Las nuevas estrellas del teatro colombiano

Por: / Fotografía : Pablo Salgado / Diciembre 2018

Nacieron en la década del ochenta y desde niños supieron que en el escenario encontrarían su realización personal. Jorge Hugo Marín, Carolina Mejía, Víctor Quesada, Jimmy Rangel y Johan Velandia son los directores que están liderando la escena teatral en la capital del país

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os cinco nacieron durante la década del ochenta del siglo pasado. Cada uno tomó un camino distinto para llegar al teatro. Si existe un común denominador entre ellos es la diversidad, asegura Sandro Romero Rey, profesor de la Academia Superior de Artes de Bogotá, ASAB, de la Universidad Distrital.

Estos cinco directores se mueven dentro de distintos frentes, lenguajes y formatos, y de esa manera han marcado una diferencia dentro de los grupos que semestralmente emergen de las facultades de artes escénicas de la capital y el país. Sus montajes reviven cada noche el singular poder de asombro que genera el teatro. No paran de buscar nuevos horizontes, en los que van encontrando una voz personal, un estilo de dirección teatral.

Para retratarlos, los reunimos en un escenario privilegiado: el Teatro Colón de Bogotá. Sobre las tablas de este escenario, inaugurado en 1895 y recientemente restaurado, hablaron sobre sus caminos, sus búsquedas, sus encuentros en la dramaturgia y el montaje teatral.

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Carolina Mejía, exploración a toda costa

Nació el 19 de abril de 1985 en Bogotá. A los cuatro años de edad bajaba las escaleras de su casa con los tacones, las joyas y el maquillaje de su abuela, saludando como si fuera una diva. A los ocho, leyó a escondidas las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe y quedó encantada con “El escarabajo de oro” y “La máscara de la muerte roja”. Tomaba prestada la máquina de escribir de su abuelo y en ella inventaba historias para sí misma que se inspiraban en las de Poe. En el colegio ideaba y montaba presentaciones. En el 96 la película Romeo + Juliet, de Baz Luhman, la llevó a obsesionarse: se aprendió los diálogos en inglés y español y leyó todas la obras y los poemas de Shakespeare. En la adolescencia se detuvo en Andrés Caicedo y en El manifiesto comunista. Se encarretó con Marx y se enamoró de los movimientos pacifistas de los setenta.

Antes de graduarse del bachillerato estuvo en la escuela de La Casa del Teatro Nacional, hizo un taller de danza y expresión corporal en la Universidad Nacional, cursó el preparatorio en Artes Escénicas de la Academia Superior de Artes de Bogotá, ASAB, y se profesionalizó en el programa con énfasis en dirección. Trabajó con Sandro Romero desde el segundo año de la carrera. Cuando estaba escribiendo su proyecto de grado, que tituló Un café, asistió a una función de Krímenes doméstikos, montada por una tropa de payasos llamados Ku Klux Klown, y en ese momento la sedujo la honestidad y la relación con el espectador que logra la técnica del clown.

Carolina explora la comedia, y en todas sus obras rompe la llamada la cuarta pared: en ellas los actores le hablan al público con el lenguaje del humor y del sarcasmo, y en su universo abarca temáticas del desencuentro y la pérdida. Su última obra, Fallaste corazón, la dirige junto a Alejandra Borrero, y en ella se burla de lo dramáticos que somos al afrontar el despecho.

En sus propias palabras:

• “En mi adolescencia, El lobo estepario, de Hermann Hesse, fue mi libro de cabecera”.

• “Mi trabajo consiste en crear un espacio de encuentro en el que los espectadores pueden abrir la puerta a una perspectiva particular de la realidad y en la que pueden abrazar su humanidad con sus defectos y sus virtudes”.

• “Tuve que dejar de hacer teatro durante seis meses en el último año de colegio para poder graduarme. Para mí fue muy difícil salir de La Casa del Teatro Nacional. ¡Y me fue muy bien en el Icfes!, podía pasar a cualquier universidad”.

