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Migrar de Colombia a Australia

De Colombia a Australia: Lecciones que aprendí lejos de mi país

Fotografía
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Migrar no es solo cambiar de país; es cambiar de identidad, de creencias y de ritmo. Es aprender a convivir con pérdidas, silencios y versiones nuevas de uno mismo. Estas son algunas de las lecciones que me han dejado diez años viviendo lejos de casa.

Tenía 22 años, la carrera de Derecho recién terminada y una maleta llena de planes que creía bien definidos. En el aeropuerto de Bogotá, abrazando a mi papá, le dije entre lágrimas: “Tranquilo, papito, que solo me voy por seis meses y vuelvo”. Ese era el plan: aprender inglés y regresar para continuar la vida que había imaginado.

Pero uno se monta en ese avión sin saber las vueltas que puede dar la vida. El inglés no me tomó seis meses, sino casi dos años. Ese idioma que tanto me costó se volvió mi día a día, mi segunda lengua e incluso el idioma en el que me enamoré. Australia dejó de ser un destino temporal y, con el tiempo, se convirtió en hogar.

Ahora que miro atrás, me doy cuenta de que migrar me enseñó cosas que nunca habría aprendido si me hubiera quedado. Estas son nueve de ellas:

Migrar de Colombia a Australia

El duelo migratorio se supera

Aprendí que migrar es atravesar muchas pérdidas: el idioma, la familia, el estatus, la carrera. Dejamos una vida entera atrás para empezar otra nueva desde cero. Entendí que la tristeza, la soledad y la falta de pertenencia no son señales de fracaso, sino etapas necesarias de ese proceso. Y aunque a veces no lo parezca, se superan: con el tiempo el dolor cede, lo ajeno se vuelve propio y, casi sin darte cuenta, empiezas a adaptarte.

La soledad será tu mejor amiga

Hay una soledad particular que solo conoce quien migra: la de la cama sin sábanas, la maleta aún por desempacar y el reloj que nunca coincide con el de quienes amas. En Australia mi relación conmigo misma cambió para siempre. Aprendí a escucharme, a acompañarme, a resolver sin ayuda, a ser más consciente de a quién dejo entrar en mi vida y a reconocer la importancia de la red de apoyo.

Vivir en un segundo idioma te transforma

Después de diez años viviendo en Australia, puedo decir que el inglés dejó de ser una barrera hace mucho tiempo. Hasta trabajo y pienso en inglés. Aun así, hay momentos en los que me frustro y siento que nunca seré igual de fluida, igual de graciosa o inteligente que cuando hablo en mi lengua materna.

Vivir en otro idioma agota. Es no encontrar siempre la palabra exacta para explicar cómo te sientes, no poder reaccionar con la misma espontaneidad, no poder llegar a profundidad en ciertos temas por falta de vocabulario o sentir que una parte de tu personalidad se queda atrapada entre idiomas.

Migrar de Colombia a Australia

Vivir sin presiones te da permiso de ser tú mismo

Hay una libertad asombrosa en ser un extraño. Crecemos con muchas expectativas externas: lo que la familia espera, lo que la sociedad dicta, lo que ‘se supone’ que deberíamos ser. Cuando migré, eso desapareció. Ser nadie en un lugar nuevo me dio el permiso de ser cualquiera; me permitió probar versiones de mí misma que en casa nunca se habrían atrevido a salir. En terapia, aprendí el concepto liberación de la identidad. A veces, alejarse no es perder raíces, sino darse el espacio necesario para florecer sin juicio y sin presiones.

Un día ya no eres la de antes

Dicen que un año en el extranjero equivale a cuatro en casa, y la experiencia me lo confirmó. Migré siendo muy joven, sin haber vivido sola ni gestionado mis finanzas; pasé de pedir permiso para todo a tener que aprenderlo todo en cuestión de meses. Tener que cambiar de empleos, de casas y de amigos en poco tiempo me obligó a adaptarme. 

Ese crecimiento también tiene un costo: la fricción al volver, ya sea de visita o de forma definitiva. Descubres que ya no eres la persona que se fue, mientras que tu entorno, muchas veces, parece haberse quedado en el mismo lugar. Has vivido tantas experiencias que cuesta ponerlas en palabras o sentirte completamente comprendida. Migrar no solo te hace madurar; también te enseña a aceptar que el crecimiento personal no siempre ocurre al mismo ritmo que el de quienes se quedaron.

Migrar de Colombia a Australia

El ego también migra

El primer trabajo no es el de tus sueños pero sí el que te permitirá cumplir muchos de ellos. Dejar de ejercer lo que había estudiado fue un golpe al ego. Mientras a la distancia veía a mis compañeros de universidad escalar profesionalmente, yo estaba al otro lado del mundo prendiendo un horno a las tres de la mañana para hacer muffins o trasnochando como mesera en bodas, restaurantes y eventos. La gran lección es que no somos lo que hacemos para sobrevivir, sino esa valentía que ponemos en cada jornada para construir la vida que realmente queremos.

Todo sueño viene con un precio

Migrar me dio muchas cosas: libertad, independencia, experiencias, un esposo increíble y una vida que amo. Pero también he perdido momentos irrecuperables: cumpleaños, despedidas, rutinas familiares. Jamás olvidaré mi primera visita a Colombia después de varios años lejos; en ese momento caí en cuenta de que, mientras yo estaba ausente, mis padres habían envejecido y mis sobrinos habían crecido. Migrar te enseña que no se puede estar en dos lugares al mismo tiempo y que elegir quedarte por fuera, aunque valga la pena, también duele. 

La vida no se soluciona lejos

Migrar me dio muchas cosas: libertaYo migré con el corazón roto, entusada. Y muy ingenuamente creí que estar en otro país lo solucionaría todo; que desde el primer día ese dolor se iría. Pero me tomó varios años superarlo. Entendí que los problemas, los conflictos internos y los dolores guardados se van con uno en la maleta, y que para dejarlos atrás, más que cambiar de lugar, hay que hacer trabajo personal. Migrar no arregló mi vida; incluso podría decirse que la complicó un poco más. Pero me obligó a hacerme responsable de ella.

Migrar de Colombia a Australia

Ni de aquí ni de allá

Quizás la experiencia más compleja de migrar es descubrir que, aunque construyas una vida en el nuevo destino, nunca terminas de pertenecer del todo. Australia me sostiene, me da rutina y vínculos; aquí construí un hogar con mi esposo, pero una parte de mí siempre se siente extranjera. El choque más fuerte ocurre cuando voy a Colombia: allá tampoco encajo como antes. Las dinámicas cambiaron, las personas siguieron su camino y la vida que dejé ya no existe.

Es un sentimiento difícil de nombrar: ese limbo de no ser completamente de ninguna parte. No sé si esta sensación desaparecerá algún día o solo se aprende a habitarla. De pronto de eso se trata migrar: de aceptar que ya no encajas igual en ningún lado. Y aprender a vivir con eso, sin forzarte a elegir una sola versión de ti.