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 El profe Jordi

El profe Jordi: el profesor que conquistó las redes sociales

Fotografía
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Hace cuatro años este profesor bogotano decidió contar en un video de dos minutos cómo empezaba el día un docente de un colegio público de Bogotá. Hoy tiene una comunidad de más de 1 millón de seguidores que reconocen en él una voz para comprender lo que sucede en un salón de clase, con humor y educación.

Jordi Romero era de esos niños que disfrutaba pasar al tablero. Para él no era un suplicio, no le sudaban las manos, no empujaba a otro compañero para que tomara su turno. Jordi pasaba al frente con la misma naturalidad con la que hoy explica a sus estudiantes por qué el cuerpo de los demás no debería ser un tema de conversación. “Me encantaba ese ejercicio de transmitir un saber, genuinamente. Gozaba con las exposiciones o explicando a mis amigos los temas que no entendían”, cuenta el profe. Al terminar sus estudios en el colegio público Miguel de Cervantes Saavedra, en Usme, empezó la carrera de Licenciatura en Artes Escénicas en la Universidad Pedagógica, porque el teatro y la actuación tienen una relación estrecha con la pedagogía, y él ya lo sabía.

Pero su sueño de infancia se mantenía vivo: estudiar en la Universidad Nacional. Los domingos en la tarde, cuando caminaba hacia el estadio El Campín, a ver a Santa Fé, pasaba por la universidad y soñaba con el día en que pudiera, por fin, atravesar el campus y llegar hasta su propio salón de clases. Y finalmente tomó la decisión de estudiar historia en la Nacional. Para completar su formación hizo varios cursos y diplomados de pedagogía, además de una maestría en Estudios Sociales en la Universidad del Rosario. Y finalmente logró su primer trabajo como profesor en un colegio privado de Bogotá. Pero su objetivo era lograr una de las plazas de un colegio público.

En el 2016 consiguió su nombramiento en el colegio donde trabaja actualmente: el colegio Venecia Nuevo Muzú. Es el director de octavo grado, pero además enseña ciencias sociales en otros cursos. Un trabajo que le ha permitido entender lo que sucede en la mente y el corazón de los adolescentes. 

Educar para la vida

No es fácil enfrentarse cada día a un salón lleno de adolescentes transitando las transformaciones propias de esa etapa. Los alumnos del profe Jordi están entre los 13 y los 15 años. Una edad en la que afloran cambios de todo orden: hormonal, familiar, cultural. Para él, el reto más grande es acoger jóvenes que no cuentan con un acompañamiento familiar deseado, pues muchos llegan con vacíos afectivos o socioemocionales, según explica el profe.

Esto lo convierte no solamente en un guía académico, sino también en un soporte emocional para sus estudiantes. Y en esa carencia ha sabido encontrar una oportunidad. “Como en pocas profesiones, la docencia te da la posibilidad de conectar no solo con la mente de los estudiantes sino también con sus corazones para crear lazos afectivos que muchas veces los sostienen a ellos y también a mí. La mayoría de mis alumnos viven en hogares donde la madre es cabeza de hogar y el padre es una figura ausente”, confiesa.

Los mandamientos de un salón de clase respetuoso

Los mandamientos de un salón de clase respetuoso
1. El cuerpo de alguien más no es un tema de conversación.  Aquí no aceptamos encuestas de la más linda o el más feo, burlas sobre el cuerpo de los compañeros o el aspecto físico, soy implacable con esto.

2. Respetar a los demás y pasarla bien sin pasar por encima de alguien más. Yo creo que ese es mi gran mandamiento. Aquí nadie es más que nadie; todos, incluido yo, venimos a aprender.

3. Vinimos a aprender y a contenernos. Uno viene aquí a aprender sociales e historia, pero también a pasarla bonito porque no quiero que la escuela sea una pesadilla. Quiero que sea un refugio.

