Aunque la compartimos con miles de especies vertebradas, pocos comprendemos la verdadera dimensión de la médula espinal. A través de un recorrido histórico y de la mano del neurólogo Leonardo Palacios, exploramos la anatomía, los mitos y las claves fundamentales para cuidar esta autopista biológica que conecta nuestro cuerpo con la mente.
El mundo natural parece usar siempre unas cuantas formas para moverse, propagarse. Quizás debido a la herencia evolutiva, quizás porque es lo más eficiente, quizás porque una solución azarosa encontró buena acogida en el contexto que la vio suceder, quizás por todos los motivos anteriores. Entre ellas están los ramajes y las raíces que conectan suelos, el cuerpo de las especies, los micelios, porque lo vivo es aquello que existe en red y conecta algo con otra cosa. Los árboles, la luz con los nutrientes del suelo; los ríos, las alturas y los mares; y en nuestro sistema nervioso, la experiencia física con nuestra mente. Y en el centro de ese árbol que lleva de los terminales nerviosos del cuerpo hasta el cerebro y cuyo fruto más extraordinario es nuestra mismísima conciencia, el tronco es la médula espinal.
“Los seres humanos tienen un sistema nervioso central, uno periférico y uno autónomo, la médula espinal hace parte del primero”, comienza explicando Leonardo Palacios, neurólogo adscrito a Colsanitas y profesor emérito de neurología en la Universidad del Rosario. “El central está guardado entre el cráneo y la columna vertebral; la estructura de la que más se habla, la que se come todos los artículos es el cerebro, pero ahí también están el cerebelo y la médula o cordón espinal. Esta se puede dividir a su vez en cervical, la que está en el cuello; en torácica, detrás de pulmones, esternón, y corazón; y finalmente lumbar y sacra, o lumbosacra, detrás del abdomen. Es uno de los rasgos que compartimos con los mamíferos y muchos otros seres vivos”, añade el especialista.

Podría decirse que la vida vertebrada es un abundante bosque de al menos 76 000 especies que han sido descritas en este subfilo biológico, con las que compartimos una larga tira de neuronas que corre a través de nuestro cuerpo para moverlo y para controlar sus ritmos y regulaciones, según la Encyclopedia Britannica. En el caso de los seres humanos, nuestra columna vertebral inicia en la base del cráneo y desciende a lo largo de 29 huesos vertebrales, entre los cuales se ramifican 30 pares de nervios simétricamente hacia todo nuestro cuerpo, llevando todos los terminales sensoriales y neuronales que nos dan una idea del mundo, de nuestro propio cuerpo y nos mueven voluntariamente o por medio de reflejos, así como regulan distintas funciones de nuestro organismo. Como los cientos de litros de agua que fluyen a través del tronco de un roble o de una ceiba, a través de la médula sube el torrente de los mensajes de nuestras sensaciones y bajan las órdenes conscientes de nuestros movimientos y acciones.
“La médula así como la ves en las ilustraciones anatómicas fue descrita hace mucho tiempo”, señala Palacios. “Hay papiros egipcios que muestran que ya la habían identificado y que hablan de ‘lesiones medulares’”. Palacios se refiere al papiro Edwin Smith —llamado así por el coleccionista norteamericano que lo compró en 1862 al traficante de antigüedades Mustafá Aga—. Según un artículo para National Geographic sobre su historia, si bien la composición de este documento para instruir en el tratamiento médico de decenas de afecciones data del 1500 a. C., “al parecer es una copia de textos mucho más antiguos, posiblemente datados en el Reino Antiguo (2543–2436 a. C.). Incluso hay quien dice que su autor fue el sabio Imhotep, artífice de la pirámide escalonada de Saqqara, que fue divinizado como patrón de la medicina en la Baja Época”, señala el artículo, del cual podríamos suponer, siguiendo esa hipótesis, que el conocimiento de la columna, el efecto de sus lesiones y la búsqueda de formas de tratamiento tienen al menos casi cinco milenios de historia.
En el caso de los seres humanos, nuestra columna vertebral inicia en la base del cráneo y desciende a lo largo de 29 huesos vertebrales, entre los cuales se ramifican 30 pares de nervios simétricamente hacia nuestro cuerpo.
“La médula así como la ves en las ilustraciones anatómicas fue descrita hace mucho tiempo”, señala Palacios. “Hay papiros egipcios que muestran que ya la habían identificado y que hablan de ‘lesiones medulares’”. Palacios se refiere al papiro Edwin Smith —llamado así por el coleccionista norteamericano que lo compró en 1862 al traficante de antigüedades Mustafá Aga—. Según un artículo para National Geographic sobre su historia, si bien la composición de este documento para instruir en el tratamiento médico de decenas de afecciones data del 1500 a. C., “al parecer es una copia de textos mucho más antiguos, posiblemente datados en el Reino Antiguo (2543–2436 a. C.). Incluso hay quien dice que su autor fue el sabio Imhotep, artífice de la pirámide escalonada de Saqqara, que fue divinizado como patrón de la medicina en la Baja Época”, señala el artículo, del cual podríamos suponer, siguiendo esa hipótesis, que el conocimiento de la columna, el efecto de sus lesiones y la búsqueda de formas de tratamiento tienen al menos casi cinco milenios de historia.

