La máscara que cambió mi vida

Por: / Fotografía : Fernando Olaya / Agosto 2019

La presión positiva continua de las vías respiratorias (CPAP por sus siglas en inglés) es un tratamiento eficaz para tratar la apnea obstructiva del sueño y otros desórdenes respiratorios. Un usuario cuenta su experiencia.

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a primera noche fue espantosa. Me puse la máscara como me habían dicho, ajusté las correas del arnés, encendí la máquina y me acosté del lado izquierdo. El aire comenzó a rugir. Mi esposa estaba a mi lado. “Si se aguanta esto, es otra muestra de que de verdad me ama”, pensé. Era la noche del 4 de julio de 2015.

El aire a presión me ahogaba, retumbaba contra mis fosas nasales, mi tráquea y mis pulmones. Creí que no podría aguantar esa invasión repentina, pero al mismo tiempo, por lecturas previas, ya estaba convencido de que la aceptación de dormir con ese aparato el resto de mi vida era clave para mi salud de ahí en adelante.

Esa primera noche me desperté varias veces, ahogado por el aire y aturdido por el ruido. Pero sabía que no me podía quitar la máscara. Si lo hacía perdía, me mandaba un mensaje equivocado a mi subconsciente. En esa primera noche fui valiente. Pero en las siguientes, agobiado, en varias ocasiones tuve que sentarme en la cama, apagar la máquina y quitarme la máscara por unos minutos. Descansaba y de nuevo me la ponía para seguir intentando dormir con ella. Me vencía el cansancio en la parte final de la madrugada.

***

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Unas semanas atrás, un examen había revelado mi mal: sufría de apneas del sueño. No sabía que esa enfermedad existía. Había escuchado la palabra apnea relacionada con el buceo libre, ese deporte extremo en el cual un nadador profesional suspende voluntariamente su respiración, se sumerge en el agua y desciende a grandes profundidades. Heroico.

Lo mío eran sólo unas interrupciones involuntarias de la respiración mientras dormía, que duraban unos segundos y se repetían varias veces cada hora y muchas durante la noche. Mi esposa sentía que yo me quedaba casi sin respiración cuando dormía, me decía. Después de sufrirlas durante años sin saberlo, la consecuencia más evidente y nefasta fue un trastorno en el ritmo de mi corazón: padezco una arritmia. Desde hace años la controlo con medicación.

En octubre de 2014, cuando tenía 53 años, me practicaron un polisomnograma, o estudio del sueño, con CPAP (siglas en inglés de Continuous Positive Airway Pressure, o presión positiva continua en las vías respiratorias). El objetivo era establecer oficialmente si roncaba y si sufría apneas del sueño. Solo dormí el 48,8 % de los 546 minutos que estuve en la cama de un centro de estudio del sueño. La conclusión fue que padecía el síndrome de apnea hipoapnea obstructiva del sueño (sahos), con un promedio de 64 episodios por hora (severo), con una duración promedio cada uno de 21,2 segundos.

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"Poco a poco fui venciendo la incomodidad de dormir con ese aparato. Sabía que tenía que convertirlo en mi aliado, en mi prótesis, en mi apéndice electrónico".

Los episodios se corrigieron con la CPAP, a una presión de nueve centímetros de agua. Gracias a eso mis episodios de obstrucción del sueño bajaron a cinco por hora: normal. Desde entonces, por recomendación médica, debo dormir con ese aparato que las personas con mi condición y los especialistas en trastornos del sueño llamamos simplemente CPAP.

Poco a poco fui venciendo la incomodidad de dormir con ese aparato, adaptándome a él, no peleando con él. Sabía que tenía que convertirlo en mi aliado, en mi prótesis, en mi apéndice electrónico. 

Desde entonces, a donde voy lo llevo conmigo. Sea dentro o fuera del país. Sea que duerma en hoteles o en casa de familiares o amigos: siempre lo llevo, lo instalo y lo uso. Ya no puedo vivir sin él. Me hace mucho bien. Mi esposa, cuando me ve con la máscara puesta, me dice: “Mi enmascarado” y se ríe. Aceptación.  

Ya no amanezco cansado, somnoliento, con dolor de cabeza ni irritado.   

Antes de adoptar la máscara iba seguro a convertirme en un enfermo cardiaco crónico y candidato a recibir la devastación de una isquemia cerebral en cualquier momento, entre otros males. Por todo esto, siento un enorme agradecimiento por el cardiólogo de Medisanitas que hurgó y hurgó en el misterio con la práctica de diferentes pruebas y exámenes para establecer el origen de mi arritmia, hasta que encontró al monstruo agazapado en mis estrechas vías respiratorias que de noche, cuando intento dormir, se relajan, quedan flácidas y por eso las tapa la lengua, que se va hacia atrás y obstruye mi tráquea, como una criminal insomne, para conformar un cuadro peligroso que quizás me tuvo al borde de la muerte. 

Pero gracias a ese fuerte viento nocturno que recibo del CPAP, amanezco descansado y renovado, listo para seguir viviendo a plenitud y para querer más a mi esposa, que por su amor, casi no lo escucha en las noches.

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