Cuando el dolor abdominal es constante, la diarrea no desaparece y el cansancio se vuelve parte del día a día, algo en el sistema digestivo podría estar fallando. Estas señales, comunes en la enfermedad inflamatoria intestinal, afectan a cada vez más personas en el país. Explicamos sus causas, cómo se manifiesta y por qué un diagnóstico temprano puede marcar la diferencia en la calidad de vida.
Dolores abdominales frecuentes, diarrea persistente durante más de dos semanas, sensación de evacuación incompleta… Estos son algunos de los síntomas más habituales de la enfermedad inflamatoria intestinal (EII), una condición que afecta a más de 4 millones de personas alrededor del mundo, y cuya incidencia ha aumentado en las últimas décadas en países en desarrollo, como Colombia, debido en parte a los hábitos de vida cada vez menos saludables.
La Ell es una enfermedad autoinmune en la que el sistema inmunológico, que normalmente protege nuestro cuerpo de virus, bacterias y parásitos, se vuelve en nuestra contra y comienza a atacar por error la flora intestinal que está compuesta de microorganismos “buenos” y esenciales para mantener la salud digestiva.

Como resultado, muchos de los tejidos del sistema digestivosufren el daño colateral de esta guerra equivocada: se inflaman, sangran y se generan úlceras y fístulas (comunicaciones anormales entre los órganos) que pueden producir infecciones u otros problemas digestivos y urinarios.
Un abanico de enfermedades
“Específicamente, hay dos afecciones con estas características, la colitis ulcerosa y la enfermedad de Crohn. Mientras la primera es mucho más común y solo compromete el colon (con frecuencia también el recto y sus mucosas), la enfermedad de Crohn puede afectar cualquier órgano del sistema digestivo, incluso la boca”, señala Paola Roa, gastroenteróloga adscrita a Colsanitas.
Además, la enfermedad de Crohn suele ser más agresiva, pues compromete las capas más internas de los órganos, lo que dificulta su tratamiento y control.
Otros tipos de la EII se ubican en un grupo intermedio de diagnósticos conocido como colitis indeterminada o no clasificada, que comparte características tanto de la colitis ulcerosa como de la enfermedad de Crohn.

Síntomas comunes de la enfermedad inflamatoria intestinal
- Diarrea crónica (a veces con sangre o mucosidad).
- Dolor abdominal tipo cólico.
- Pérdida de peso involuntaria.
- Fatiga o sensación constante de cansancio.
- Pérdida del apetito.
- Fiebre leve durante los brotes.
- Urgencia para defecar o sensación de evacuación incompleta.
“Cuando la enfermedad de Crohn perjudica otras partes del aparato digestivo, es posible que haya secreción y dolor en el ano o en la parte inferior de la pelvis. Incluso en ciertos casos pueden presentarse molestias en los ojos y en las articulaciones, como una respuesta inmunológica generalizada”, explica la gastroenteróloga Roa.
Es importante tener en cuenta que muchos de estos síntomas son inespecíficos y pueden confundirse con otras afecciones, por lo que no es posible hacer un diagnóstico claro solo con la sintomatología. Por ello, resulta fundamental acudir a un especialista

¿Qué causa la enfermedad inflamatoria intestinal?
Tanto la colitis ulcerosa como la enfermedad de Crohn tienen un fuerte componente genético. Un artículo de revisión de la revista Annals of Gastroenterology de 2018 señala que “la probabilidad de desarrollar EII aumenta entre cuatro y ocho veces si se tiene un pariente en primer grado con dicha patología (padres, hermanos e hijos)”.
Sin embargo, solo entre el 10 y el 25% de los pacientes incluidos en el estudio tenían antecedentes familiares conocidos, por lo que se sugiere que la mayoría de los casos surgen como una combinación entre factores ambientales y hereditarios.
Entre estos factores, la dieta es particularmente determinante. Una persona con predisposición genética puede desarrollar síntomas si su alimentación favorece la inflamación, siendo los alimentos ultraprocesados, de lejos, uno de los principales factores de riesgo.
“Podemos tener predisposiciones genéticas para sufrir cualquier enfermedad, pero si el ambiente no es propicio, quizás ese gen defectuoso no resulte en ninguna consecuencia. Lamentablemente, los hábitos alimenticios que llevamos se han occidentalizado tanto al punto de ser terriblemente proinflamatorios”, menciona Luisa Becerra, nutricionista y dietista.
Al ser pobres en fibra y micronutrientes, pero además altos en azúcares, grasas saturadas y aditivos, los alimentos ultraprocesados reducen la diversidad de bacterias beneficiosas, y favorecen el crecimiento de bacterias dañinas. Esto altera la barrera intestinal y facilita que fragmentos bacterianos activen el sistema inmunológico. Además, algunos de sus aditivos pueden dañar la mucosa intestinal y aumentar la permeabilidad, permitiendo que toxinas lleguen al torrente sanguíneo y desencadenen una respuesta inmunitaria continua.
“En general, las grasas de origen animal ―con algunas excepciones como el pescado― y las grasas trans y saturadas son proinflamatorias”, agrega Becerra. Esto significa que activan receptores inmunológicos que participan en la inflamación de los tejidos.
Como sucede con muchas afecciones del sistema digestivo, y en general de todos los sistemas, hay una gran influencia de nuestro estado de ánimo en la evolución de la EII. De hecho, trastornos como la depresión y la ansiedad pueden alterar nuestros sistemas de defensa a nivel gástrico y agravar los síntomas.
“En consulta hemos tenido pacientes a los que una pérdida de trabajo, un duelo o algún otro problema ha generado la manifestación de la enfermedad”, explica la doctora Roa.
Otros factores de riesgo incluyen el sedentarismo, la ausencia de lactancia materna en las primeras etapas de la vida, el consumo de tabaco, la contaminación ambiental y el uso frecuente de ciertos medicamentos.

