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cómo envejecer mejor hoy

La edad sí es solo un número

Ilustración
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Además de la edad que aparece en los documentos, hoy existen conceptos como la edad biológica y la edad subjetiva, dos ideas que podrían enseñarnos a envejecer mejor.

Todos sabemos que la gente “comeaños” existe. Se trata de un tipo de personas privilegiadas por la biología que aparentan muchos menos años de los que tienen y que, además, gozan de una salud envidiable frente a sus contemporáneos. De hecho, muchos de ellos son famosos y los vemos frecuentemente en el cine o la televisión. Actores y actrices que a los 60 siguen haciendo escenas de acción sin dobles y que mantienen la piel tersa con la que debutaron en las pantallas durante el siglo pasado… o casi.

Alrededor de ellos, internet se ha llenado de teorías conspirativas: transfusiones de sangre joven, consumo de placentas, pactos con el diablo y muchos etcéteras. El morbo y la información falsa siempre abundarán cuando se trata de buscar la fuente de la juventud. 

Lejos de esta cultura conspiranoica, en la actualidad existen grandes avances en la medición de la edad, y con ellas algunos descubrimientos sobre cómo podemos mejorar nuestros hábitos para que lleguemos a una vejez con independencia y buena salud. 

Y aquí surge la pregunta: ¿Será posible ser joven durante más tiempo y que esto no se vuelva una obsesión?

Edad biológica: cuando el cuerpo envejece a ritmos distintos

A finales de la década de los 40, el fisiatra estadounidense Nathan W. Shock ―hoy reconocido como uno de los padres de la gerontología― propuso junto con algunos de sus colegas la teoría de que el envejecimiento ocurre a ritmos diferentes en distintos órganos y personas. Shock planteó que era posible identificar marcadores fisiológicos, como la presión arterial o la densidad ósea, para medir ese proceso y, con ellos, estimar una “edad biológica” más cercana a la realidad del organismo.
De acuerdo con Héctor Cárdenas, geriatra adscrito a Colsanitas, “hoy se sabe que uno de los marcadores más importantes para estimar la edad biológica es la velocidad con la que caminamos y realizamos nuestras actividades diarias: si vemos a un paciente de 80 años que es funcional, no es frágil y no presenta alteraciones cognitivas, podemos decir que su edad biológica es mucho menor que su edad cronológica”.

El reloj interno del envejecimiento

A nivel molecular, la edad biológica está relacionada con la longitud de los telómeros: estructuras microscópicas que van adheridas a los extremos de los cromosomas y cuya función es proteger la información genética durante la división celular. 

“Durante nuestra etapa embrionaria, la telomerasa (enzima encargada de mantener los telómeros largos) se encuentra muy activa, reparándolos a medida que se acortan. Pero, a medida que crecemos, su acción disminuye progresivamente, lo que hace que los telómeros se desgasten a lo largo de los años y que la regeneración de los tejidos se vuelva más lenta”, explica Orietta Beltrán, genetista y profesora universitaria.

A través de equipos especializados y una muestra de sangre o saliva (en la mayoría de los casos), es posible medir la longitud de dichos telómeros, por lo que resulta ser un reloj biológico más o menos preciso. Sin embargo, destaca Orietta, “una cosa es que tan largos tenemos los telómeros hoy y otra completamente distinta es conocer la velocidad a la que se acortan al pasar los años”. 

Un estudio publicado en la revista médica The Lancet en 2005 evidenció que factores de riesgo como el tabaquismo y la obesidad generan mayor estrés oxidativo, lo que incrementa la tasa de erosión telomérica. El estrés oxidativo es un desequilibrio químico entre las células cuando hay demasiados radicales libres y pocos antioxidantes, lo que genera daños en el ADN inflamación crónica de bajo grado que deteriora los tejidos con el tiempo. 

Y como la inflamación, a su vez, produce más estrés oxidativo, se crea un círculo vicioso.

Otros factores que contribuyen a este desgaste son el consumo de alimentos ultraprocesados, la falta de sueño, el sedentarismo, la radiación solar excesiva y la exposición a contaminantes ambientales.

A todo esto se suma un factor psicológico: la manera como nos percibimos y nos relacionamos con nuestra propia edad. La autoimagen influye tanto que muchos investigadores del envejecimiento llevan años estudiando su impacto en la salud y en la velocidad del deterioro biológico.

Tengo la edad que siento

Veinte años después de que surgiera el concepto de la edad biológica, psicólogos como la también estadounidense Bernice L. Neugarten comenzaron a estudiar cómo la autopercepción y las actitudes culturales hacia la vejez (como el edadismo o discriminación por edad) influyen directamente en la misma vejez. En uno de sus textos más influyentes, Normas etarias, límites de la edad y socialización en la adultez, Neugarten planteó que cada cultura impone expectativas sobre cómo “deben ser” los adultos mayores (y en general cada grupo etario): si es usual que tengan enfermedades crónicas, si siguen trabajando, si pueden o no tener relaciones sexuales, entre otras. 

