Un libro sobre la alfarería en el sur de Bolívar se acerca a este oficio y abre una pregunta: ¿cómo puede una tradición seguir teniendo sentido en un mundo donde guardamos el agua en botellas y jarras de plástico?
En Juana Sánchez —un corregimiento del municipio de Hatillo de Loba, en el sur de Bolívar—, se sabe que una tinaja respira para mantener el agua fresca. Cada decisión en su elaboración da como resultado un recipiente poroso que mantiene el agua fría y de buen sabor. El saber hacer tinajas guarda, en su técnica no escrita, la intención de producir verdad y de generar belleza.
Tinajeras de barro y río es un libro que reúne años de trabajo con las mujeres que sostienen este oficio alfarero, un proyecto editorial que mezcla fotografía, etnografía, arte, historia y el testimonio directo de las propias tinajeras. A lo largo de sus 270 páginas, esta obra, publicada en el 2025 por Piedra Tijera Papel y ganadora del premio Lápiz de Acero Amarillo 2026, nos invita a preguntarnos: ¿qué hace que una práctica que está desapareciendo pueda seguir siendo sostenible?

El lenguaje del barro
María Cano Casas, directora general del libro Tinajeras de barro y río, escribe que “cada forma de hacer alfarería es un lenguaje” y que, en Juana Sánchez, “el barro encontró sus propias letras”. Con esto señala que un conjunto de prácticas, rutinas y decisiones se transmite entre generaciones sin necesidad de fijarse por escrito. El barro es el medio en el que ese lenguaje toma forma y encuentra sus “letras” en las manos de las tinajeras. El libro —añade Cano— no busca cerrar el sentido de ese saber ni ofrecer una versión definitiva; propone, en cambio, reunir voces, imágenes y experiencias que permitan acercarse a este conocimiento desde distintos registros.
El saber hacer tinajas guarda, en su técnica no escrita, la intención de producir verdad y de generar belleza.
Una forma que funciona
La tinaja sirve, ante todo, para almacenar agua y mantenerla fresca en un clima de calor constante, en el cual el acceso es irregular. Su eficacia depende de cómo el barro, al cocerse, conserva una porosidad mínima que permite la evaporación y refresca el contenido.
La forma de las tinajas también está hecha para adaptarse al entorno caliente del Caribe. La base ancha da estabilidad, el cuello más estrecho evita derrames, el grosor equilibra resistencia y temperatura. Cada parte cumple una función precisa. Lo que se ve es una forma simple, lo que hay detrás es una acumulación de decisiones ajustadas durante ensayos y generaciones.

El hacer y lo inmaterial
El libro muestra que la tinaja se construye a partir de tiras de barro. Las tinajeras forman rollos largos y los disponen en espiral, uno sobre otro, comenzando por la base. Con las manos presionan y alisan cada tramo para unirlo con el anterior y evitar separaciones. Así, poco a poco, la pieza va creciendo: primero ancha y baja; luego, más alta, hasta cerrar la boca. No usan torno, el movimiento lo hacen ellas, girando la pieza o desplazándose a su alrededor. Es un proceso gradual, en el que cada nuevo rollo depende de que el anterior tenga la consistencia adecuada para sostenerlo.
Tinajeras de barro y río nos cuenta de una “danza” entre la tinajera y la tinaja, de un ritmo que alterna espera y acción, de piezas que se levantan al mismo tiempo mientras otras van quedando listas. Registra también los tiempos del secado, el pulido con piedras de río, la quema comunitaria y el traslado en carretos o al hombro. Todo eso queda descrito con precisión, pero incluso en esa descripción minuciosa el saber no termina de fijarse. El libro muestra el orden de los pasos, nombra las herramientas —velones, totumos, trapos— y sigue la secuencia hasta el fuego, pero no reproduce la presión exacta de las manos ni el momento en que el barro “aguanta” o cede. Ese ajuste ocurre en la práctica y no se deja reducir del todo a palabras o imágenes.

Las tinajeras
No hay separación entre biografía y oficio, y ese es el rasgo que el libro deja ver con más claridad. Cada tinajera encarna ese conocimiento, con variaciones que se reconocen en la forma final de sus piezas. Juntas sostienen una práctica que existe mientras se siga transmitiendo de generación en generación. Sus trayectorias comparten el aprendizaje temprano, la herencia familiar, la repetición y la corrección. Muchas aprendieron de niñas, mirando y ayudando; otras llegaron por necesidad a la alfarería y se quedaron con ella. En todas, el conocimiento está ligado a la vida cotidiana, a la familia, a criar hijos, a sostener una casa.
Celia es de pocas palabras, pero sus manos grandes “arman historias”; llegó al oficio por la necesidad concreta de comprarse un vestido y encontró en él un modo de sostener su vida. Temilda aprendió a hacer tinajas corrigiéndose una y otra vez bajo la mirada exigente de su madre —“tiene que hacerlo mejor”— y hoy define su oficio como sustento y guía. Tomasa, con más de un siglo de vida, habita un tiempo distinto, en el que su memoria del oficio se mezcla con la del río y la del pueblo. Elizabeth imagina el barro ligado a su madre y a su abuela, mientras Hortensia recuerda un momento en que todo el pueblo trabajaba al mismo tiempo, levantando tinajas.

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Verdad, belleza y sostenibilidad de las tinajas
La sostenibilidad del oficio de alfarería en Juana Sánchez se puede ver en tres planos y en los tres hay señales de fragilidad: el cultural, el económico y el ambiental. La tradición se interrumpe cuando desaparece el interés de las nuevas generaciones; el sustento se debilita cuando el objeto pierde su lugar en la vida cotidiana; y la relación con el entorno, aunque sigue siendo importante, se va perdiendo por cambios que el oficio no controla, como la desaparición del bosque seco tropical.
En las tinajas hay una verdad clara, y es que nacen de un conocimiento directo del barro, del fuego, del clima y de las necesidades del pueblo. Todo en ellas —su forma, su material, su uso— tiene sentido en ese mundo. Pero ese mundo cambia, porque llegan el plástico y la refrigeración eléctrica. Entonces esa correspondencia entre las tinajas y el mundo se pierde. Que la alfarería de Juana Sánchez esté bien adaptada a su entorno no basta para sostenerla hoy. La continuidad de una práctica no está garantizada si pierde su lugar en la vida cotidiana o en la economía ante sustitutos industriales.
La belleza, en cambio, permanece en el resultado de un trabajo cuidadoso, con materiales cercanos, tiempos lentos y manos que aún saben. Por eso las tinajas siguen siendo valiosas incluso cuando ya no se usan como antes y pasan a decorar patios o casas. Entonces, la belleza queda separada de la función que la hacía posible, del placer del sabor mineral y fresco del agua de tinaja.
En las tinajas hay una verdad clara, y es que nacen de un conocimiento directo del barro, del fuego, del clima y de las necesidades del pueblo. Todo en ellas —su forma, su material, su uso— tiene sentido en ese mundo.
¿Cómo permitir que la tradición alfarera de Juana Sánchez vuelva a tener su lugar en lo cotidiano? El libro sugiere caminos, como encontrar nuevos usos —por ejemplo, la recolección de agua lluvia— que mantengan el sentido de la tinaja sin forzarla a ser otra cosa. Después de todo, como también señala el libro, para muchos en Colombia el acceso al agua potable es limitado; por lo tanto, el uso de las tinajas debería seguir teniendo lugar en relación con nuestra realidad.




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