La espiritualidad en lo cotidiano

Por: / Julio 2019

Rutinas para profundizar en el autoconocimiento, observar nuestra relación con el entorno y encontrar en el día a día la paz mental que todos anhelamos.

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ctividades simples, cotidianas, pueden conectarnos con nuestro mundo interior de maneras muy similares a como lo hacen prácticas espirituales como la meditación, la danza ritual o la oración para las personas creyentes.

Según el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi, de la Universidad de Chicago, algunas manualidades facilitan centrarnos en el presente porque se alcanza un estado de concentración e inmersión tan profunda en esa acción que nada más nos preocupa.

Seleccionamos seis actividades que marcan tendencia alrededor del mundo como alternativas para quienes se intimidan con las prácticas de meditación tradicionales pero quieren desarrollar su espiritualidad o, simplemente, tomar una pausa en el frenético ritmo de estos tiempos.

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Tejer: creatividad y paciencia

Escoger el tipo de hilo, hallar el patrón deseado, insertar y sacar aguja, contar los puntos… Nada como zambullirse en el flujo rítmico y repetitivo del tejido para estar realmente en el momento presente. Enumerar cada movimiento de aguja podría compararse con el canto constante de un mantra.

Para Betsan Corkhill, fisioterapeuta y autora del libro Knit for Health and Wellness, “tejer podría ayudar a una población mucho más amplia a percibir los beneficios de la meditación, ya que no implica tener que entender, participar o aceptar un período de amaestramiento largo de una práctica. Sino que ocurre como un efecto secundario natural al tejido”.

Entre los beneficios del tejido están el desarrollo de la percepción espacial, la coordinación mano-ojo y la destreza motora fina. Además, tejer fomenta la creatividad y la resolución de problemas, enseña perseverancia y paciencia, ejercita la memoria, da un sentido de logro y orgullo al terminar una pieza, relaja y libera estrés.

En su investigación, Corkhill descubrió que tejer en grupo puede generar una sensación de felicidad mayor de la que experimentan quienes lo hacen en solitario. Y es que otra característica importante de esta actividad es que facilita los vínculos sociales, el intercambio de conocimiento y la comunicación entre generaciones. Quienes tejen saben por experiencia que las abuelitas atesoran los mejores trucos y consejos, y que esto es un valor digno de conservar y transmitir.

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Limpiar y ordenar los espacios

Para Keisuke Matsumoto, “el ambiente que nos rodea refleja nuestra mente: cuando ese entorno es desordenado, nuestra mente también. Si mantenemos hermosa nuestra casa, nuestra mente estará muy clara y tranquila”.

En su libro Manual de limpieza de un monje budista, este autor recopila una lista de hábitos diarios realizados en los templos y los adapta para que cualquier persona haga de la limpieza y el orden un ejercicio para encontrar serenidad.

Algunas de las actividades que propone Matsumoto son: cuidar de los objetos como cuidamos de las personas, dividir equitativamente las tareas domésticas con quienes convivimos, no postergar los deberes, hacer aseo general al levantarnos por la mañana y ordenar todo en la noche para facilitar las tareas del día siguiente, abrir ventanas y dejar que fluya la energía antes de limpiar.

Esa visión oriental sobre el estrecho vínculo entre nuestro estado espiritual y el lugar que habitamos también es reinventado por la japonesa Marie Kondo. Su famoso método apuesta por conservar únicamente objetos que nos encienden internamente “una chispa de felicidad”.

Matsumoto y Kondo coinciden en que una vida frugal es clave para alcanzar el bienestar. Ambos sugieren agradecer a las cosas que han cumplido su función y, si ya no las necesitamos, darles nueva vida entregándolas a alguien que haga buen uso de ellas.

"Podemos comparar la unión de esas piezas rotas con nuestra propia vida fragmentada: cómo reorganizamos ciertas vivencias para darles un nuevo sentido, qué aprendemos de esos eventos que nos han hecho sentir “rotos”, cómo nos reinventamos".

La belleza de reconstruir un objeto

Otra manera de desarrollar el espíritu mediante el cuidado de los objetos es el kintsugi. Se trata de la reconstrucción de piezas de cerámica, porcelana o madera fracturadas juntando sus partes con una resina o laca especial mezclada con polvo de oro o plata.

El kintsugi deriva de una filosofía de vida y corriente estética japonesa llamada Wabi-Sabi, que invita a buscar la belleza en las imperfecciones, disfrutar de lo rústico y lo simple, aceptar el paso del tiempo y la impermanencia de las cosas.

Más allá de ser una técnica milenaria, el kintsugi puede funcionar como una terapia para sanarnos. Podemos comparar la unión de esas piezas rotas con nuestra propia vida fragmentada: cómo reorganizamos ciertas vivencias para darles un nuevo sentido, qué aprendemos de esos eventos que nos han hecho sentir “rotos”, cómo nos reinventamos.

