Mientras prepara un nuevo disco, la cantante cordobesa paró unos minutos para hablar con la Revista Bienestar sobre los aprendizajes que la maternidad, la madurez y su carrera en la música le han dejado.
A Adriana Lucía este año la sorprendió con noticias grandes y sueños que ni siquiera estaban en su lista. Fue invitada a cantar el 4 de mayo en el Teatro Barbican de Londres y a presentarse en dos fechas en España.
Las noticias la tienen emocionada, acelerada y encerrada durante días en el estudio de grabación. “Estoy trabajando en un nuevo álbum y en medio de una fase complicada que es la composición, esperando que la musa me encuentre trabajando”.
Su idea es lanzar, precisamente en uno de los teatros emblemáticos de Londres, Barbican, una nueva canción dentro de su repertorio. Una canción que lleve el sonido y la voz potente de Colombia a otro continente. Porque ese ha sido su propósito desde que era una niña.

Y esto no es frase de cajón. Hace muy poco lo confirmó: “En la disquera querían reunir todas las entrevistas viejas que di desde que empecé a cantar, cuando tenía 14 años. Entonces le pedí al club de fans que me ayudara a recopilar ese archivo de mi infancia. Fue tan bonito verme y escuchar lo que soñaba, lo que decía… y darme cuenta de que le cumplí a esa niña que fui, incluso superé sus expectativas”.
Por supuesto que con los años algunas ideas han cambiado, pero la esencia sigue intacta: “Quería ser fiel a mi sonido, contarle al mundo de dónde vengo, ser un puente entre el campo y la ciudad, entre las viejas y las nuevas generaciones. Quería transformar la música colombiana y llevarla a los sonidos de hoy. Yo no sabía que desde tan chiquita tenía todo eso tan claro”, cuenta.
En medio de esa carrera constante, “en épocas de algoritmos todo lleva un ritmo frenético. Hay que sacar música ya, ya, ya… y eso me cuesta. Yo soy más del tiempo lento, del proceso”, dice. En esta pausa nos contó sobre aquello que sostiene su equilibrio: sus rituales cotidianos, sus reconciliaciones sobre el cuerpo y las decisiones que hoy considera innegociables.

En la búsqueda de tus sueños, ¿sientes que en algún momento sacrificaste o descuidaste parte de tu bienestar?
Por supuesto. Uno llega a un punto en el que aprende a negociar y a definir sus no negociables. Pero claro que hubo trasnochadas o momentos en los que tuve que olvidarme del cansancio o de una amigdalitis para cumplir un contrato. Yo tengo un ciclo de sueño muy corto y terminé abusando de esa condición. Ahora bien, también creo que esa es la vida real de las personas responsables que tienen que cumplir con sus carreras.
¿Hoy eres capaz de reconocer cuándo estás emocional o físicamente agotada?
Totalmente. Hace años tenía dolores muy fuertes de espalda y me di cuenta de que venían del cansancio y del estrés. A mí no se me nota mucho el estrés porque soy genuinamente feliz y relajada, pero entendí que, aunque los demás no lo vieran, mi cuerpo sí lo sentía. Ahí aparecían el dolor de espalda, la gastritis, el reflujo. Así que empecé a entrenar la espalda con más conciencia y a entender que no puedo llevar mi cuerpo a ese punto. Ahora, cuando siento que voy hacia allá, paro, respiro, suelto y me hago mis amados masajes.
El ejercicio también ha sido un gran aliado en tu vida…
Sí. En realidad soy muy disciplinada en casi todo. La culpa es de mi papá, que me inculcó una disciplina casi anormal. Pero gracias a eso empiezo algo y lo termino, así sea una película mala. No soy de entrenar muchas horas, pero sí todos los días durante una hora. Donde voy busco moverme: me quedo en hoteles con gimnasio, viajo con bandas e incluso con mancuernas. También hago ejercicios hipopresivos y muchas respiraciones para escuchar y entender a mi cuerpo.
“En épocas de algoritmos todo lleva un ritmo frenético. Hay que sacar música ya, ya, ya… y eso me cuesta. Yo soy más del tiempo lento, del proceso”.
¿Qué pequeño ritual te devuelve al centro?
Algo que siempre hago y que es mi mayor placer: tomarme el café de la mañana en soledad. Ver salir el sol mientras me tomo ese café es necesario en mi vida. A veces, por las rutinas locas de las mamás, no logro hacerlo en la mañana, entonces busco otro momento del día para parar y tener ese momento.
¿Qué te ha enseñado la maternidad sobre descanso y autocuidado?
Primero, entender que soy una mamá privilegiada porque tengo manos que me ayudan. Pero también que soy muy “mamá gallina” y que está bien estar pendiente en todo momento de mis hijos. Soy muy consciente con la alimentación. Hoy no me da pena ser “la jarta” que cuida lo que comen. Por ejemplo, trato de evitar el azúcar. De vez en cuando tienen sus pecaditos, pero esa determinación hace que crezcan saludables y eso me da tranquilidad. Otra de las cosas que me gusta enseñarles es que hay tiempo para todo, incluso para sentir rabia o estar molestos.
¿Qué límites aprendiste a poner tarde, pero hoy defiendes sin culpa?
A ser yo misma. Parece obvio, pero a veces uno se autocastiga por miedo al qué dirán. Sin embargo, ya no siento la necesidad de agradar a todo el mundo. Eso sí, siempre hay una línea delgada entre ser sincero y ser irrespetuoso. Eso también se lo enseño a mis hijos: “No se vale ser sincero cuando lo que dices hiere a otras personas”.

