En las mañanas, el parque de Jericó huele a café recién molido y predomina la balada romántica, es común escuchar a Camilo Sesto, a Roberto Carlos o Leonardo Fabio. En el costado sur del parque está La Catedral Nuestra Señora de las Mercedes, una inmensa construcción en ladrillo cocido, es tan grande, que hace ver pequeño el parque. En los costados restantes, se ubican el comercio, las panaderías, las fondas, los puestos de verduras, ventas de aguacate y las farmacias. En el centro hay una fuente adornadas con un obelisco y alrededor, grifos que vierten agua por su pico de águila, a un lado un busto de Bolívar, mientras tres ceibas centenarias cubren de sombra el parque que lleva el nombre de Rafael Reyes.
El año anterior, Jericó celebro su cumpleaños 175 años de su fundación. Un pueblo en el suroeste antioqueño que comenzó como una pequeña aldea a la que llamaron Felicina, luego la Aldea de Piedras y finalmente, en 1850, Jericó. La formación de Jericó hizo parte de la llamada colonización antioqueña, pero tuvo ingredientes muy particulares y tal vez parte de eso aún permanezca en su gente y logre ese aura tan especial que envuelve a Jericó, pues como afirma Rodrigo López, quién fuera secretario del Centro de Historia de Jericó durante casi 40 años, “el sueño del fundador fue crear un pueblo agrícola, campesino, republicano y feliz”.
Jericó fue declarado hace unos años Pueblo Patrimonio de Colombia y Bien de Interés Cultural de la Nación.
Ubicado a unos 100 kilómetros de Medellín y 160 a Manizales, Jericó fue fundado por Santiago Santamaría con el titánico objetivo de encontrar una salida al mar vía el Atrato. Lo singular de su fundación consistió en que fue un proceso controlado de colonización, a diferencia de los pueblos vecinos donde ocurrió una colonización espontánea. Para habitar estas tierras se realizó un proceso de selección de las gentes que vendrían principalmente a abrir caminos y a cambio de eso, don Santiago Santamaría les entregaba parcelas aledañas a los caminos para mantenerlos en buen estado, suministraba azadones, palas y machetes para tumbar monte y trabajar la tierra y las cosechas que se cultivaran fueran destinadas al autoconsumo.
Luego, a finales del siglo XIX, llega el café a la cordillera occidental y lo cambia todo. Ante la demanda de café en el mercado internacional, los Jericoanos comienzan a sembrar café en unas tierras ideales para su cultivo. El negoció del ganado de engorde y el café, hacen que la economía de Jericó se dinamice rápidamente y comience una época de esplendor. Tanto así, que Jericó a principios del siglo pasado se convirtió en el quinto municipio con luz eléctrica de Colombia, creó su propia fábrica de gaseosas, se fundó el Banco de Jericó, publica varios periódicos en su imprenta y se funda la Compañía de Textiles de Jericó, que adelantándose a su época, empleaba principalmente mujeres. Y sumado a todo esto, llegan a Jericó comunidades religiosas españolas y francesas a educar niños y niñas, se crea el Seminario Mayor y hay cuatro internados a donde llegan jóvenes de todas las regiones a estudiar con buenos profesores de todo el país.
Con los años, esta amalgama de sucesos y felices coincidencias convirtieron a Jericó en la joya del suroeste antioqueño. Los turistas nacionales y extranjeros se sorprenden con su arquitectura republicana típica de la colonización antioqueña, donde se destaca el trabajo de talla en madera de sus puertas, ventanas y balcones, bellamente conservados, en buena parte, a que Jericó fue declarado hace unos años Pueblo Patrimonio de Colombia y Bien de Interés Cultural de la Nación. Y no son solo sus casas, también sus nueve iglesias, de todos los tamaños y colores, en las que destaca la centenaria iglesia de San Francisco, más conocida en el pueblo como La Pollita, pues al parecer durante el proceso de construcción se rifaban pollitos y así obtenían recursos para poder terminarla.

