Tuve un trastorno alimenticio

Por: / Fotografía : Jorge Andrade Blanco / Diciembre 2018

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A la obsesión por la comida saludable se le conoce como ortorexia y es considerada un trastorno alimenticio. La autora cuenta cómo combatió esta condición.

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i algo he aprendido es que los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) o trastornos alimenticios, como se les conoce, tienen muchos matices y disfraces. “Estoy a dieta”, “No como gluten”, “Soy vegetariana”, “Soy fitness”: todas pueden ser excusas que esconden un problema profundo. No estoy diciendo que todos los vegetarianos o los que hacen dieta tienen un trastorno, ni más faltaba. No obstante, en muchos casos, sí es así. Y lo más alarmante de todo es que ellos ni siquiera son conscientes de ello.

La causa casi siempre es la misma: deseo de control. Los detonantes, en cambio, pueden variar. En mi caso, se me disparó la tendencia genética después de una tusa. Mido 1,58 centímetros y mi peso normal oscilaba entre los 50 y los 52 kilos. Por la lloradera bajé casi cuatro. De ahí en adelante me acostumbré a mi nueva apariencia muy delgada, y cuando superé el despecho simplemente me rehusé a subir ni un gramo. Pastillas de alcachofa, tés desintoxicantes, tres litros de agua diarios y gimnasio en ayunas hacían parte de los esfuerzos por mantener ese peso que no era natural en mí. No lo sabía entonces, pero esos eran síntomas de anorexia nerviosa, un trastorno de la conducta que lleva a las personas a mantener un peso por debajo de lo que se considera saludable para su edad y estatura. Pagué masajes, compré una máquina de electrodos para ponerme en el abdomen y una crema reafirmante y anticelulítica. También me obligué a comer cosas que normalmente no comía, bajo la excusa de que eran “más saludables”. Dos claros ejemplos de esto son la avena y el brócoli. Sólo comía verduras y carbohidratos complejos porque sabía que no me iban a engordar. Punto.

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Mis amigos y familiares notaban que estaba muy delgada y obsesionada con la alimentación saludable, pero nadie parecía alarmarse. Yo tampoco. De hecho, me gustaba aprender más sobre nutrición”.

 

Todo empeoró cuando por un problema que tengo en las rodillas, se me prohibió realizar ejercicio, y mi única arma para defenderme de esos “kilos diabólicos” que me acosaban era la cuchara. La obsesión por comer “alimentos limpios” sobrepasó mi realidad: claras de huevo, avena remojada en agua o leche de almendras, nada de azúcar, té verde, gelatina ligera eran mi rutina alimenticia y, al cabo de unos meses, los cambios se notaban a leguas. La báscula ya no marcaba 47 kilos, sino que progresivamente fue llegando a los 45 hasta estancarse en los 42 —el peso más bajo que he tenido hasta el momento, 10 kilos menos que lo que según estándares médicos debería pesar.

Mis amigos y familiares notaban que estaba muy delgada y obsesionada con la alimentación saludable, pero nadie parecía alarmarse. Yo tampoco. De hecho, me gustaba aprender más sobre nutrición, tanto así que decidí matricularme en una especialización para tener las herramientas suficientes y hablar con toda la propiedad del caso. Como soy periodista, empecé a escribir y a publicar temas sobre nutrición en algunas revistas especializadas y en mi blog, La Cuchara de Cata. Pero estaba muy lejos de la realidad.

Lo peor salía a flote en los eventos sociales porque sufría de ataques de pánico. Enfrentarme al menú de un restaurante era un reto. Y si llegaba a comer algo que no era “saludable”, sufría de histeria por haber comido “de más” y tomaba solo líquidos al día siguiente para compensar. En los viajes, cada vez que me sentía un pantalón más apretado por la hinchazón, entraba en pánico. Y no estoy exagerando: hablo de pánico real, ese que te hace llorar e hiperventilar. Un día llegué a mi casa después de un paseo, me pesé y cuando vi que la báscula marcaba dos kilos de más (de líquidos retenidos), me puse a llorar y le dije a mi mamá que me internara en un centro psiquiátrico. Hasta llamamos a averiguar cuánto costaba. Otro día rompí en llanto después de comerme dos bolas de helado de chocolate.

