los esfuerzos por respetar el espacio público y las zonas verdes, la ciudad está lejos de los estándares recomendados por organismos internacionales.

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ay lugares que recordaré toda mi vida. Algunos han cambiado para siempre, no para bien, algunos se han ido y otros permanecen. Esto decían Los Beatles, y el sentimiento de nostalgia es el mismo al revisar fotos antiguas de Bogotá: avenidas amplias con árboles frondosos y lagos rodeados de verde para ir a descansar. Bogotá, aunque no era una ciudad rigurosamente planeada, al menos sí era un lugar con amplios espacios para el esparcimiento y la diversión de sus habitantes.

De esa ciudad solo quedan las fotos viejas y los recuerdos. El espacio público y las zonas verdes han ido reduciéndose año tras año para abrirle paso a edificios de apartamentos, oficinas y centros comerciales. Esto ha hecho que al hablar hoy de Bogotá vengan a la mente imágenes de caos y contaminación, lo cual no es solo un problema urbanístico, sino también un obstáculo para el bienestar de los ciudadanos.

Andando el pasado

“Bogotá tuvo varios períodos de crecimiento de la población durante el siglo XX que obligaron a pensar en la vivienda para los nuevos residentes”, dice María Mercedes Maldonado, ex secretaria de Planeación Distrital. A finales de la década de 1920 la planeación de la ciudad empezó a contemplar el espacio público —avenidas, paseos, andenes— como el eje de la Bogotá moderna. En esos años el diseño de la ciudad incluyó infraestructura de acuerdo con los usos de los espacios, las necesidades de los habitantes y la densidad de ocupación de la ciudad.

Buena parte de esa Bogotá de la primera mitad del siglo pasado quedó convertida en ruinas luego del Bogotazo, el 9 de abril de 1948. La ciudad tuvo que repensarse, pero sobre todo, tuvo que recibir a miles de personas que huyeron del campo por culpa de la Violencia. La densidad poblacional aumentó, era necesario construir más viviendas, y el espacio público se fue reduciendo. Ese fue el primer momento de crecimiento excesivo en detrimento del espacio público y las zonas verdes.

Más tarde vendría el impulso del gobierno nacional al sector inmobiliario en los años setenta, lo que atrajo aún más a la población campesina a la ciudad: en la capital encontraban oferta de vivienda y trabajo, justamente debido a la necesidad de mano de obra barata para la construcción. Finalmente, en la década de 1980 y durante los siguientes 20 años Bogotá vio llegar otra ola de campesinos que huían de la violencia.

El aumento de la construcción sin planeación urbana trajo varias consecuencias nefastas para las zonas verdes: a la reducción se sumó la afectación que sufrieron muchas de ellas por la presión inmobiliaria y poblacional. Explica María Mercedes Maldonado: “la densificación es uno de los problemas más complejos que ha tenido Bogotá. Cuando la ciudad se densifica, sus espacios verdes se vuelven insuficientes en relación con la población que se va concentrando en el área urbana. Porque se parte del supuesto de que la ciudad ya tiene muy buenas infraestructuras y muchas áreas verdes, entonces hay potencial para urbanizar”.

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Las zonas verdes son las que más sufren, porque para los ojos del sector inmobiliario constituyen los lugares ideales para construir nuevas viviendas”.

 

Una forma de entender mejor la situación es con un cálculo sencillo. En Bogotá fue muy común que una casa familiar para cuatro o seis personas —que tenía garaje, jardín a la entrada y solar en la parte posterior— fuera demolida y que allí se construyera un edificio de apartamentos. Para efectos del ejemplo, pensemos en una torre de 24 apartamentos donde viven tres personas por vivienda. De un plumazo, en el mismo espacio donde vivían cuatro o seis personas pasaron a vivir 72. Hay más oferta de espacio para vivir, pero en esa oferta las zonas verdes no existen, o no aumentan de acuerdo con la cantidad de habitantes.

Y el asunto se torna mucho más grave cuando se regresa nuevamente en el tiempo para recordar que Bogotá, además de densificarse, también se expandió, especialmente en terrenos no aptos para la construcción, que eran propiedad de urbanizadores piratas que en lo último que pensaban era en respetar las reglas de construcción. “Donde más crecieron las construcciones informales fue en zonas populares como Suba, Bosa, Kenned y,Ciudad Bolívar. La gente compraba un lote de 72 metros cuadrados que era lo que vendían los piratas y allí hacía dos, tres o hasta cuatro pisos. En ocasiones, en un solo piso había dos viviendas. Actualmente en la ciudad se deja más o menos el 47 % de terreno para espacio público y lo demás son áreas verdes y recreativas. El urbanizador pirata suele ocupar hasta el 70 % del suelo, solo deja 30 % para espacio público: eso incluye vías, salón comunal y escaleras si construye en pendiente. Imagínese la calidad de esos espacios”, dice Maldonado. Si se trata de entender el problema de la densidad y la falta de espacio público las cifras son claras: estas localidades ocupan el 22 %del territorio distrital, pero allí vive el 40 % de los bogotanos.

Nuevamente las zonas verdes son las que más sufren, porque para los ojos del sector inmobiliario constituyen los lugares ideales para construir nuevas viviendas. En la localidad de Suba se perdió el 56 % de las zonas verdes entre 1985 y 2015, según un estudio de la Universidad Nacional. Sin embargo, estano es la única evidencia de la desaparición de zonas verdes en la ciudad: hay historias más tristes que tal vez solo los abuelos recuerdan.