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Jimmy Rangel, el arte del riesgo

En una noche bogotana de 1996, después de ver el noticiero en televisión, el pequeño Jimmy, que acababa de cumplir nueve años, les dijo a sus padres que quería ser actor. Lo llevaron a una audición para un programa televisivo y su histrionismo convenció al jefe del proyecto. Grabó capítulos unitarios durante algún tiempo, pero se despidió de la pantalla chica cuando se enamoró del teatro. 

Tomó cursos de formación en Fe y Alegría. A los 14 años entró al taller profesional del Teatro Tecal, y de lunes a viernes salía corriendo del colegio a mediodía para pasar la tarde en La Candelaria. Se rodeaba de mimos, zancos y actores de teatro purista, hizo parte del grupo de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño cargando cables y ayudando en la producción, hasta que un profesor lo invitó a integrarse al grupo de egresados dela Escuela Nacional de Arte Dramático. Aun sin terminar el colegio hizo el preparatorio de la ASAB, y cuando obtuvo el diploma de bachiller se matriculó en el programa de Artes Escénicas de la misma institución.

Hizo teatro experimental con sus compañeros, pero en tercer año de universidad se retiró para radicarse en Ecuador, donde trabajó en el grupo Contra el viento. Terminó la carrera en Buenos Aires, Argentina, en el Instituto Universitario Nacional de las Artes, donde también hizo un posgrado en Historia del Arte con énfasis en Performance.

Entonces se fue a vivir a Londres. Estudió en el International School of Corporeal Mime, donde conoció a Guy Laliberté, director ejecutivo del Circo del Sol. Después de lavar baños y limpiar ascensores en Inglaterra, llegó a Vancouver a trabajar en el mítico circo, con el que recorrió el mundo buscando talentos como parte del equipo de casting.

“En este momento lo que me interesa es ponerme en riesgo, en desequilibrio constante”, explica refiriéndose a su tarea de dirigir puestas en escena en las que el espacio entre el público y los personajes desaparece. Lejos de una línea en la que el espectador se sienta a recibir algo de una caja negra, el sello de Jimmy trae del circo el contacto con el público y el riesgo entre la vida y la muerte. Su obra Canción para dueto se presentó en el Teatro Colón el 11, 12 y 13 de diciembre de 2018.

En sus propias palabras:

• “De niño nunca fui tan social, entonces no tuve muchos amigos. El colegio en realidad no me gustó mucho y era bastante introvertido. Pero el juego me hacía estallar cosas creativas en otros espacios”.

• “En mi casa no se veía televisión. Cuando yo era niño, solo nos reuníamos a ver las noticias juntos y al final mi papá nos ponía a debatir con mis hermanos sobre esas temáticas del día”.

• “En Canción para dueto, que es mi obra más reciente, hablo de un país en posconflicto que se está recuperando de la guerra y de todo lo que puede pasar más adelante. Toco esos puntos suspensivos que van después de que termina la guerra”.

• “Nunca trabajo solo. Invito a músicos, bailarines y artistas plásticos que tienen investigaciones desde sus laboratorios internos. Es ahí donde se empiezan a desarrollar las obras”.

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Johan Velandia, por un mejor mundo real

Su primer recuerdo teatral data de 1986. Tenía cinco años y estaba cosiéndole a un vestuario verde unas ramas de manera muy artesanal. Iba a interpretar al famoso renacuajo de Rafael Pombo. Dos años después, cuando leyó Zoro, de Jairo Aníbal Niño, se interesó en la literatura. Se maravillaba viendo las pinturas del Renacimiento en una Biblia ilustrada que tenía su mamá. Dibujaba los mejores mapas de la clase. Y a los 12 años entró al grupo de teatro del colegio.