Alimentación consciente

Suena ridículo y caprichoso. ¿En qué cabeza cabe que una mujer de 25 años, con un trabajo estable, una relación de pareja sana, familiares y amigos amorosos sea tan hueca como para sufrir hasta el llanto por comerse un helado? Lo que mucha gente no entiende —o no sabe— es que los trastornos alimenticios son enfermedades mentales que no se pueden esconder, ni controlar a menos que haya tratamiento.

La cosa es que me demoré en reconocer que tenía un problema. Aunque no podía catalogarme como anoréxica, sí estaba obsesionada con cada cosa que comía, contaba calorías en una aplicación del celular, me subía a la báscula a diario, evitaba los carbohidratos y prefería las proteínas y las verduras. Pero nunca dejé de comer ni hice ayunos. Nunca vomité después de un almuerzo, así que tampoco encajaba dentro de la definición de bulimia. Aparentemente era una joven que se cuidaba, como millones en el mundo. Pero mi familia, mis amigos y hasta yo misma notamos que algo estaba mal, por el carácter obsesivo que fueron tomando mis pensamientos. Tiempo después, descubrí que a este tipo de comportamiento se le cataloga como ortorexia, término acuñado por el médico norteamericano Steven Bratman en 1996 para referirse a la obsesión patológica por comer saludable. Pese a que aún no se encuentra en el registro oficial de TCA, se considera un subgénero de la anorexia nerviosa.

Llegué al límite cuando unos exámenes médicos mostraron cifras alarmantes. Hipoglucemia, triglicéridos altos (paradójicamente), desequilibrios hormonales. Además, estaba sufriendo desmayos. Me asusté de ver mi salud deteriorada y busqué ayuda. Hice varias terapias, de varios tipos. Desde bioenergética hasta psicológica. Todas ayudaron. Una de las más fructíferas fue la que hice con una psicóloga radicada en Canadá a quien conocí en una clase de cocina saludable cuando estuvo de paso en Colombia. Ella me enseñó el concepto de la alimentación consciente. Comer cuando se siente hambre, detenerse cuando se está satisfecho, respirar profundo durante el acto de comer y aprender a escuchar al cuerpo para identificar qué alimentos necesita y cuáles le sientan bien o mal.

Aprender a superar miedos

Poco a poco fui encaminando ese conocimiento que ya tenía a raíz de mi posgrado en nutrición. Aumenté el tamaño de las porciones, me permitía antojitos con más frecuencia, descubrí cuáles eran esos alimentos que realmente disfrutaba y cuáles no tanto, y aprendí a cocinar. También dejé de pesarme a diario: la báscula y yo solo nos encontramos cada dos meses.

Suena muy sencillo, pero no lo ha sido. Me tomó un año recuperar algo de peso, y aunque estoy todavía en un peso bajo según mi estatura —48 kilos actualmente—, tengo días buenos y malos. Algunos con mucho apetito y otros con poco; eso sin contar que todavía lucho contra el espejo.

Mi blog ha sido mi catarsis. Allí he condensado mis triunfos, mis aprendizajes y también he superado mis miedos. Mi objetivo es concientizar a las personas sobre los trastornos alimenticios y, sobre todo, ayudarles a encontrar una alimentación más intuitiva, más consciente. Hay tanta desinformación en esta onda fitness y saludable, que los jóvenes, y principalmente las jóvenes, están cayendo en hábitos dañinos. Unos alimentos están siendo satanizados y otros han sido elevados a la categoría de súper poderosos; nos hemos olvidado de que comer es un acto que culturalmente también implica placer. Hemos pasado por alto también que, independientemente de lo que diga cualquier gurú de nutrición, la grasa corporal es necesaria y muchos cuerpos no están diseñados para tener el abdomen plano. Hay que enfocarse más en la salud que en los estereotipos.

Nos queda mucho camino por recorrer: tenemos que hacer las paces con la comida y reconciliarnos con la celulitis y las estrías. Hace falta que aprendamos a amar nuestro gordito.

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