Su carrera por crear contenido de valor en redes sociales

“Yo siempre digo que un profe también es un actor, porque tiene un libreto, que es su clase, un público, los estudiantes, y una tarima, que es estar al frente de todos, y este performance es para llamar la atención”, explica. Por eso, cuando empezaron a popularizarse las redes sociales y descubrió que sus clases eran entretenidas, empezó a subirlas a YouTube. Y al llegar la pandemia, y el encierro obligatorio, alcanzó a tener hasta 500 suscriptores en la primera semana, que no es una cifra menor, pero descubrió que muchos de esos seguidores eran familiares o estudiantes que necesitaban pasar la materia. “Profe, me suscribí pero ayúdame con la décima que me hace falta”, le decían. 

Y luego su audiencia se estancó. El esfuerzo que le representaba grabar y editar las clases no daba resultados visibles. Pero en el 2022 un video espontáneo que quiso grabar mostrando que iba tarde para el colegio se viralizó. “Grabé un video de dos minutos diciéndole a la gente que iba tarde pero que no me iba a estresar. Yo le estaba mostrando al mundo qué significaba ser profe de verdad y muchos colegas se identificaron con ese contenido”. Y de ahí los números empezaron a crecer. La audiencia aplaudía su sinceridad y su humor. Ancló su contenido en cuatro objetivos, demostrando que las redes sociales bien enfocadas pueden ser un motor de inspiración: quería mostrar lo que significa ser profe, hacerle una crítica al sistema educativo, divertir con el humor que lo caracteriza y compartir estrategias didácticas que funcionan en su salón. 

Sus estudiantes son protagonistas de muchos de sus videos (siempre con el permiso de sus madres): “sin ellos no sería el profe Jordi, así de simple. Tenerlos de protagonistas y tratar de visualizar esa manera respetuosa y amena con la que me acerco a ellos también les llega a las mamás que encuentran también herramientas para la crianza”, dice el profe.

Su sueño ahora es tener un impacto en la política educativa colombiana. Y va por buen camino. En las pasadas elecciones presidenciales tuvo la oportunidad de entrevistar a varios candidatos para preguntarles específicamente sobre sus proyectos educativos.

El autocuidado como pilar de su trabajo

“Yo trato de gozarme esto pero a veces no es suficiente. Un día de clases es como un salpicón de emociones. Hace poco estaba dictando una cátedra, superanimado, y de pronto veo un grupo de niñas haciendo un listado de los más feos y las más lindas. Me puse muy bravo porque uno de los mandamientos de mi salón es que el cuerpo de los demás no debe ser motivo de opinión ni de burla de los otros. Entonces, por ejemplo, ese fue un día muy difícil”, explica. 

Por eso, encontrar calma para los días grises en su casa es fundamental. Su esposa, sus gatos, sus perros, la música y los libros hacen parte de su kit de rescate.  “Mi mejor refugio siempre es mi esposa. Es mi luz, de día y de noche”, confiesa. Reconoce también que la crianza que recibió de su mamá y su papá ha sido fundamental para sentar las bases de su personalidad generosa y comprometida con el servicio. “Haber crecido en un entorno lleno de amor y felicidad, con un padre bondadoso y ejemplar, una madre hermosa como ninguna otra, que hizo muchas renuncias por entregarse a sus hijos y unos hermanos que me han regalado infinita felicidad ha sido trascendental en mi vida”, explica.

Su vocación es tan grande que los malos días no lo intimidan. Nació para traducir el conocimiento y para sembrar en sus estudiantes, y ahora también en sus seguidores, algo más grande que las fechas de una batalla o los nombres de los próceres de un país. Su misión es ser un puente para que la curiosidad y el respeto por la diferencia encuentren un refugio donde florecer.

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Mónica Diago

Mónica Diago es editora de la revista Bienestar. Ha trabajado principalmente como periodista ambiental, pero desde que se convirtió en mamá ha enfocado su trabajo en visibilizar la importancia de la crianza consciente y respetuosa. Disfruta las caminatas, las montañas, los ríos y los libros ilustrados infantiles.