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Historia de tres lagos

En 1922 había un lago en Bogotá que ocupaba cerca de una manzana. Quedaba en lo que hoy es la carrera 15 con calle 78. Las fotografías de esa época muestran un lago con barquitos, atracciones mecánicas, árboles y caballos para pasear. El lago Gaitán era uno de los sitios preferidos de la Bogotá de antaño para encontrarse y descansar. Hasta la década de 1950, cuando decidieron secarlo para construir un nuevo barrio. Del Lago Gaitán solo queda parte del nombre —barrio El Lago— y algunos edificios inclinados o que están hundiéndose, porque fueron construidos en lo que alguna vez fue un cuerpo de agua.

En el sur de la ciudad también había dos lagos rodeados de bosques, que eran lugares de encuentro y esparcimiento. El San Cristóbal era un lago artificial inaugurado a comienzos del siglo XX en un área de la rivera del río Fucha que solía inundarse. Allí también crearon una isla dentro del lago y había atracciones mecánicas, botes y restaurantes. Este parque fue un emblemático lugar de recreo de todas las clases sociales: las clases altas organizaban allí bailes y banquetes, mientras que las personas más humildes jugaban tejo y comían fritanga. En la década de 1960 este lugar sucumbió a la presión de la construcción, fue vendido a una urbanizadora y hoy hace parte de la localidad que lleva el mismo nombre.

El lago Luna Park fue inaugurado en 1921 al sur de Bogotá y fue pensado como un parque al aire libre para los niños: tenía columpios, un carrusel de aviones, balancines y zonas verdes para caminar. A mediados del siglo pasado desapareció y sobre él construyeron parte del barrio Restrepo.

Lo que nos queda

El crecimiento de la población y la urbanización desbordada e ilegal han hecho que actualmente Bogotá tenga unos estándares de espacio público y zonas verdes muy inferiores al promedio internacional. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que las ciudades tengan un árbol por cada tres personas para que la calidad del aire sea óptima; en Bogotá hay un árbol cada seis, de acuerdo con el Observatorio del Espacio Público de Bogotá. Solo tres localidades —Chapinero, Teusaquillo y Santa Fe— logran llegar a la cifra sugerida por la OMS.

El espacio verde está conformado por las áreas públicas de la estructura ecológica principal de la ciudad, que para el caso de Bogotá son los Cerros Orientales, el páramo de Sumapaz y la cuenca del río Bogotá. Aquí tampoco hay mucho que mostrar: la ciudad cuenta con 6,3 m² de espacio público verde porhabitante, cuando el mínimo según la OMS debe ser de 10 a 15m² por habitante. Sobre este último dato, María Mercedes Maldonado dice que los índices de Bogotá podrían ser mucho más altos, de no ser porque hay zonas de los Cerros Orientales que son propiedad privada. “Hoy en día el mejor espacio público que tenemos son los cerros, pero de las 14.000 hectáreas disponibles, solo 5.000 son de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá”.

El déficit es mucho mayor si se habla de espacio público efectivo, es decir, de los parques, plazoletas, andenes, vías y zonas verdes de la ciudad. El promedio de Bogotá es de 4,4 m² por habitante, de acuerdo con el Observatorio del Espacio Público de la ciudad, pero esta cifra está muy lejos de los 15 m² por persona que recomienda la OMS. En la localidad de Mártires el espacio público es ínfimo: allí hay apenas 1,98 m² por habitante.

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El promedio de espacio público de Bogotá es de 4,4 m² por habitante, pero esta cifra está muy lejos de los 15 m² por persona que recomienda la OMS”.

Al revisar el mapa de Bogotá es que se entiende la relación tan desigual entre el espacio público y la construcción: apenas se pueden ver unos pocos puntos verdes de espacio público en una gran mancha roja de urbanización. De todas maneras, según la ex secretaria de Planeación María Mercedes Maldonado, el problema no ha sido la construcción, pues finalmente era necesario hacerle espacio a los migrantes del campo. “El problema es la falta de compromiso de los gobiernos locales con una planificación al servicio de la calidad de vida de la gente, porque el espacio público es esencial para vivir bien, es un indicador de salud”.

Y es en este punto donde lo que sucede con la ciudad afecta el bienestar individual y colectivo. De acuerdo con un estudio sobre la importancia de las zonas verdes en el espacio público, realizado por Ángela Casas y Daniel Gómez de la Universidad del Rosario, las zonas verdes dentro de la ciudad tienen como función “permitir el flujo de especies de flora y fauna a través del paisaje urbano; comunicar las zonas verdes que se encuentran aisladas dentro de la ciudad (corredores verdes); y servir de protección y hábitat ocasional de especies migratorias de aves”. Para el caso de Bogotá, la preservación de la estructura ecológica principal —Cerros Orientales, páramo de Sumapaz y cuenca del río Bogotá— permite no solo darle forma a la ciudad y embellecer el paisaje, sino también mitigar inundaciones y derrumbes.

Pero hay más. En una investigación de la Universidad Politécnica de Catalunya que comparó el espacio público de Bogotá con el de Barcelona, se afirma que los parques urbanos además de purificar el aire, filtrar el ruido y estabilizar el microclima, también traen beneficios sociales y psicológicos a los ciudadanos. Según dice este este estudio, las zonas verdes de las ciudades satisfacen necesidades humanas como “el relajamiento, descanso de la rutina diaria, regeneración del equilibrio psicofísico e incluso estimulación de conexión espiritual con el mundo natural”. Los espacios verdes, además, están relacionados con niveles de estrés más bajos, menor incidencia de trastornos mentales y mayor salud cardiometabólica, afirma el estudio.

Volviendo a Los Beatles, parece que Bogotá en algunas cosas cambió para siempre, pero no para bien. Tal vez lo mejor sea disfrutar lo que nos queda y conservarlo de la mejor manera para nuestros hijos.

 

*Fotos cortesía Museo de Bogotá y Archivo El Tiempo.

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