Óscar Córdoba: "Como vivo, juego"

Por: / Fotografía : Jorge Andrade Blanco / Noviembre 2019

Es uno de los grandes arqueros de la historia de Colombia y gloria de Boca Juniors de Argentina. Hoy día, como conferencista y comentarista de fútbol, mantiene la sencillez y la disciplina que lo llevaron a la fama.

SEPARADOR

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l tiempo aún no le ha pasado factura a Óscar Córdoba. Hoy, con su metro 84 de estatura, luce como si fuera el 5 de septiembre de 1993, cuando le detuvo dos disparos casi imposibles de atajar a Gabriel Omar Batistuta en el tan recordado 5 a 0. O como lució el 28 de noviembre de 2000, cuando levantó la Copa Intercontinental de Clubes en el Estadio Olímpico Nacional de Tokio luego de que Boca Juniors, su equipo, derrotara 2 a 1 a Real Madrid. Cálido, amable, sencillo, con mucho sentido del humor, no se cree el cuento y, además, es un excelente conversador.

A lo largo de su larga carrera como arquero Óscar Eduardo Córdoba defendió los colores de la selección del Valle y de Colombia en torneos de categorías menores. Debutó como profesional en el Deportivo Cali en 1988, equipo en el que tapó en cuatro partidos oficiales. Se fue a préstamo al Atlético Nacional en 1989, y un año después al Deportes Quindío, donde tuvo una actuación muy destacada. Entre 1991 y 1993 defendió la portería de Millonarios, en 1993 tuvo un paso fugaz por el Once Caldas y ese año se enroló en el América de Cali, equipo que compró sus derechos deportivos. Fue el arquero de la Selección Colombia que en 1993 jugó la eliminatoria al Mundial de 1994, torneo en el que también fue el portero titular.

Años después regresó a la línea titular de la selección Colombia y ganó la Copa América de 2001. Con América jugó la final de la Copa Libertadores de 1996, y el 30 de agosto de 1997 debutó como arquero titular del Club Atlético Boca Juniors, de Buenos Aires, donde se consagró campeón de tres torneos locales, dos Copas Libertadores de América y la Copa Intercontinental. Es considerado como uno de los grandes arqueros de la rica historia del equipo, al lado de Claudio Vacca, Antonio Roma, Hugo Gatti y Carlos Fernando Navarro Montoya. A partir de 2002 jugó en clubes del viejo continente (Perugia, de Italia; Besiktas y Ankaraspior, ambos de Turquía), y terminó su carrera en Colombia defendiendo los colores del Deportivo Cali y luego Millonarios, equipo en el que le dio fin a su carrera como futbolista profesional en noviembre de 2009.

Tocado por el deporte

De niño, Óscar Eduardo Córdoba vivía en el barrio Los Cámbulos, en Cali. “Mi vida transcurrió por el sector de las Piscinas Panamericanas, entre la cancha de béisbol, la cancha de fútbol, la cancha de básquetbol y la de voleibol. Entonces yo me mantenía practicando todos los deportes”. Señala que tuvo mucha suerte para llegar al fútbol profesional. Cuando tenía 13 años, un día un amigo le propuso asistir a unas pruebas que estaban haciendo para convocar una selección de fútbol que participaría en una Copa McDonald’s que se iba a realizar en Tampa, Estados Unidos. La convocatoria era a las tres de la tarde. Como llegaron media hora antes de lo previsto, se fueron al centro comercial Cosmocentro a jugar maquinitas. Cuando regresaron ya todo estaba copado, menos los puestos de los dos arqueros. Entonces Pedro Nel Ospina, un conocido ex jugador que era el encargado de armar el equipo, le preguntó:

—¿Pelado, usted de qué juega?

—¿Qué hace falta?, preguntó a suvez Córdoba.

—Un arquero.

—Bueno, yo soy arquero —respondió para no perder el viaje. Córdoba había ido para probarse de delantero, pero ese día, sin saberlo, decidió el rumbo del resto de su vida.

"Éramos 11 entes en la cancha que no sabíamos qué hacer. Lo que no se alcanza a imaginar la gente es el daño que hicieron las amenazas que recibimos antes del partido ante Estados Unidos".

