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soledad y salud mental

La Soledad: un desafío clínico y comunitario

Ilustración
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El médico norteamericano Thomas Cudjoe estuvo en Colombia para un intercambio de experiencias con la Fundación Keralty. La soledad puede ser un problema de salud pública y la conexión social puede mitigarlo a través de programas como Ciudades Compasivas.

Durante el año 2020, los seres humanos vivimos una experiencia que para muchos transformó la forma de relacionarse consigo mismos y con los otros. 

A lo largo de la pandemia del Covid-19, las iniciativas solidarias revelaron las fisuras que venía arrastrando el entramado social; el aislamiento confirmó la utilidad de la tecnología como canal de comunicación, pero también confrontó con la urgente necesidad de contacto; y la mayor vulnerabilidad de los adultos mayores viró la mirada hacia las necesidades emocionales y sociales de una población cuya salud muchas veces había sido reducida a la dimensión física.

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En este punto, el trabajo que Thomas Cudjoe venía realizando –enfocado en población geriátrica e intervención en la soledad como factor de riesgo– pasó de ser importante a resultar crucial ante la situación mundial. Para Cudjoe, su vocación de servicio y su sensibilidad hacia el trabajo comunitario fueron cultivados desde su infancia, gracias a la conciencia de la realidad de África Occidental a través de su padre de origen ghanés.

Cudjoe, profesor asociado de la Universidad Johns Hopkins, estuvo en Colombia el pasado mes de abril para compartir los hallazgos de sus investigaciones en torno a la soledad y la conexión social, y conocer de primera mano las experiencias comunitarias lideradas por la Fundación Keralty en Bosa y Suba. 

La conexión social se entiende como la estructura, dinámica y calidad de nuestras relaciones con otros. Los estudios de Cudjoe otorgan a esta compleja variable una relevancia comparable a factores materiales, como la vivienda o la alimentación, entre los indicadores de calidad de vida que tienen incidencia sobre la salud física, en especial en el caso de enfermedades crónicas.

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El deterioro en las fibras que integran ese tejido de relaciones puede ocurrir en diferentes niveles. Por un lado está la soledad como experiencia subjetiva: esta no se reduce al hecho de estar solo –lo cual puede ser una experiencia enriquecedora de autoconocimiento–, sino que se trata de una sensación negativa ante el hecho de no contar con compañía. Y por el otro está el aislamiento social: una situación objetiva de escasos vínculos y relaciones sociales, poca pertenencia a grupos e interacción social infrecuente. 

Aunque el enfoque principal de los estudios de Cudjoe en torno a la soledad es la geriatría, de acuerdo con el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, incluso entre los adultos mayores que no participan de actividades grupales o que no están vinculados a prácticas religiosas, los indicadores de que experimenten su aislamiento como soledad es incluso menor a lo que ocurre entre jóvenes de la generación Z.

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De lo anterior se pueden deducir dos interpretaciones: que algunos adultos mayores escogen aislarse voluntariamente o normalizan esta experiencia, y que la hiperconexión digital no es suficiente para llenar el vacío de los más jóvenes. Aunque el impacto en la salud mental es de escala global en ambos escenarios, la incidencia en cuanto a afectaciones físicas es, de manera evidente, más directa sobre los adultos mayores.

De acuerdo con el estudio “Fortalecer la conexión social entre personas con doble elegibilidad”, publicado por Cudjoe en la revista Health Affairs en 2024, “la soledad puede acelerar el proceso de envejecimiento y aumentar el riesgo de mortalidad en un 45 %. El aislamiento social, por su parte, impacta a millones de adultos mayores y está asociado con un aumento del 29 % en el riesgo de enfermedades cardíacas y un 32 % de riesgo de infarto. Los adultos mayores aislados socialmente también tienen mayor riesgo de desarrollar demencia”.

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Además de las cardiopatías, según un estudio llevado a cabo con 21.000 sujetos se identificó que el aislamiento social duplica la probabilidad de que un adulto mayor requiera atención domiciliaria permanente en menos de dos años por diversos factores de riesgo físico y mental. 

Ante este panorama, Cudjoe considera el fortalecimiento de la conexión social como una prioridad para la salud pública, desde una perspectiva que reúna la atención clínica con la intervención comunitaria preventiva: identificando las poblaciones en riesgo y atenuando los efectos sobre las poblaciones afectadas. 

En este sentido, Thomas Cudjoe reconoce el trabajo valioso que la Fundación Keralty viene llevando a cabo a través de Ciudades Compasivas: un programa de liderazgo comunitarios, mapeo de población vulnerable y redes de apoyo para mitigación de impactos y cambio social. “Una de las cosas más valiosas que aprendí durante mi visita fue el gran compromiso que tienen Camila Ronderos y el equipo de la fundación para conectar a las personas con las iniciativas. Conocer la comunidad y las vías de respuesta es fundamental. No se trata solo de detectar el problema, sino también de conectar a las personas con los recursos disponibles y brindarles apoyo. Esto es fundamental para la educación”.

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Thomas Cudjoe es profesor asociado de la Universidad Johns Hopkins y estuvo en Colombia para compartir los hallazgos de sus investigaciones sobre soledad y conexión social.