“Más tarde, Galeno de Pérgamo describió en detalle cómo hay capas que la protegen”, continúa Palacios. “Los huesos, ligamentos, especialmente uno grueso por detrás, el ligamento longitudinal posterior, y todo el sistema nervioso está cubierto por otra capa, las meninges, las pudo identificar Galeno. Ya más tarde, en el Renacimiento, se pudo describir que la médula está compuesta por materia gris y materia blanca, que mucho más adelante descubriríamos que la primera está hecha por cuerpos neuronales y la segunda por prolongaciones de axones y dendritas”. Palacios explica que a partir de la llegada de los microscopios, la anatomía de la médula espinal a nivel celular se pudo comprender mucho mejor para finales del siglo XIX, y que esto le permitió a la medicina conocer y describir mejor su desarrollo y funciones a lo largo de todo el siglo XX. “Hoy podemos decir que la conocemos muy bien”, aclara.


Quizás una de sus características más curiosas es que la médula espinal no siente. Nuestra sorpresa se puede deber en gran medida a esa idea común por la cual asociamos el sistema nervioso con el tacto y el dolor, ignorando que son solo algunas de sus partes las encargadas de construir nuestras sensaciones, y otras las encargadas de “transportar” o interpretar esas señales electroquímicas. “El sistema nervioso central no tiene receptores sensitivos”, explica el especialista. “En términos muy dramáticos, si hieren a alguien y el trauma tocara la columna, la persona podría quedar con gravísimas consecuencias motoras y sensitivas, y produciría un dolor enorme en el tejido entorno, pero no la médula espinal como tal”.
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Podríamos decir que, como todo tronco de un árbol, como toda cosa viva, la médula es vulnerable a ciertas afecciones. Se conocen como mielopatías a las enfermedades que la aquejan. Las hay de muchos orígenes: por trauma, por ejemplo, puede haber inflamación o sección. También se puede ver afectada por procesos autoinmunes, “una neuromielitis autoinmune”, explica Palacios. “La esclerosis múltiple es una de las que más suele afectarla, pero también hay mielopatías de origen infeccioso por bacterias o virus que la atacan. El virus que con mayor frecuencia la afecta es el de la poliomielitis anterior aguda, condición que por fortuna está prácticamente erradicada en muchas partes del mundo gracias a la vacunación”, agrega el especialista.

Cuando le pregunto qué pronóstico y opciones de tratamiento existen para estos males, Palacios me indica que, por supuesto, todo depende de lo que tenga el paciente. “En el caso de la esclerosis múltiple, por ejemplo, si un paciente hace lo que llamamos placas desmielinizantes, esa persona puede quedar con un compromiso importante y complicado a nivel motor o sensitivo. Afortunadamente hay tratamiento: como estamos hablando de esclerosis múltiple se usan antiinflamatorios muy potentes como los corticoesteroides en la etapa aguda, y una vez que se desinflame se sigue un tratamiento a largo plazo con distintos agentes inmunomoduladores, dentro de ellos los que más se usan en la actualidad son los anticuerpos monoclonales, que le pueden ofrecer al paciente una cantidad de tiempo y calidad de vida muy bueno y cada vez mejor. En el caso de un trauma, cuando hay sección medular, no hay corrección y eso para los pacientes puede ser muy complicado. En absolutamente todos los casos el equipo médico para la recuperación debe ser multidisciplinario, para atender todas las necesidades prácticas, clínicas y psicológicas que puede tener un paciente”.
El virus que con mayor frecuencia afecta la médula es el de la poliomielitis anterior aguda, condición que por fortuna está prácticamente erradicada en muchas partes del mundo gracias a la vacunación.
Ante la pregunta de qué hay que hacer para cuidarla, Leonardo Palacios señala que lo más importante es tener en cuenta que nuestro sistema nervioso no está aislado del resto del cuerpo: “Si uno mantiene una tensión arterial, un buen peso, una nutrición adecuada, y en términos generales cuidamos muy bien nuestro cuerpo, pues eso se verá reflejado en una buena salud de nuestra médula espinal. Ahora bien, como está dentro de la columna vertebral, si hay una higiene vertebral deficiente puede presentar eventualmente dolor e incluso lesiones. Por este motivo es muy importante cultivar un estilo de vida activo con ejercicio regular, estiramientos y fortalecimiento de los distintos músculos del abdomen que ayudan a mantener una buena postura”, concluye el especialista.






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