La genética de la felicidad

Por: / Ilustración: Diego Arboleda / Mayo 2017

Todos buscamos el secreto para ser felices. Según los últimos estudios, no hay que ir muy lejos para encontrarlo, pues la felicidad —o mejor: la disposición a ser felices— está impresa en nuestro ADN.

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esde la Ética a Nicómaco de Aristóteles entendemos la felicidad como el propósito final de la vida. Muchos quieren comprarla o alquilarla; otros la buscan en viajes como si fuera un tesoro escondido. Quienes están más ocupados compran libros de autoayuda, que dicen tener la fórmula secreta para alcanzar la felicidad en solo siete pasos.

Asociamos alegría, estabilidad económica, satisfacción de necesidades y una actitud positiva con la idea de ser felices. Al poner en Google la pregunta “¿qué es la felicidad?”, el buscador arroja más de diecisiete millones de resultados. Muchos son inconclusos o ilegibles, y todos son completamente diferentes entre sí. (Bueno, al menos las dos o tres docenas de resultados que miramos para este artículo.) Sin embargo, la respuesta a esta pregunta y a la siguiente, ¿dónde está la felicidad?, podría estar más cerca de lo que pensamos. Está en nuestro interior, en el estado más puro de nuestro ser. Está en nuestra huella genética.

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La felicidad en el microscopio

Los primeros informes de que la felicidad sigue una estela genética se publicaron en 1998. El profesor y genetista del comportamiento David T. Lykken estudió la percepción de felicidad en 1.380  gemelos,  y  descubrió  que  los gemelos monocigóticos (que comparten el código genético totalmente) tenían un alto porcentaje de compatibilidad en sus respuestas respecto a la felicidad, mientras que los mellizos, no. Cinco y diez años más tarde Lykken volvió a visitar a los sujetos del estudio, quienes ya habían hecho vidas separadas, y los entrevistó nuevamente. El segundo estudio corroboró su primer hallazgo: los gemelos monocigóticos  compartían  una  percepción de la felicidad del 80%; los mellizos compartían su percepción de felicidad en una proporción mucho más baja.

Gracias a Lykken supimos que existe algo en el código genético que sugiere un vínculo, pero ¿qué era? Años después, el búlgaro Michael Minkov, de la Universidad de Varna, postuló que el gen FAAH, que codifica para un degradador de anandamida, podría ser una especie de “gen de la felicidad”.

Esto porque el FAHH actúa como una aspiradora de anandamida, un neurotransmisor cuyo nombre viene del sánscrito ananda, que significa beatitud interior, paz y felicidad interna, y que tiene el mismo efecto de los canabinoides, en tanto aumenta las sensaciones positivas y reduce el dolor. Entonces, si la aspiradora es pequeña dejará una cantidad de anandamida “flotando” por el cuerpo, por lo que la sensación de alivio será mayor. Cuando esa aspiradora es grande, no deja rastro alguno del neurotransmisor en el cuerpo. Hay pues una predisposición genética hacia la felicidad en los sujetos que tienen la “aspiradora pequeña”. Otros estudios han mostrado que cerca del trópico se presenta con más frecuencia en los individuos este gen FAHH, lo cual explicaría por qué las personas que viven en zonas tropicales tienden a ser más tranquilas, descomplicadas y,  podría decirse, felices.

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El 50% de la disposición a la felicidad es genético, 40% viene de la voluntad y 10% depende de las circunstancias. No todo está en el ADN, también tenemos responsabilidad sobre  nuestra felicidad.

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El médico genetista Mauricio Chaparro, de Colsanitas, explica que la felicidad es una condición multigénica, por ende no puede ser producto de un solo gen, sino de muchos. Por su parte, el economista Jan-Emmanuel de Neve, junto a su equipo de trabajo, introdujo recientemente una nueva variante a la búsqueda de la genética de la felicidad: “el neurotransmisor de la felicidad”.

Se trata del transportador de serotonina que, como su nombre lo indica, actúa como medio de transporte de dicha hormona. Si este transportador es pequeño, no podrá llevar la misma cantidad de serotonina al cerebro que si es largo, por lo que la serotonina, comúnmente asociada a la felicidad, el apetito sexual, el sueño y una baja agresividad, no llegará en la misma cantidad al cerebro.

Entonces, ¿hasta dónde nuestros padres son los responsables de nuestra felicidad? Chaparro explica que nuestras células tienen 46 cromosomas: “son esos tubos donde se guarda la información genética, nuestro ADN. Tenemos 23 por parte de papá y 23 de mamá, nuestros gametos sólo tienen la mitad de la información para crear un ser. Por eso, en la fecundación esta información se une”, afirma. Pero esos códigos no se leen

tal y como vienen de los padres, sino que se cruzan, y de ahí la diversidad en las personas.

El profesor titular y neurolólogo adscrito a Colsanitas, Leonardo Palacios Sánchez, estudioso del tema de la felicidad, muestra investigaciones donde se afirma que el 50% de la disposición a la felicidad es genético, 40% viene de la voluntad y 10% depende de las circunstancias. Así que no todo el peso recae sobre nuestro  código  genético,  también tenemos responsabilidad sobre nuestra felicidad.

El doctor Palacios menciona diferentes maneras de ser más feliz. No son mantras ni fórmulas de éxito garantizadas, sino pequeñas acciones y detalles que pueden traer bienestar a nuestra vida y con ello aumentar nuestro índice de felicidad: ser más amables y agradecidos, desayunar bien todos los días y usar zapatos cómodos. Así de simple.

Basado en otros estudios, el doctor Palacios indica que las personas más felices sobrepasan los 60 años; también tienen más predisposición a la felicidad las mujeres y las personas con relaciones de pareja estables. Pero estas no son reglas escritas en piedra, ni son obligatorias. Son tendencias que muestran algunos estudios.

El escritor estadounidense Henry Van Dyke dijo que “la felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos”. Al parecer tenía razón, así que no importa cuánto la busquemos afuera: una gran parte de esa sensación de felicidad está en nosotros, compone nuestro ser.

Pero por más que procesos químicos en el cerebro determinen parte de lo que experimentamos, la vida no está escrita en los cromosomas. Siempre tendremos la opción de cambiarla.

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