Con los años uno empieza a reconciliarse con partes de su cuerpo. ¿Te ha pasado?
Muchísimo. Esa dismorfia milenial nos acompaña hasta grandes. Yo he tenido que reconciliarme con el espejo. Siempre vemos en él lo que no nos gusta. En mi caso, por ejemplo, tengo una cicatriz en la nariz que me acompaña desde los siete años. Durante mucho tiempo era lo único que veía cuando me miraba al espejo, y sentía que era lo único que veía la gente. En los últimos años me reconcilié con esa cicatriz. Es la prueba de que algo sanó. Ahora me gusta y no la tapo porque es parte de mi historia.
¿Qué te gustaría que tus hijas entendieran sobre la belleza?
Es algo que me cuestiono mucho. Ellas son muy vanidosas: les encantan los vestidos, las pulseras, además venimos de una cultura muy vanidosa. Por eso soy muy cuidadosa con lo que se dice en casa. No hablamos de peso, ni de flacura, ni de gordura, ni del físico de nadie. Los niños son el resultado de lo que escuchan en casa. Muchas de las ideas bobas que tenemos sobre el cuerpo, especialmente las mujeres, vienen de lo que oímos cuando éramos pequeños.
¿Qué ritual te hace sentir poderosa?
Antes de subir al escenario oro unos segundos. Justo cuando estoy subiendo las escaleras y no quiero que nadie me hable. Le digo a Dios: “Canta tú, que cuando la gente me vea, te vea a ti”. Y siento que subo con un poder especial que no es mío.
“Uno llega a un punto en el que aprende a negociar y a definir sus no negociables”.
¿Hay algún sueño que aún no te atreves a decir en voz alta?
Soy bastante imprudente con mis sueños, así que los voy contando. Pero me gustaría tener una marca propia de alimentos que combine bienestar y origen. Algo que esté muy conectado con mi tierra. No creo en la comida “fit”, creo en la comida saludable. Yo soy del campo, así que como todo lo que brota de la tierra —papa, yuca, ñame, plátano, berenjena, corozo, coco—. Todo eso me encanta.
Si pudieras solucionar un problema del mundo, ¿cuál sería?
El hambre. Nadie debería pasar hambre. Suena a respuesta de reina de belleza, pero yo vengo de una región donde, aunque la gente sea pobre, siempre hay comida. Y me duele mucho cuando veo niños o viejos que pasan días sin comer. Quizás porque soy mamá, es algo que me duele mucho. Ahora, si lo pienso en un plano más espiritual, también me gustaría sanar el corazón de las personas y darles fe y esperanza. Pero es difícil hablar de esperanza con alguien que no ha comido en días.
¿Qué legado te gustaría que encuentren tus hijos cuando busquen tu nombre?
Que siempre trabajé para contarle al mundo quiénes somos los colombianos a través del arte y la música. Así como nuestro poeta Gómez Jattin soñó con llevar a su pueblo en un papel, yo siento que he intentado llevar el mío en mis canciones. En un mundo lleno de información, eso nos ayuda a recordar quiénes somos y a no perdernos en historias mal contadas.






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