Jericó fue declarado hace unos años Pueblo Patrimonio de Colombia y Bien de Interés Cultural de la Nación.
Además de la belleza que se observa y conserva en sus calles, Jericó ha sido un pueblo proclive a todo tipo de manifestaciones culturales, no es gratuito que este municipio haya sido conocido como la Atenas del Suroeste o La Ciudad Culta de Antioquia, en Jericó ha habido una gran tradición de periódicos propios, se fundó el primer canal de televisión comunitaria del país, Jericó Televisión; incluso, a comienzos de los años 80, tuvo su propia compañía de Ballet. Asimismo, es larga la tradición de escritores y poetas nacidos en estas tierras, son muchos, entre ellos se destacan Manuel Mejía Vallejo, los nadaístas Amilkar Osorio y Darío Lemus, el periodista Javier Darío Restrepo o el médico y defensor de los derechos humanos Héctor Abad Gómez.
Asimismo, en el momento, Jericó cuenta con cuatro museos: El Museo de Arte Religioso, la Casa Museo Tomás Uribe Abad, la Casa de la Música y el MAJA (Museo de Antropología y Artes de Jericó); el MAJA, una de las visitas imprescindibles del municipio y gran orgullo de los Jericoanos, cuenta con auditorio, biblioteca, talleres y seis salas con exposiciones itinerantes de arte contemporáneo por donde han pasado artistas de la talla de Andy Warhol, Luis Caballero, Débora Arango, Beatriz González, Pedro Nel Gómez, Luis Fernando Peláez, Álvaro Marín o Hugo Zapata, entre otros.
Es tal vez por esa constante curiosidad intelectual que desde hace cinco años, a finales de enero, se celebra el Hay Festival – Jericó, el famoso festival literario hace presencia en la región, trayendo a Jericó a los más importantes escritores del momento, por sus calles se han visto pasear a Laura Restrepo, Gioconda Belli, Juan Gabriel Vásquez, Leonardo Padura, Alonso Sánchez Baute, Juan Manuel Roca, Víctor Gaviria, entre otros. Es una fiesta de la literatura con conciertos, talleres, proyecciones de cine y charlas, un fin de semana de donde llegan más de 15.000 visitantes creando una mezcla de fiesta, literatura y caos. Luego de la literatura, llega la música, la segunda semana de junio se realizará el primer Jerico Fest, un festival de músicas del mundo con la presencia de artistas internacionales y nacionales, entre los que se destacan Mine Kawakami (Japón), Felipe Duhart (Chile), Eduardo Moreno (Cuba), Santiago Monroy Trio (Chile) y Luis Fernando Franco (Colombia), entre otros. Y en agosto, se realiza uno de los festivales más antiguos de la región, El Festival de la Cometa que este año celebra su edición número 44, aprovechando los fuertes vientos que cruzan el pueblo por esos días, durante el festival se realizan competencias de elevación de cometas para niños, expertos, vuelo nocturno, competencia de tamaño y de vuelo vertical.

Durante el resto del año, Jericó no se detiene, el pueblo ofrece actividades para todos los gustos: para el turismo religioso, es infaltable la visita a la casa natal de la Madre Laura, la primera santa colombiana, canonizada en el 2013 por su labor misionera. Para los amantes del senderismo, hay rutas y caminos veredales de gran belleza y diferente exigencia. Se destaca la subida al Parque Natural Las Nubes que con una altura de 3.000 metros, permite observar un paisaje arrobador de buena parte del suroeste antioqueño y el serpenteante camino que traza el río Cauca entre sus montañas. También hay varios sitios donde realizar vuelos en parapente y ver las montañas desde las alturas. De otro lado, hay variados tours cafeteros, allí el turista aprende y participa activamente del proceso de recolección, despulpe, tueste del café en medio del paisaje cafetero. Un plan diferente es visitar las guarnielerías en donde maestros artesanos producen los tradicionales carrieles jericoanos que le han dado la vuelta al mundo y que han recibido innumerables reconocimientos. Y por último, es infaltable la visita al Jardín Botánico “Los Balsos”, un oasis verde y fresco dentro del pueblo, con un pequeño lago con peces y una gran variedad de árboles, plantas y flores nativas; y allí mismo, los senderos llevan a visitantes a ascender al cerro El Salvador, desde donde se divisa todo el municipio y además, encuentran el popular anunció de “Yo amo a Jericó”, infaltable para la foto del recuerdo.