Los sábados tomaba clases en la Academia Charlot. Cuando terminó el colegio cursó cuatro semestres de Licenciatura en Lingüística y Literatura en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Y otra vez se encontró con el teatro, y volvió a entusiasmarse. Entró a la ASAB, de la Universidad Distrital, y en segundo año ya ejercía su liderazgo convocando músicos, bailarines y actores para dirigir obras. Hizo el énfasis de Artes Escénicas en actuación, se graduó en 2004 y se fue a conocer Europa. Con una beca del Icetex estudió en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Se volvió fanático del Museo del Prado: pasaba horas detallando los cuadros de Velázquez y Miró, y cuando no estaba cursando su maestría en Artes Escénicas e Interdisciplinarias se iba a conocer otras culturas alrededor del Viejo Continente.

Sus obras atraviesan el humor y la tragedia. Hacen que el espectador pase de la risa al llanto en cuestión de segundos. Asegura que su misión como artista del teatro consiste en crear mundos posibles para que el público diseñe un mundo real mejor que el que vivimos. Su trabajo se cimenta en temáticas que parten del libre albedrío y del contexto nacional, y en todas sus piezas suena algún tema de Vivaldi: es una especie de guiño personal.

En sus propias palabras:

• “Para mí, el héroe del teatro colombiano es Santiago García. Genio, avanzado, inteligente, profundo, consecuente… El trabajo de él nos cambió la mirada del teatro en el país y en Latinoamérica. Y Octavio Arbeláez, el fundador del Festival de Teatro de Manizales. Ellos dos son hombres que hacen que Colombia tenga cara teatral”.

• “Creo que la realidad es muy teatral, solo que la hemos vuelto cotidiana. Veo un detalle y lo llevo al escenario configurando convenciones para que el público entre a jugar. En el momento de crear pienso en una relación entre el espectador y el actor”.

• “Mi interés se fundamenta en la investigación escénica alrededor de temas inherentes al alma humana y a nuestra realidad nacional. Desde el diálogo cómplice entre artistas y espectadores para que juntos construyamos mundos posibles en los escenarios de todas las latitudes”.

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Víctor Quesada, un actor político

Corría 1996 en su natal Ibagué cuando Víctor, de 11 años, visitó con su papá una caseta donde vendían libros usados. “Vi un librito rojo, feíto, vuelto nada y me pareció encantador. Lo agarré y decía Yerma. La zapatera prodigiosa. Lo dejé ahí. Después mi papá me lo regaló”, recuerda. Sin saber quién era Federico García Lorca, quedó impactado con la historia, “y ahí empecé a entender un poco el mundo lorquiano”.

Quiso ser cantante, cursó un semestre en el Conservatorio del Tolima, pero su vocación política, que ya venía manifestando desde el colegio, lo impulsó a matricularse en la Facultad de Ciencia Política de la Universidad Javeriana. A los siete meses empezó a hacer teatro en el grupo de la universidad, entró a la escuela de La Casa del Teatro Nacional y en la ASAB hizo el preparatorio paralelo a su carrera.

Su tesis de grado fue laureada, y apenas obtuvo su diploma viajó a Inglaterra a cursar el programa de Artes Escénicas en la Universidad Essex. Durante los tres años y medio que pasó haciendo su maestría en dirección teatral fue mesero y barista, y tuvo que vivir en un condado antisemita y xenófobo.

En 2010 fundó Exiliados, “una compañía sin patria teatral”,en la que concibe el teatro como un acto político. Su repertorio de obras trata sobre la inmigración, el poder, la memoria y la identidad. Lorca ha sido transversal en su carrera. Es un autor recurrente que lo motiva, al igual que el arte de Dalí y Picasso, y el cine de Buñuel. Admira el poder de creación de la Generación del 27 y sueña con montar Yerma con la actriz Paula Castaño. Leer es lo que más le gusta hacer en la vida. Pasa de los cuentos de Roald Dahl a Yuval Noah Harari o a Agatha Christie.

