La conexión entre una madre y su hijo comienza incluso antes de nacer. En esta columna gráfica, su autora relata cómo descubrió ese vínculo invisible durante el embarazo y cómo con el tiempo se convirtió en un lazo emocional que trasciende la distancia y el miedo.

Cuando tenía 9 meses de embarazo, a punto de parir, caminaba de mi casa al trabajo todos los días, con una barriga que me aplastaba los órganos por dentro.

Una mañana, parada sobre la carrera Séptima tuve que parar. Mi vejiga no aguantaba más y no tenía donde orinar.

Cerré los ojos y le hablé a mi bebé: “Nos faltan 5 cuadras para llegar. Te pido por favor que te corras para el otro lado”.

El bebé se corrió, mis ganas de orinar se apaciguaron y logré llegar a la oficina intacta.
El hilo que nos conecta hoy empezaba a manifestarse.

Es un hilo luminoso que va de mi vientre a su ombligo.
Siempre está encendido, como una lucecita de Navidad que cambia de intensidad, pero nunca se apaga.

Y me aferro a esa conexión cuando estamos lejos. Cierro los ojos y le hablo en mi mente, con calma.
Como si jugáramos al teléfono ese que hacía en mi infancia con vasos y lana.

Es un hilo luminoso que va de mi vientre a su ombligo.
Siempre está encendido, como una lucecita de Navidad que cambia de intensidad, pero nunca se apaga.

Y me aferro a esa conexión cuando estamos lejos. Cierro los ojos y le hablo en mi mente, con calma.
Como si jugáramos al teléfono ese que hacía en mi infancia con vasos y lana.
Ayer él sintió miedo porque iba a un lugar lejano y desconocido sin mí. Le expliqué lo del hilo, pero me pidió algo más tangible, más concreto.
Entonces le escribí una nota y le dije que la leyera cuando la necesitara:





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