COSIACA EN JERICÓ:
“Yo no conocía Jericó y al llegar me encontré con una oferta cultural increíble. Fue delicioso poder caminar por sus calles sin ser acosado, la gente fue muy especial y respetuosa a pesar de estar con la caracterización de Cosiaca, una especie de indigente que no olía maluco, pero parecía que sí. Ocurrieron anécdotas muy bellas, pero tal vez, la más divertida pasó con el actor Ramiro Meneses que publicó un video en donde yo aparecía con mi atuendo de Cosiaca y publicó: “actor colombiano cae en la indigencia”, la publicación se volvió viral y tuve que explicar que todo hacía parte del rodaje”.
John Alex Toro.
Protagonista de la serie de televisión Cosiaca.
Emitida por Teleantioquia
Estas condiciones idílicas han seducido a muchos y han comenzado un lento proceso de gentrificación que en Jericó aún no es alarmante y está en el momento justo para ser controlado. Los extranjeros que han llegado a vivir a Jericó se han integrado con los locales y viven el pueblo con el mismo orgullo de un jericoano. Por ejemplo, Eduardo Quezada, un músico, compositor y gestor cultural chileno, vive hace cinco años con su pareja francesa en Jericó, cuenta que al llegar “Todo nos pareció encantador: los balcones de colores, las casas coloniales, las calles con sus subidas y bajadas llenas de carácter, y los personajes del pueblo con sus atuendos típicos que nos recordaban una especie de "western paisa". Pero más allá del encanto estético, lo que realmente nos atrapó fue la naturaleza, Jericó respira verde por todos lados, se huele, se siente, se escucha. Y hay una vida artística activa, espacios para el pensamiento, la música, el cine, y otras expresiones. Proteger eso debe ser una prioridad si queremos que el pueblo siga siendo auténtico y no se convierta en una postal vacía para el turismo”. De manera similar opina Michael Heydari, un iraní que llegó hace cuatro años a Jericó y aquí encontró su lugar sobre la tierra, “nací en Irán, viví 40 años en Estados Unidos, trabajé en 10 países diferentes y visite otros 50, pero al final, mi lugar es Jericó. Espero que Jericó guarde su tranquilidad y su autenticidad. No quiero minería ni un turismo invasivo y descontrolado en "mi pueblo" que amo”.
Y es que la megaminería es la gran amenaza para este pueblo mágico que es Jericó, en el año 2007 apareció la empresa sudafricana AngloGold Ashanti en el territorio con la intención de realizar minería metálica y de inmediato se encendieron las alarmas en el municipio, para la comunicadora social Lina Velásquez, las actividades de la minera serían catastróficos para la región. “Estudios de la Universidad de Antioquia demuestran la existencia de aguas subterráneas en Jericó y el Suroeste antioqueño. La minería metálica pondría en riesgo el agua y la subsistencia del Bosque Seco Tropical. La minería a gran escala arrasaría con la memoria del pueblo, con la vida campesina, su cultura, tradiciones y el paisaje cultural cafetero de Jericó y sus municipios vecinos que deberían conservarse, así como lo exige la declaratoria de la UNESCO para los municipios del Eje Cafetero”.
Este pueblo seductor, se debate entre sus tradiciones y las amenazas que conlleva el crecimiento y el turismo. Su gente, orgullosa y conocedora del pequeño paraíso en el que viven, no se rendirán, han hecho una defensa potente de su tierra y lo seguirán haciendo. Jericó es un pueblo que se niega a dejar de ser pueblo, a perder su esencia y conservar su vocación y costumbres, ese es su orgullo y su legado, ni un paso atrás, pueblo majo.






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