La diferencia de edad no siempre separa. Hay personas con las que la conexión ocurre por afinidad, por curiosidad, por una forma compartida de mirar —y esas amistades, a veces, son las que más dejan.
Hay amistades que no se explican por la edad sino por una curiosidad compartida, una forma de estar en el mundo, una calma que se contagia. Lejos de ser raras o forzadas, estas conexiones intergeneracionales suelen ser de las más formativas: las que más amplían la mirada y más duran.
Desde escuchar las conversaciones de una hermana mayor hasta aprender a preparar mate con un maestro de música nacido en el 44, hay encuentros que los contemporáneos no siempre pueden ofrecer. En esta columna ilustrada, Valeria Herrera Oliveros recorre esos momentos en que la diferencia de edad dejó de ser un muro para convertirse en una ventana.











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