De niño fue hincha del Deportivo Cali. “Hincha, pero no fanático”, advierte. “Daba la casualidad de que en el barrio vivía un muchacho que era el arquero de las divisiones inferiores del Deportivo Cali. Entonces, cuando jugábamos los hinchas del Cali contra hinchas del América, el pelado tapaba para el Cali y a mí me tocaba tapar para los hinchas de América”.

Por lo general los deportistas enumeranlos grandes sacrificios que hicieron en sus años de juventud. No fue el caso de Córdoba. “Para mí no fue una tragedia. Todo lo contrario, ser futbolista fue una vía de escape. Yo era muy tímido, yo no era de salir a rumbear, entonces me resguardaba practicando deportes. Mi disculpa para no irme de fiesta era: ‘mañana tengo entrenamiento’. Si salía, si acaso me tomaba una cerveza y chao. Acompañaba a mis amigos y listo. Pero en la etapa de la formación nunca fui bebedor, para nada. Yo vine a aprender a bailar después, porque socialmente lo necesitaba y siendo valluno, con mayor razón. Con mi esposa me solté mucho para bailar”.

Su consagración al deporte fue total. “Hoy día no sé cómo me alcanzaba el tiempo”. Entraba al colegio (el San Juan Berchmans) a las siete y cuarto de la mañana, terminaba clases a las a las tres de la tarde y se iba a entrenar con el Deportivo Cali. “Los días que no tenía entrenamiento con el Cali entrenaba básquetbol y voleibol con el equipo del colegio”. A Córdoba le sirvió mucho haberlos jugado. “Más el voleibol que el básquet. No tanto por lo que hay que saltar sino lo que hay que esperar. La posición expectante y la actitud de salvar del voleibol son comunes al oficio de arquero”.

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Ídolos de ayer y de hoy

A lo largo de su carrera Córdoba tuvo varios ejemplos de arqueros que quiso imitar. De los “años de upa”, como él dice, menciona a Efraín “el Caimán” Sánchez. “Mi papá me hablaba mucho de don Amadeo Carrizo”. De los que pudo ver, señala a varios, aunque con una advertencia: cuando él era niño no se transmitían casi partidos de fútbol en televisión. “Para poder ver un partido de fútbol por televisión tenían que estar tomándose el Palacio de Justicia. Salvo el Mundial de Fútbol, no pasaban casi nada”. El único programa que se emitía de manera regular era Fútbol, el mejor espectáculo del mundo, que transmitía partidos de la liga alemana. “Así que para mí el mejor arquero del mundo era Sepp Maier. Siempre lo quise imitar, por su pinta”.

Córdoba recuerda que otro modelo que siguió fue Pedro Zape, el arquero del Deportivo Cali. De hecho, uno de sus primeros recuerdos de niño fue el penal que le detuvo a Fernando Morena en Montevideo, en la semifinal de la Copa América de 1975. Pero su lista continúa: “Julio César Falcioni marcó un estilo de taparacá en Colombia”. Ya después menciona a varios de sus contemporáneos. “Peter Schmeichel que es un arquerazo, Michel Preud’homme, de Bélgica, un arquero de mucha potencia. Me gustaba como sacaba Joel Batts, que le pegaba de sobrepique.

Una lección a la que le sacó provecho

Córdoba, además de ser un muy buen comentarista y analista del fútbol (forma parte del equipo de trabajo del programa Fútbol más, del canal Versus) ahora dicta conferencias para empresas acerca de su experiencia como futbolista. “Son charlas de motivación, pero también para impulsar el trabajo en equipo. Si nos caemos cómo nos levantamos. Donde hay tropiezos también hay oportunidades”. En esas conferencias le ha sacado mucho provecho a las amargas lecciones que le dejó el Mundial de Estados Unidos de 1994. “Nos equivocamos en muchas cosas. No sólo los jugadores sino el país en general”.

