Aunque normalmente su único síntoma sea un abultamiento que puede aparecer en distintas partes del cuerpo, el cuidado a tiempo de las hernias puede prevenir complicaciones y urgencias.
Una hernia puede manifestarse sin previo aviso, al hacer ejercicio, al levantar pesas e incluso al toser demasiado fuerte. Podría ser un ligero bulto sobre zonas como la ingle o el ombligo, muchas veces sin más síntomas. En la mayoría de los casos, esta condición no representa una urgencia médica inmediata. Sin embargo, sí deben ser evaluadas por un especialista, pues algunas pueden complicarse con el paso del tiempo y comprometer la salud.
Como definición, “una hernia es una salida parcial o desplazamiento de un órgano o tejido a través de un punto débil en la estructura que lo contiene”, dicta el Manual Merck de diagnóstico y terapia (MSD), lo que puede generar una protuberancia característica.
En palabras más sencillas, dice el doctor Francisco Carreño, cirujano general adscrito a Colsanitas, “Es como si se abriera un orificio en el músculo por donde saliera grasa, el intestino, o incluso una parte de la vejiga”.

Una hernia es una salida parcial o desplazamiento de un órgano o tejido a través de un punto débil en la estructura que lo contiene.
Por supuesto, esta descripción se aplica a las hernias que afectan a la pared abdominal, pues en general existen muchos tipos de hernias que se catalogan por medio de distintos criterios anatómicos y clínicos. Por ejemplo, las hernias inguinales, que son más frecuentes en los hombres, aparecen en la ingle y pueden extenderse hasta el escroto.
Otros tipos de hernias son:
Femoral: más común en mujeres, sucede en la parte superior del muslo.
Umbilical: se presenta como un bulto en el ombligo.
Incisional: aparece sobre una cicatriz de una cirugía abdominal.
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Más allá de los objetos pesados
Aunque existe la teoría popular de que las hernias inguinales y del abdomen son causadas por levantar objetos pesados de mala manera, la verdad es una afirmación imprecisa. En realidad, las hernias aparecen normalmente porque ya existe esa debilidad en la pared abdominal sobre la que actúan otros factores.
“En los niños muchas hernias son congénitas. A manera de ejemplo, cuando un conducto por el que descienden los testículos durante el desarrollo fetal no se cierra por completo, con el paso de los años el llanto, la tos o el esfuerzo pueden hacer que ese pequeño orificio que queda se ensanche y dé lugar a una hernia inguinal”, señala el doctor Carreño.

En los adultos, la causa más frecuente es el debilitamiento progresivo de la fascia transversalis, una capa de tejido que recubre la cara interna de los músculos que atraviesan el abdomen. De la misma forma que una gota de agua que cae persistentemente sobre una piedra puede quebrarla, los esfuerzos mínimos, pero que se repiten a lo largo del tiempo, como estornudar, toser o pujar para evacuar y orinar, van haciendo mella en la zona hasta que se produce el defecto.
Es por esta razón que los factores de riesgo son indirectos y están relacionados con la tos crónica por el consumo de tabaco, la edad, el estreñimiento y la dificultad para orinar.
Hernias invisibles
Existen hernias que no dejan un bulto visible debido a la estructura que afectan. Este es el caso de la hernia hiatal, que ocurre cuando una parte del estómago asciende a través del diafragma. En lugar de manifestarse como un abultamiento, suele generar síntomas digestivos como reflujo, acidez o dolor detrás del esternón.
Otra hernia que también entra en este grupo es la hernia discal, que se presenta cuando parte del material de uno de los discos que amortiguan las vértebras sobresale y comprime los nervios cercanos. A diferencia de las hernias de la pared abdominal, sus síntomas predominantes son el dolor, el hormigueo, el entumecimiento o la debilidad en la espalda, el cuello o las extremidades.
“Las hernias discales son una de las principales causas de consulta en ortopedia y fisioterapia, especialmente cuando afectan la región lumbar”, señala la fisioterapeuta Adriana Navarrete.
Al igual que en otros tipos de hernias, el levantamiento repetido de cargas con una técnica inadecuada también es una práctica que facilita la aparición de hernias que afectan a la columna vertebral, por lo que la doctora Navarrete recomienda levantar las cargas flexionando las rodillas, mantener la espalda recta durante el movimiento y evitar doblar la columna.
La especialista también aconseja no exceder la capacidad física de cada persona, pues el esfuerzo repetido con una técnica inadecuada puede favorecer el deterioro de los discos intervertebrales.
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El momento adecuado para tratar
Al ser una patología que puede presentarse en diferentes partes del cuerpo, es imposible hablar de un tratamiento único. En el caso de las hernias inguinales y de la pared abdominal, el doctor Francisco Carreño afirma que, por lo general, la cirugía es el único tratamiento posible. No obstante, aclara que “hay hernias asintomáticas en las que uno le puede decir al paciente: esperemos”. Esto ocurre cuando son pequeñas y no afectan la calidad de vida, por lo que la cirugía puede aplazarse mientras se mantenga vigilada.
Otro aspecto que los médicos tienen en cuenta son las condiciones del paciente. Factores como las enfermedades asociadas, el riesgo anestésico y su estado general pueden hacer que resulte más conveniente posponer la cirugía.
Cabe aclarar que la ausencia de molestias no significa que podamos prescindir de una valoración médica. Aunque algunas hernias permanecen estables durante un tiempo, otras pueden crecer y desarrollar complicaciones.
Una de ellas es el encarcelamiento, que ocurre cuando el tejido que sobresale queda atrapado en el orificio de la pared abdominal y ya no puede regresar a su posición.
Si, además, ese tejido pierde el flujo sanguíneo, se produce un estrangulamiento, una urgencia quirúrgica que requiere atención inmediata para evitar daños irreversibles en órganos como el intestino o la vejiga.
En cuanto a la operación, lo que se busca es reparar el defecto y reforzar la zona para disminuir el riesgo de que la hernia reaparezca. Para ello, generalmente se emplea una malla quirúrgica. El procedimiento puede realizarse por medio de una cirugía abierta o por laparoscopia, una técnica mínimamente invasiva. La elección depende de las características de la hernia, de las condiciones de cada paciente y de la experticia del especialista en uno u otro procedimiento.

Una hernia rara vez desaparece por sí sola. Por ello, es importante reconocer sus síntomas y consultar a tiempo.
Tras la cirugía, la recuperación suele ser rápida y con frecuencia el paciente puede retomar progresivamente sus actividades habituales. “Yo lo que recomiendo es evitar esfuerzos más o menos de cuatro a seis semanas en el posoperatorio, dependiendo del paciente. Generalmente no se requiere prescribir antibióticos y con analgésicos y antiinflamatorios es posible manejar el dolor”, aclara el cirujano.
Más allá del tratamiento y lo que viene después, el mensaje de los especialistas es bastante claro: una hernia rara vez desaparece por sí sola. Por ello, es importante reconocer sus síntomas y consultar a tiempo. Además, mantener hábitos saludables sigue siendo clave: “aquí lo principal es no ser sedentarios, mantener una postura correcta al caminar y al sentarnos y, obviamente, hacer ejercicio regular”, finaliza la doctora Navarrete.





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