Hay rituales que se heredan. Mi mamá me enseñó que el cabello era una forma de amor propio, y fue así, en forma de agradecimiento, como le enseñé otros caminos que también llevaban a ese mismo afecto, amor propio uno que empezó en una plancha y terminó en una crema de peinar.
La primera vez que me alisaron el pelo tenía tres años y era mi cumpleaños. Mi mamá lo hizo desde la ternura: para ella, era la mejor forma de protegerme y fortalecer mi autoestima. Sin embargo, con los años comprendí que cuidar mis crespos no solo implicaba un cambio de rutina, sino transformar la relación con mi propia imagen y acompañar a mi mamá a hacer lo mismo.













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