Rememora el partido ante Rumania, que perdió Colombia 3 a 1. “A Rumania lo atacamos 15 veces y le hicimos ungol. Rumania nos atacó cuatro veces y nos hizo tres goles”. Para Córdoba, ese partido es el negativo del 5 a 0 entre Colombia y Argentina. “Argentina nos atacó una gran cantidad de veces, nosotros los atacamos seis veces y les hicimos cinco goles. Con Rumania nos pasó lo contrario. Es un nivel de efectividad atípico, que muy rara vez se ve”. Córdoba señala que al terminar aquel partido los jugadores estaban golpeados pero tenían la fe intacta. “Teníamos por delante seis puntos. La nuestra era una selección que había jugado 23 partidos y sólo había perdido un partido, ante Bolivia”.

Córdoba señala que el siguiente rival era Estados Unidos, con quien habían jugado muchas veces. “Les habíamos ganado y empatado, pero nunca habíamos perdido con ellos. La confianza estaba intacta. Pero a nosotros nos mataron las amenazas. Ese fue el punto de inflexión. A partir de allí Colombia no volvió a ser Colombia. Nosotros bajamos a la charla técnica y nos encontramos a Pacho, Bolillo, Barrabás y Barragán llorando. Ahí Colombia se rompió anímicamente. A nosotros nos mató la amenaza de que si juega este lo matamos o le pasa algo a su familia. Cuando vi una repetición del partido contra Estados Unidos se veía que no éramos Colombia. Éramos 11 entes en la cancha que no sabíamos qué hacer. Lo que no se alcanza a imaginar la gente es el daño que hicieron las amenazas que recibimos antes del partido ante Estados Unidos”.

Sin perder el ritmo

Ahora cuenta con más tiempo para disfrutar su vida en familia. Está casado con Mónica Arteaga, y es el padre de Tatiana, economista, quien ha trabajado en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID); de Vanesa, que ha seguido sus pasos: es arquera, y ganó una beca en la Universidad de Tampa, y de Adrián, de nueve años.

Óscar Córdoba ha mantenido su disciplina para entrenar y mantenerse en forma. Cuando sus compromisos se lo permiten, va con su esposa al gimnasio a las ocho y media de la mañana, después de llevar al niño al colegio. Ha seguido muy metido en el fútbol. Todos los domingos juega en el torneo de la Unión de Colegios Internacionales (Uncoli), en el equipo de padres de familia del Colegio Nueva Granada. “Ahí estamos con Lucas Jaramillo, Sergio Galván, y la nueva contrataciónes Fabián Vargas. A veces nos reunimos para jugar con el Pibe, Faustino, el Tren, con todos los viejitos de la selección”.

" La manera como juego es un reflejo de mi vida. De cómo me alimento; como yo juego delata si mi actitud ante la vida es de pereza o si estoy alerta".

Además de no haber abandonado el ejercicio, Córdoba cuida su alimentación. “Tengo mucho cuidado con la sal y con el azúcar. Yo soy muy salado, y mi esposa es quien ha estado controlando mi consumo de sal. Mi dieta de deportista eran las tres comidas, pero cambié a las seis comidas diarias pero pequeñas, muy balanceadas. Mi esposa es la que más hace énfasis en el tema de la alimentación”. Además ahora consume muy pocas grasas, y eso que era fanático del chicharrón. “Si hay un asado, ese día me pego la pela. Pero que todos los días yo coma grasa, no”. Confiesa que su único pecado recurrente es la Coca Cola, y también se declara muy amigo de “las pepas”: fríjoles, garbanzos y lentejas.

A los jóvenes que quieran ser deportistas los remite a Francisco Maturana. “Yo a Pacho le aprendí dos frases: ‘Como vivo juego’ y ‘Dignificar mi profesión’. Son mis dos caballitos de batalla y siempre he tratado de aplicarlos. La manera como juego es un reflejo de mi vida. De cómo me alimento; como yo juego delata si mi actitud ante la vida es de pereza o si estoy alerta. En una época ser futbolista no era bien visto. Dignificar mi profesión significa que desde los 13 años he vivido para tratar de ser uno de los mejores futbolistas; que dormía soñando en ser uno de los mejores futbolistas; que todos los días me preparaba para ser uno de los mejores futbolistas; que leía para ser uno de los mejores futbolistas. Fue una elección de vida de la que me siento orgulloso y no un oficio que hice porque me tocó, porque no servía para nada más”.

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