Las cinco preguntas más comunes de los padres sobre videojuegos

Por: / Ilustración: Randy Mora / Junio 2018

Los videojuegos no son malos. Ni buenos. Simplemente, hay buenos y malos usuarios de ellos. La máxima antigua también aplica en este caso: todo con moderación

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o conviene condenar los videojuegos de entrada: son una alternativa de entretenimiento en casa, desarrollan habilidades motoras, enseñan y son un vehículo para compartir en familia. Durante mi práctica con niños y adolescentes —y con sus padres— he identificado las inquietudes más frecuentes alrededor de este tema, que comparto con los lectores.

1. ¿Son buenos o malos los videojuegos?

En los videojuegos, como en la mayor parte de aspectos de la vida, no hay nada completamente bueno ni completamente malo: hay elementos positivos y otros negativos.

Dentro de los aspectos positivos podemos mencionar el hecho de que mejoran la coordinación oculomotora, es decir, entre el ojo y los dedos, la cual será esencial para los chicos en su vida diaria cada vez que estén frente a un ambiente virtual: computador, tabletas, teléfonos y demás pantallas táctiles. Algunos juegos lo capacitan en el uso de simuladores de vuelo en caso de que quiera ser piloto, o corredor de autos como lo fue Juan Pablo Montoya, quien siempre comentó que practicaba con videojuegos. Si su plan es ser cirujano, la coordinación oculomotora debe ser óptima, y la desarrollará con amplitud frente a la consola de videojuegos.

También les permite mejorar su pensamiento estratégico, lo que será muy útil para los jóvenes que estudien administración de empresas, o sigan la carrera de estudios políticos o relaciones internacionales, o si se deciden por la carrera militar. Incluso muchos niños aumentan sus conocimientos, cultura y bases de otros idiomas, en especial cuando interactúan en red con chicos de otros países, lo cual les da una visión más amplia del mundo. Los juegos de video favorecen la imaginación y creatividad, proporcionan temas de conversación y debate no solo con sus amigos sino incluso también con los padres.

Los videojuegos reducen tensiones (el niño se puede desconectar por momentos de sus problemas cotidianos) y, por supuesto, ¡entretienen!

Sobre los aspectos negativos hay varios que afectan la salud física: favorecen la tendencia al sobrepeso por el sedentarismo que generan (algunos viodeojuegos, otros lo contrario y hasta permiten practicar deportes de manera virtual y motivan a hacer ejercicio frente a la pantalla). En cuanto a los aspectos psicosociales negativos, algunos menores pueden desarrollar dificultades para diferenciar la fantasía de la realidad. En consulta los padres se quejan de que sus hijos leen menos libros o sacan malas notas en el colegio por estar “jugando todo el tiempo”. Incluso, se habla y se observa que los niños que juegan repiten conductas violentas, o mantienen arquetipos y prejuicios.

Pero aquí debemos preguntarnos: ¿esto depende de quién? ¿Debe el niño autorregularse o el adulto poner límites?

2. ¿Qué se puede hacer para controlar su uso?

Lo más importante es prestar atención a lo que juegan los niños. Todos los videojuegos tienen una clasificación por edades que sirve de guía a los padres. Es responsabilidad de ellos, y no del niño, escoger juegos que se adecuen a los deseos de los padres y a los gustos del menor. No podemos imponer patrones recreativos o estéticos antiguos a los niños de hoy.

En segundo término, hay que ofrecerles alternativas diferentes de recreación a los niños: salir con ellos a parques, realizar actividades deportivas y culturales en familia, etc.

En cuanto a los límites de tiempo para jugar, es importante que sean apropiados para el nivel de desarrollo del niño. Es decir, se espera que en los menores de 5 años no jueguen más de dos horas al día; a medida que incrementa la edad se les puede permitir más horas de uso siempre y cuando el aparato esté apagado durante las horas de comida y de estudio. Controlar los hábitos de uso permite que el niño se autorregule cuando llegue la preadolescencia.

3. ¿El niño puede volverse adicto a los videojuegos?

Claro que sí. En la actualidad es considerada una adicción más, pues comparte síntomas con el alcoholismo y la drogadicción, como la tolerancia y la dependencia. Son signos de alerta cuando el niño usa el aparato de manera continua por mucho tiempo, cuando evade los espacios de comunicación con la familia por estar jugando, cuando se pone de mal genio o incluso agresivo si se le pide que pare de jugar, o cuando se observe un aumento de peso, problemas en el sueño o en el apetito.

4. ¿Los videojuegos generan violencia?

Solo los de contenido violento. Son muchos los videojuegos que se asocian al uso de armas, incluso que convierten a los niños en perpetradores activos, en gran parte porque matar es un juego en el que no se asocia la violencia con el dolor ni con el sufrimiento, no hay remordimiento ni castigo asociados sino todolo contrario: la lógica del juego es que mientras el jugador más enemigos mate, más puntos y premios obtiene.

Sin embargo, no es posible encasillar las respuestas de los niños que usan juegos violentos. Algunos de ellos se vuelven “inmunes” a la violencia y pueden repetirla con sus hermanos menores o con compañeros del colegio en actitudes de matoneo; en el otro extremo están los niños que quedan con temores de ser víctimas de la violencia, y en los que en general se encuentran síntomas como pesadillas, ansiedad, temor al abandono o a la muerte de un ser querido.

Lo que sí parece estar claro es que niños que viven en familias violentas, que observan actos de violencia intrafamiliar o son victimas de maltratos o abuso, son más agresivos e impulsivos con el uso repetido de videojuegos violentos.

5. ¿Qué hacer cuando se presentan síntomas que muestran adicción, ansiedad o agresividad?

Hablar con el hijo, explicarle las consecuencias en la vida real (familiar, social, académica, etc.) de estar abusando de los videojuegos. También es preciso evitar que los niños jueguen con programas de alto contenido violento.

Es necesario establecer estrategias alternativas para el uso del tiempo libre, y planear actividades para el hijo o los hijos en compañía de los padres. No es solo apagando las consolas que aprenden los niños a hacer buen uso de esta tecnología: también hay que poner a su alcance otras alternativas.

Hay que recordar que los videojuegos no son ni buenos ni malos: es el uso que les damos lo que los puede convertir en una fuente de recreación o una fuente de problemas.

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