Ni la música clásica es para “cultos”, ni quien gusta del vallenato debe renegar de Chopin o Mozart. El autor desmonta algunos mitos comunes después de su paso por el Cartagena Festival de Música.
La llamada música clásica, culta o académica, es decir, la que se asocia a nombres como Bach, Mozart, Beethoven o Chopin, suele generar mucha prevención. En gran parte porque a menudo se le considera elitista y, además, porque existe la idea de que para disfrutarla (y peor aún, “entenderla”) es necesario ser muy educado porque solo la gente culta está en capacidad de apreciarla. Es decir, la idea de que “no cualquiera puede oírla”.
A primera vista podría verse así. En el pasado Cartagena Festival de Música (y en todos los anteriores a los que he asistido), los integrantes del público suelen ser personas acomodadas, por lo general de bastante edad, lo que se explica en parte por el precio de las entradas.
Sin embargo, esta es una mirada muy superficial. A estos conciertos también asisten como invitados algunos entusiastas jóvenes; sobre todo, integrantes de algunas de las orquestas invitadas. Lo mismo sucede en los conciertos de entrada gratuita de los últimos dos días, en los que se ven públicos de todas las edades. Es más, en ediciones anteriores del festival se organizaron conciertos al aire libre que diferentes habitantes de la ciudad escucharon con muchísima atención e interés.
Y, yendo a otros terrenos, si la música clásica es solo para viejitos elitistas, las edades y la juventud de varios de los intérpretes internacionales que participaron en el pasado festival contradicen esa afirmación. Sin ir tan lejos, la mayoría de los integrantes de las orquestas sinfónicas en Colombia son intérpretes jóvenes.
Música clásica y reguetón pueden ir de la mano. Se han ido borrando las fronteras entre lo “clásico”, “académico” y “culto” con lo popular. Escuchar música clásica no te hace un erudito.
Como quien dice, lo uno no quita lo otro. Clásico y reguetón pueden ir de la mano.
Lo anterior no es un dato anecdótico menor. Porque otro aspecto que vale la pena mencionar, y que toma cada vez más vuelo, es que se han ido borrando las fronteras entre lo “clásico”, “académico” y “culto” con lo popular.
Presentaciones como las del Bogotá Piano Trio o el Giovanni Parra Quinteto (un formato de bandoneón, piano, violín, guitarra eléctrica y contrabajo) se pasearon por repertorios académicos y populares de autores colombianos sin que se notara la diferencia entre lo uno y lo otro. En realidad eso sucede desde hace mucho tiempo. En gran parte gracias a la televisión, al cine y a la misma publicidad, pues se han vuelto parte de la cultura pop piezas como “Para Elisa”, de Beethoven; el Ave María de Schubert; la “Cabalgata de las Walkirias”, las marchas nupciales de Mendelssohn y Wagner; el comienzo de la Quinta Sinfonía de Beethoven; decenas de arias de la ópera italiana; el coral “Jesús, alegría de los hombres”, de la cantata número 147 de Bach, y el “Himno a la alegría”, de la Novena Sinfonía de Beethoven, que suele ser lo primero que aprende a tocar un niño en una flauta dulce.
Yo me crié en una familia en la que la música clásica era lo único que sonaba. Eso no significa que fuera (ni sea) un erudito. Para nada. Yo no tenía ni idea si lo que oía era Beethoven o Bruckner o Prokofiev. Pero me familiaricé con esos sonidos y desde niño los he disfrutado sin prevenciones, como disfruto de una cumbia, de un tango o de una canción de The Who: con el corazón en la mano y la emoción a flor de piel.
Es cierto, hay obras que exigen un poco más de atención para disfrutarlas. Pero eso también pasa en el jazz, en el rock progresivo, en la salsa, en ciertas músicas populares de lugares como África, China y Pakistán…
Yo, un viejito de 67 años, puedo decirles con el conocimiento de causa que me da la experiencia de oyente más bien desprevenido que cada vez reconozco menos las fronteras que se han trazado entre la música llamada culta y la popular. Ah, y nadie es más culto o inculto por sus gustos musicales. Ser adicto a los cuartetos de cuerdas de Brahms no hace más culto a quien ama el vallenato por sobre todas las cosas. Y otra cosa: oír música clásica no hace “mejores personas”. Que lo digan Hitler y Stalin.




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