De esta manera, cuando alguien se aparta de estas expectativas sociales, tiende a autoevaluarse como más joven o más viejo de lo que realmente es.

Aquí entra en juego la edad subjetiva, “que se refiere a la percepción que tenemos de nuestro propio envejecimiento en relación con nuestra edad cronológica”, dice Yineth Preciado, psicóloga clínica y docente de Unisanitas

Una investigación de la Universidad de Florida que analizó las percepciones de edad de más de 17.000 participantes en Estados Unidos llegó a una conclusión determinante: las personas que se sentían más viejas tenían entre un 18 % y un 29% más probabilidades de morir durante el período de seguimiento que aquellas que tenían una edad subjetiva más baja. Este hallazgo posiciona la edad subjetiva como un indicador importante en los procesos de envejecimiento.

Sentirse joven, entonces, permite que vivamos más. Y no solo porque quienes tienen menos enfermedades incapacitantes mantienen la energía para hacer “cosas de jóvenes”, sino por la actitud frente a la vida. Considerarse más joven suele traducirse en más disposición para comer mejor, hacer ejercicio, mantener amistades, tener relaciones sexuales y buscar nuevas metas. Todo esto contribuye al bienestar integral.

Un mundo edadista

Cuando hablamos de cualquier creencia, incluso si tiene connotaciones positivas como sentirse más joven, siempre corremos el riesgo de que se convierta en una obsesión, con las consecuencias que esto implica.


“Todo lo obsesivo es riesgoso, incluso lo sano, como comer bien. Al fin y al cabo, muchos trastornos alimentarios comenzaron cuidándose”, afirma Preciado.

Y es que en la sociedad actual, los años pesan no solo por los cambios fisiológicos del envejecimiento, sino también por las transformaciones externas e internas que se imponen con la edad. Según Preciado, “por ejemplo, el fin de la vida laboral plantea un sinfín de dilemas económicos y de propósito, pero también existe una cuestión estética que va con el miedo de dejar de ser atractivo para los demás”.

En tiempos en los que la industria antiedad vende la juventud como una obligación, surge la idea de que hay que luchar contra el reloj biólogico. Perder esa lucha se vive como algo vergonzoso y entonces ser viejo se convierte en una condición estigmatizante. Esto se evidencia en detalles aparentemente simples como el estado de los andenes al caminar, el abandono familiar y la dificultad para conseguir un nuevo trabajo después de cierta edad. 

En el fondo, estos pequeños y grandes actos de discriminación cargan al adulto mayor de prejuicios y refierzan la obsesión colectiva por la juventud.

“Hoy en día, aún me resulta extraño que no exista, en todas las profesiones, una cátedra sobre el adulto mayor. ¿Cuáles son sus limitaciones? ¿Cuáles son sus ventajas? ¿Cómo podemos crear conocimiento en su beneficio? Que, a fin de cuentas, es el beneficio de toda la humanidad”, reflexiona el doctor Cárdenas.

En una población cada vez más envejecida, necesitamos replantear el papel de los adultos mayores y entender que fenómenos como el edadismo no solo los afectan a ellos, sino que moldean un pensamiento colectivo nocivo s inobre el hecho de envejecer.  Un lastre que arrastramos incluso los más jóvenes, al creer que debemos tener la vida resuelta y todas nuestras metas cumplidas "antes de llegar a los cincuenta”.

La razonable fuente de la juventud

A pesar de que la búsqueda del mítico manantial de la juventud no ha dado los frutos que la ficción promete, actualmente sabemos que avances en campos tan distantes como la nutrición y la genética han probado que ciertos hábitos pueden retardar el envejecimiento, no para evitar estigmas, sino para vivir mejor. 

En relación con los alimentos, “se sabe que existen unas proteínas llamadas sirtuinas que se cree que ayudan a mantener los telómeros y a reparar el ADN, y que pueden ser activadas a través del consumo de productos con resveratrol y quercetina”, afirma Luisa Becerra, nutricionista y dietista.

El resveratrol y la quercetina son compuestos naturales conocidos por sus propiedades antioxidantes y antiinflamatorias que ayudan a neutralizar los radicales libres y a reducir la inflamación crónica, lo que los convierte en sustancias prometedoras dentro de la investigación sobre envejecimiento saludable.

El resveratrol está presente en la piel de las uvas, el vino tinto, los arándanos y algunos frutos secos como el maní; la quercetina se encuentra en la cebolla morada, las manzanas, el brócoli y el té verde.

Otros hábitos que pueden acercarnos a esta fuente de juventud son:

Hacer ejercicio. La actividad física constante también activa las sirtuinas y ayuda a conservar la masa muscular y ósea.

Reducir el estrés. Hormonas como el cortisol y la adrenalina alteran el sueño y disminuyen la acción de la telomerasa.

Mantener una red de apoyo. La buena compañía reduce la soledad y disminuye el riesgo de enfermedades cognitivas y depresión.

Tener un propósito. Una meta a largo plazo en la adultez mayor nos invita a vivir más y mejor para cumplirla.

Esteban Piñeros Martínez

*Periodista, colaborador frecuente de Bienestar Colsanitas.