El resultado del kintsugi siempre es inesperado. Aparecen patrones irregulares pero orgánicos decorados con ese brillo metálico que realza el valor del objeto y su función. También refleja la paciencia y la minuciosidad del artesano. Es una muestra de que los accidentes no existen mientras tengamos la capacidad y resiliencia para transformarnos en algo mejor, más hermoso y más complejo.

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Jardinería consciente

Al juntar las palabras “jardín” y “meditación” probablemente vengan a la mente los jardines zen, aquellos paisajes sobrios de rocas muy grandes rodeadas por ondulantes líneas de arena. Un ambiente especialmente diseñado para aquietar la mente.

Sin embargo, la contemplación se puede practicar en cualquier tipo de jardín o huerta pequeña. Aunque tener plantas requiere de cierta exigencia y tiempo, no se necesitan mayores técnicas o conocimientos. La vista será fundamental para distinguir avances o desaciertos: ataque de plagas, si falta o sobra luz o agua... El ensayo y el error son parte del recorrido.

La jardinería debe tomarse como un entretenimiento, nunca como una obligación. Quitar malezas, remover la tierra, el riego y otras rutinas deben hacerse con todos los sentidos despiertos y observando cómo reaccionan las plantas a nuestro cuidado.

Un jardín nos enseña a respetar los ciclos vitales. No hay manera de forzar o apurar procesos. Nos volvemos testigos directos de cómo la vida no se detiene, de cómo a nuestro alrededor todo crece constantemente y cómo cada especie cumple un rol importante.

"La sensación de placidez que produce ver el vuelo de una mariposa, escuchar una cascada u oler la tierra mojada mejora la capacidad de concentración y la memoria".

Paseo por el bosque

El término shinrin yoku viene del budismo y la religión sintoísta, y significa “baño de bosque” o “baño forestal”. Se trata de fundirnos con la naturaleza durante un paseo por el bosque. Los japoneses son pioneros en el “baño forestal” y lo consideran una medicina tradicional de carácter preventivo. Desde 1982 forma parte de su programa de salud nacional, y en algunas empresas se suma a las actividades recreativas para los empleados.

Yoshifumi Miyazaki, antropólogo y vicedirector del Centro de Medio Ambiente, Salud y Estudios de Campo de Chiba University, explica que durante nuestra evolución hemos estado el 99,9 % del tiempo en entornos naturales, y que nuestras funciones fisiológicas están todavía adaptadas a este medio. Por esa razón, el contacto con estos ambientes nos hace sentir renovados.

Su estudio, con más de 600 personas, demostró que los baños forestales logran bajar los niveles de cortisol (hormona del estrés) y la presión arterial, comparados con las caminatas urbanas. La incidencia de infartos también se redujo en un 5,8 %.

Antes y después de una sesión de “baño forestal” se mide la presión arterial y otras variables fisiológicas para que los participantes comprueben la eficacia del tratamiento. Luego disfrutan de una caminata de dos horas a paso relajado acompañado con ejercicios de respiración conducidos por guías o “terapeutas forestales”.

Alcanzar esa sensación de placidez que produce ver el vuelo de una mariposa, escuchar una cascada u oler la tierra mojada repara nuestra capacidad de concentración y mejora la memoria a corto plazo.

Atención plena en la mesa

En los últimos años todos hemos escuchado sobre mindfulness, una práctica que también tiene origen en costumbres budistas adaptadas a Occidente.

La atención plena al comer no solo se trata de escoger alimentos sanos y nutritivos o de saber cómo cocinarlos. Consiste en observar la forma en la cual consumimos los alimentos. Apreciar las texturas, sabores, temperatura de cada bocado, pensar en por qué comemos lo que comemos. Perece sencillo, pero es todo un reto en esta época de apuros y distracciones.

Para disfrutar de una reconfortante sesión de alimentación mindfulness se pueden seguir estos pasos: agradecer los alimentos que se van a consumir, a los seres y procesos que han hecho posible que ese plato esté en la mesa; usar todos los sentidos en cada bocado; servir raciones pequeñas y evitar excesos; masticar lentamente mientras se respira profundo; aprender a distinguir cuando se está satisfecho o saciado; no saltarse comidas y procurar tener a la mano refrigerios saludables. Comer solamente cuando el cuerpo lo necesite.

Para esta práctica es indispensable soltar el celular, apagar el televisor, y aislarse de cualquier estímulo innecesario. La experiencia mejora cuando se inhala y exhala profundo unas cuantas veces y luego tener un primer acercamiento a los alimentos a través del olfato. El de la comida es un momento de tranquilidad, necesario para nutrir el organismo y experimentar paz y gratitud.

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