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Joaquín Restrepo

Joaquín Restrepo: de coleccionar artistas a convertirse en uno

Fotografía
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Hay nombres que todos recordamos y que hacen parte del arte contemporáneo en Colombia, y otros que deberíamos empezar a conocer.
Que sea la curiosidad lo que nos acerque a lo nuevo.

La curiosidad fue una semilla que lo llevó al arte desde niño, y sigue siendo, dice, lo que más lo define hoy. A los 12 años, sin conexión particular con sus compañeros de colegio, Joaquín Restrepo encontró refugio en una vieja enciclopedia de arte colombiano en la biblioteca de su casa. De ahí nació una obsesión: buscaba a los artistas en el directorio telefónico y los llamaba. Así conoció, uno por uno, a gran parte de los grandes nombres del arte moderno colombiano. Se metió a galerías, a inauguraciones, a conversaciones que no eran para su edad. "Era un poquito como capturar pokémones antes de que los pokémones existieran", dice hoy, entre risas, sobre esa cacería infantil de maestros del arte.

Ese mismo año lo mandaron a Estados Unidos, y a mitad de año hizo un viaje a Roma. Ahí se topó de frente con los grandes maestros del Renacimiento italiano. "Hay una sensación inminente de distancia", recuerda. "La maestría de ellos es tan grande que tú no sabes por dónde arrancar." Pero en un viaje a Sicilia encontró la obra de Giotto —pintor italiano del siglo XIV, considerado precursor del Renacimiento—, y algo cambió: una manera de manejar el trazo y el color que, por primera vez, le pareció alcanzable. "De repente ves una puertita de entrada, algo que te dice: por aquí voy a poder."

Conozca más sobre su trayectoria y proyectos recientes en el
sitio oficial de Joaquín Restrepo.

El cuerpo como territorio conocido

Casi todo lo que hace Restrepo pasa por el cuerpo humano —el gesto, la anatomía, la forma en que dos figuras se acercan o se alejan—. No es casualidad: de niño, ante la dificultad de conectar con otros, se refugió en libros de psicología del comportamiento. Aprendió a leer la proxemia, la manera en que cambia la distancia entre dos cuerpos según el miedo, la atracción o el poder; cómo se abren o se cierran las pupilas, cómo se leen unas palmas abiertas frente a unos brazos cruzados. "Eso que tenemos tan cerca y que podemos leer", dice, "de ahí nació la necesidad de crear a través de eso." Recuerda un par de cabezas esculpidas que fue acercando entre sí, cada vez más, hasta un punto de cercanía casi incómodo —el momento exacto en que decidió soldarlas.

Esa misma curiosidad que lo llevó a llamar artistas de niño reaparece, años después, en Venecia, aunque con otra cara: el miedo. Cuando le llegó la noticia de que expondría en la Bienal, con la obra Nostos, la primera reacción no fue celebración sino pánico. "Yo decía: Dios mío, ¿y esto va a funcionar? Yo no voy a poder." Estar en Italia —dice— es enfrentarse casi al origen mismo de la palabra impostor, rodeado de la tradición que definió lo que Occidente entiende por arte. El síndrome, admite, nunca se va del todo: le pasó en Venecia y le sigue pasando ahora mismo, mientras instala esculturas monumentales de seis metros en Colombia y llama a ingenieros pidiendo garantías de que todo va a sostenerse.

A diferencia de quienes enfrentan al impostor con charlas frente al espejo o conversaciones de almohada, Restrepo prefiere tomar medidas más realistas, que le brinden garantías reales: construye renders hiperrealistas de cada pieza antes de instalarla, una manera de verla ya "en el mundo" y quedar tranquilo. Para su próxima exposición en el MAC (Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá), junto a la curadora Ana María Escallón —una figura clave del arte colombiano contemporáneo—, pasó semanas recreando en 3D la sala espiral del museo, con sus paredes torcidas, hasta tener cada pieza ubicada en su lugar exacto. "Hasta que no estaba cada pieza puesta en su sitio, yo no iba a quedar tranquilo."

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Sin embargo, reconoce la importancia de que el síndrome aparezca, "es sano poderlo tener, porque no te tomas tan en serio. El día que te tomes en serio, creo que la carrera acaba ahí." De ahí a hablar sobre el ego hay un solo paso. Restrepo describe la creación como una negociación constante entre voces internas: el ego, el impostor, el perfeccionista, el fatalista, el idealista. Ninguna debe ganar del todo. "En el momento en que una de ellas se vuelve una masa que crece mucho, termina dominando por completo." 

"Estar en Italia es enfrentarse casi al origen mismo de la palabra impostor, rodeado de la tradición que definió lo que Occidente entiende por arte."

Reconoce que el mundo del arte —y de los negocios que lo rodean— premia cierta confianza casi impostada, “si alguien pregunta qué opinas de tu obra y respondes con duda genuina, los proyectos se caen, la gente se asusta”. Ahí, dice, el ego es útil. Pero tiene una alarma personal, “desconfía profundamente del momento en que se siente demasiado bien con algo. Si me siento excesivamente bien con algo, ahí mismo desconfío y paro de trabajar. Digo: aquí hay algo raro." Explica que trabaja mientras haya duda razonable; si duda demasiado, se congela; si confía demasiado, para. El punto medio, dice, es donde está el trabajo real.

Huellas del olvido: las dos muertes

Su proyecto más reciente, Cartografías de la Memoria, nació poco antes de la pandemia y tomó fuerza durante el encierro. La primera puesta en escena fue en el Museo Santa Clara —antigua iglesia—, un lugar que le pareció perfecto para el arranque: "como que el alma entra en el cuerpo." De ahí salió Huellas del olvido, que hoy está en Tabasco, México, inspirada en la tradición chontal de las dos muertes: la primera, la del cuerpo; la segunda, mucho más lenta, la que llega cuando la última persona que te recuerda finalmente te olvida. Tabasco tiene su propia herida de memoria —las guerras cristeras, que destruyeron templos enteros—, y Restrepo encontró ahí un espejo de lo que le interesa explorar en su propia biografía: la gente que deja atrás en cada viaje, la que va apareciendo, cómo se olvida y cómo lo olvidan a uno.

"La primera muerte es la del cuerpo; la segunda, mucho más lenta, llega cuando la última persona que te recuerda finalmente te olvida."

Antes del olvido, viene el encuentro, y para quien no lo conoce, la curiosidad parece ser ese hilo conductor que lo lleve a descubrir a Joaquín Restrepo. "La curiosidad mata el gato", dice, y se ríe — la misma que de niño lo empujó a llamar artistas por teléfono es la que hoy lo lleva a cruzar fronteras, esculpir cuerpos y preguntarse qué queda cuando todo lo demás se ha olvidado. Su obra no busca cerrar esa pregunta: busca dejarla abierta, como una puerta, para que quien se acerque encuentre también un lugar donde empezar a preguntarse lo suyo.

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