Lejos de ver las técnicas artesanales con condescendencia, la exposición colectiva Devenir el punto que no ha caído reúne en Espacio El Dorado la obra de doce mujeres que abren conversaciones urgentes.
Hace casi 60.000 años, los seres humanos comenzaron a usar primitivas agujas de hueso para trenzar fibras vegetales y para unir retazos de pieles. A diferencia de las pinturas rupestres, que más o menos para esa misma época empezaban a aparecer en cuevas de Indonesia, aquellas primeras aproximaciones a la costura y el tejido no tenían una intención expresiva o mística, sino que buscaban ofrecer abrigo.
Ese carácter funcional ha hecho que muchos vean las prácticas textiles exclusivamente como técnicas de producción, como trabajo artesanal o como herencia ancestral. Hasta finales del siglo pasado, con contadas excepciones, esta mirada arrojaba una luz pálida en los espacios que el arte abría para la expresión textil. Pero esos tiempos están cambiando.
En abril de 2025, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, MoMA, inauguró la exposición colectiva Historias tejidas, que exploraba los complejos vínculos entre el arte textil y la abstracción. Esta muestra resultaba un espejo renovado de la aventurada decisión tomada por el mismo MoMa en 1969 al abrir la muestra Wall Hangings, la primera vez que se exhibía arte textil en un museo. Para esa misma época, la figura rutilante de Olga de Amaral empezaba a abrir un camino para el tejido en la historia del arte colombiano.
La exposición Devenir el punto que no ha caído, inaugurada este año en Espacio El Dorado, reúne a doce artistas colombianas que, a pesar de sus diversas búsquedas, orígenes y motivaciones, comparten las técnicas textiles como medio de expresión. Gracias a la mirada de las curadoras Sara Campos y Dana Camacho, esta muestra está muy lejos de ser un conjunto de piezas desagregadas con una técnica en común. Se trata de un espacio de encuentro y es en sí misma un tejido en el cual lo familiar, lo ancestral, lo femenino, lo comunitario, el cuerpo, la resistencia, la sangre y la voz se entrecruzan y rasgan la superficie.
Al recorrer la sala, los contrastes invitan a reconocer un horizonte muy amplio que abarca el acervo del telar Misak, en manos de la artista caucana Julieth Morales, junto a las exploraciones formales de Ana Claudia Múnera, artista de la generación de Olga de Amaral. Los hilos también se despliegan de maneras poco convencionales en las cerámicas intervenidas por Mariana Aranzazu y en la acción performática de Luz Adriana Vera que está en la sala contigua; ambas decisivas para definir la línea curatorial de la exposición.
La superposición de estos puntos tiene el poder de doblegar la linealidad del tiempo para abrir un espacio protagónico a lo ancestral en medio de lo contemporáneo. Del mismo modo que la agudeza curatorial tiene el acierto de hallar una producción matérica y manual en los espacios digitales a través de los cuales se comunica esta generación. Es así como el tejido sale del taller y de la mecedora de la abuela, pasa por Instagram y los espacios de co-working y llega a ser exhibido ante un público que lo encuentra simultáneamente familiar y transformado.
En estas obras el dominio de los materiales exalta los saberes artesanales y los trae al espacio del arte; las técnicas mixtas dan cuenta de formaciones que recorren varias generaciones y espacios como la Escuela de Artes y Oficios, pero también son hijas de los vínculos familiares a través de los cuales se transmiten y comparten estas prácticas. Ese encuentro entre fibras disímiles ofrece una textura excepcional que invita a tocar con la mirada.

Daniela Briceño: vestigios para atar la memoria
El poder visual y la intimidad en los procesos de las técnicas de creación artística las suelen convertir en metáforas de sus contextos y en espejos de sus creadores. Ese desdoblamiento de lenguajes es especialmente tentador –y riesgoso– en terrenos creativos como la cerámica o el tejido: cada obra singular termina haciendo parte del interminable continuo de una tradición y es a la vez un reflejo inacabado de otra posibilidad, de otro artista. Las piezas que hacen parte de esta muestra son el tejido, su evidencia, posibilidad y límites.
El montaje de la obra Urdimbre, de la artista bogotana Daniela Briceño, invita a la introspección silenciosa: el espacio oscuro centra la atención completamente sobre un cuerpo que flota. El tejido que Daniela ha trenzado con las canas de su abuela parece por momentos una llama fría o la materialización volátil de un recuerdo.

Durante un viaje a Marruecos, Daniela encontró en los tapetes tradicionales una fuerza expresiva que no había considerado para el tejido. Hasta entonces, para ella, esta práctica era un territorio familiar compartido con su abuela y no estaba presente entre los medios que había explorado a lo largo de su práctica artística.
Al seguir los pasos de la abuela para recolectar sus canas, la artista encuentra en esa naturaleza muerta una forma de dar vida y de oponer resistencia a la ligereza de los recuerdos. Las canas son saber y tiempo. Tejer con ellas es crear un cuerpo que ya no puede envejecer y que es inmune al olvido. También por ello, la artista decide no enmarcar este tejido, sino dejarlo en movimiento, vivo.
En palabras de Daniela, “el paso del tiempo afecta la memoria y los recuerdos van desapareciendo, son atravesados por el olvido. Pero ese olvido es un vacío que llenamos con nuevos recuerdos que nos inventamos. Desde ese lugar, el olvido es la nada pero convertida en un espacio de creación, es el hueco necesario para crear algo nuevo”.