Cuando la EII aparece demasiado pronto
Por lo general, hay dos picos en la aparición de la EII: uno en personas mayores, entre 50 y 70 años, y otro en adultos jóvenes que no superan los 30. La cuestión en este último grupo etario es que los síntomas suelen surgir de forma más severa, por lo que se necesita mayor seguimiento y tratamientos más fuertes.
De acuerdo con un estudio epidemiológico publicado en la Revista de gastroenterología de México en 2021, “La tendencia en la colitis ulcerosa pediátrica para Latinoamérica tuvo un aumento lineal en la frecuencia de nuevos casos relacionados con cada año de estudio, empezando desde el 2006 hasta el 2011”, lo que indica que cada vez más niños y adolescentes entre los 6 y los 17 años desarrollan esta enfermedad en la región.
A esto se suma la EII de inicio muy temprano, que puede aparecer incluso en la etapa de lactancia, aunque es menos frecuente.
En edades tan tempranas, la EII representa un riesgo mayor: puede comprometer más segmentos del intestino debido a que el sistema inmunológico aún está en desarrollo. Además, interfiere en la correcta absorción de nutrientes, lo que aumenta la probabilidad de bajo peso durante el crecimiento y desnutrición.

Por qué detectarla a tiempo marca la diferencia
Aunque la EII es crónica, lo que significa que es una enfermedad de larga duración que no tiene cura hasta el día de hoy, los síntomas no son constantes sino que se alternarán entre etapas de brotes: cuando la inflamación está más activa y los síntomas son más evidentes, y periodos de remisión, cuando el intestino se calma y el paciente puede vivir una vida normal. Por supuesto, los periodos de remisión serán mucho más estables con una detección temprana y el tratamiento posterior.
“Apenas las personas sientan que algo no anda bien en su organismo, que no duden en consultar. A través de exámenes en sangre, resonancias magnéticas, endoscopias y colonoscopias, podemos ver alteraciones en diferentes órganos y hallar pistas para llegar a una conclusión”, explica la doctora Roa.
Tanto la endoscopia como la colonoscopia permiten observar directamente el interior del sistema digestivo. La primera examina el esófago y el estómago a través de una sonda con cámara y luz (clave para detectar úlceras y sangrados usuales en la enfermedad de Crohn), mientras que la segunda se enfoca en la parte baja del tracto gastrointestinal, dentro del recto, el colón y el resto del intestino grueso.
“Los médicos sabemos que todavía existe cierto recelo frente a estos estudios. Sin embargo, yo, como endoscopista, pero también como paciente, puedo asegurar que es una práctica segura, ambulatoria e indolora. En general, lo más molesto es la preparación, que exige ayuno y el uso de laxantes. El paciente permanece sedado todo el tiempo, así que no hay razón para evitar una colonoscopia cuando hay signos de alarma”, añade la especialista.
Es importante recordar que la EII, sin un tratamiento oportuno, puede causar ulceraciones profundas y obstrucciones intestinales que dificultan el paso de los alimentos y las heces, generando complicaciones que en los casos más graves pueden requerir cirugías de emergencia. Además, la inflamación prolongada puede provocar anemia crónica, déficit de vitaminas y minerales, un mayor riesgo de cáncer de colon y un deterioro significativo en la calidad de vida.

Lo que sí podemos hacer para cuidar el intestino
Sin importar que se haya sido diagnosticado con la enfermedad inflamatoria intestinal o no, estos son algunos consejos para mantener la salud de nuestro sistema digestivo y evitar factores de riesgo:
- Cuidar la alimentación. Priorizar alimentos frescos, naturales y ricos en fibra soluble (según indicación médica) favorece una microbiota equilibrada y ayuda a disminuir la inflamación.
- Evitar el tabaco y el consumo excesivo alcohol. Ambos alteran la mucosa intestinal y aumentan el riesgo de recaídas, especialmente en personas con enfermedad de Crohn.
- Reducir el estrés. El sistema digestivo está estrechamente conectado con el sistema nervioso. Prácticas como la meditación, el ejercicio regular y la terapia psicológica pueden disminuir la frecuencia e intensidad de los brotes.
- Dormir bien. Un descanso adecuado regula las hormonas del sistema inmune y favorece la reparación del tejido intestinal.
- Buscar apoyo cuando sea necesario. Si bien cualquier enfermedad crónica puede ser difícil de sobrellevar, compartir la experiencia con familiares, grupos de pacientes o profesionales de salud mental mejora la adherencia al tratamiento y el bienestar en general.



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