María José Franco Maldonado: remover el velo
En su taller de Chapinero, María José Franco Maldonado lleva casi una década explorando el arte textil desde diversas aproximaciones técnicas y búsquedas expresivas. Su extensa serie de flores bordadas le ha permitido acercarse a la fuerza interior desde la delicadeza formal y en sus piezas instalativas ha jugado con la tensión entre la levedad y el peso que todas compartimos. A lo largo de este tiempo, la artista ha podido ver el cambio en la cantidad y visibilidad de obras textiles en los circuitos artísticos colombianos.
Sangre de mi sangre es el nombre de la instalación con la cual la artista preside un espacio central de esta muestra colectiva. Sobre una inmensa cortina roja se despliegan los elementos que hilan una narrativa que parte de la creación femenina para indagar en la transmisión de saberes, en las herencias familiares y en las heridas necesarias para romper esquemas perpetuados a lo largo de generaciones.
El útero y las flores comparten el potencial de creación y transformación. La sangre es también vida y herencia. Pero ante los cuerpos animales, humanos y vegetales siempre está presente el límite al que no puede escapar ninguna forma de existencia. En ese sentido, la posibilidad de transmitir y heredar es tan propia del cuerpo femenino como del tejido: una continuación en otras para traspasar la muerte.



Desde pequeña, María José vio a su abuela entregada a la aguja y al hilo. Desde siempre la vio como una artista y a sus creaciones como piezas de arte que no encontraban su lugar. En su historia familiar veía repetidas las luchas de Anni Albers y Sheila Hicks; o, más precisamente, veía en ellas a las precursoras de una transformación entre las posibilidades de la generación creativa de su abuela y la suya.
Para esta pieza, María José trabajó junto a su madre hilando las cenefas y completando detalles a cuatro manos. Esa “creación desde la genealogía femenina”, como la llama la artista, carga de sentido a cada una de las imágenes que caen sobre la tela roja: el huevo como matriz, las serpientes protectoras como trompas de falopio y la sangre rodeando un entorno cálido, femenino, vital. Esta cortina trasluce y permite abrir la mirada hacia un horizonte distinto, reconociendo el doble poder creador de abuelas, madres e hijas artistas: crear obra y crear vida.

Daniela Moreno: un punto que se expande
La fragilidad es un atributo que muchas veces se otorga con ligereza tanto a lo femenino como al tejido. La mirada fugaz puede no advertir la tensión que supone mantener una estructura efímera en equilibrio y la suavidad de los hilos puede desviar la mirada de la dureza de la aguja entre los dedos.
En la obra de Daniela Moreno las figuras compactas parecen desbordar su espacio y necesitar acudir a otras materias para completarse. Esta explosión, casi nunca contenida, unas veces reclama hilos y otras metales, que emergen desde puntos situados sobre el papel o el barro. Aunque esta descripción pueda sonar crudamente material y racional, la experiencia íntima de enfrentar cada una de estas piezas abre un vínculo con el emotivo y orgánico universo de Daniela.
Las series Hogar, Binomios temporales y Un nombre propio logran ese efecto familiar y conmovedor, al tiempo que invitan a una pausa reflexiva: como en el título de esta exposición colectiva, cada punto emite mucho más de lo que su espacio es capaz de contener. Por un lado están las puntadas: cada una de ellas involucra la sensación física de la aguja y evoca la experiencia de meditación y encuentro durante el tejido. Por otro lado está la cerámica: que en este caso es al mismo tiempo resultado de un proceso y evidencia del mismo.



La elección del papel y la cerámica exige a la artista mantenerse en un estado de equilibrio para sortear la fragilidad y la resistencia de estas materias. La aguja y la tensión de los hilos suponen un desafío técnico hasta alcanzar formas compactas e impecables. Los círculos, recurrentes en su obra, son una expansión del punto revelada por los hilos o el metal. En palabras de Daniela, “es como si la figura estuviera ahí, latente, pero solo fuera revelada al tejer su contorno. Para mí los hilos han sido como una posibilidad de relacionarme con el mundo, conmigo misma y con los otros”.
Del mismo modo que ocurre sobre el papel en las obras de Daniela Moreno, esta exposición colectiva revela círculos de creación conjunta –como los encuentros de tejido convocados durante cada miércoles de la muestra–, puntos de convergencia entre geografías y generaciones –abuelas, madres e hijas– y puntadas valientes para que los espirales se amplíen en lugar de repetir historias circulares en espacios restringidos. Al igual que en su origen paleolítico, en este espacio el tejido vuelve a ser una forma segura de ofrecer abrigo.





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