Víctor coordina el área de Puesta en Escena en la carrera de Artes Escénicas de la Universidad Javeriana. “Es bellísimo. Se trata de compartir y concebir la creación conjuntamente desde un lugar horizontal. Ese es un grandísimo proyecto político. Para mí es un pulmón”, concluye.

En sus propias palabras:

• “Fui el líder del colegio de alguna manera. Todos los compañeros de mi curso me escogieron para ser el personero estudiantil y yo les dije que no creía en eso. Entonces creamos el personaje ‘Capitán voto en blanco’, y lo hice yo con un vestuario muy teatral. Tenía una capa y un logo. En ese momento era fascinante”.

• “En algunas ocasiones pensé en retirarme de la facultad de Ciencia Política porque tenía claro que quería ser artista escénico. Pero cuando llegaba el momento de decidirlo no lo hacía. El punto de inflexión fue cuando me gradué. No dejé que fuera una opción tibia y la hice real”.

• “Siento que sigo siendo politólogo, pero a través del arte”.

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Jorge Hugo Marín, retratista del contexto

Nació en Medellín y se crió en Sabaneta, rodeado de naturaleza. Cerca de su barrio visitaba la casa de la cultura La Barquereña cuando salía del colegio. En 1992, a los 11 años de edad, fue monaguillo, y en las procesiones siempre iba adelante. Hizo su primer acercamiento a la composición escénica con pesebres inanimados junto al altar. Sus mapas y maquetas se destacaban en los salones de clase del INEM José Félix Restrepo, en Medellín, y desde ese entonces data su manera de concebir el teatro desde un punto de vista artesanal, en el que busca el detalle en el manejo de los actores y del espacio.

Durante el bachillerato asistió a funciones de teatro en festivales de la capital antioqueña y en auditorios de Envigado, y cuando obtuvo su diploma tomó un taller con el actor Ronald Ayazo. Su interés profesional tomó el siguiente paso en el programa de Artes Escénicas de la Universidad de Antioquia. Durante la carrera, sus influencias fueron el Teatro Matacandelas y la compañía Hora 25. Viajaba con sus compañeros a los festivales de Manizales y Bogotá, y al volver a la facultad experimentaban nuevos lenguajes. Recién egresado fue asistente de Jorge Alí Triana y de otros directores que trabajaron con el Teatro Nacional. Estuvo a cargo de la curaduría de la programación infantil del Festival Iberoamericano de Teatro, una experiencia que lo llenó de conocimiento y sensibilidad.

En 2007 viajó a Buenos Aires y allí vivió la efervescente riqueza de la escena porteña, donde los grupos ensayaban en cualquier esquina y en los teatros siempre había carteles de lujo. A su regreso al país montó junto a unos socios el grupo La Maldita Vanidad. Al principio, dirigía los ensayos de El autor intelectual en su propio apartamento. En 2019 la compañía celebrará sus diez años de funcionamiento con una coproducción con el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Jorge Hugo se inspira en la calle, su familia, sus amigos y desconocidos. Se devora todos los periódicos que puede, su gran referente es la sociedad y admira a los artistas que a través de su obra dejan un retrato del momento histórico que les tocó vivir.

En sus propias palabras:

• “Creo que el primer acercamiento directo que tuve con el escenario, a los 11 años de edad, fue cuando fui monaguillo en la iglesia de Sabaneta”.

• “Mis primeras influencias fueron del teatro que se hacía en ese momento en Medellín. Como el Teatro Matacandelas, que creaba autonomía en el lenguaje con códigos claros. Cuando empecé la universidad veníamos a los Festivales Iberoamericanos en Bogotá y es innegable que para cualquiera de mi generación es lo que nos ha formado el ojo, junto al de Manizales”.

• “Dedico mi trabajo escénico con La Maldita Vanidad a la búsqueda de experiencias teatrales íntimas en lugares reales, y es allí donde hemos desarrollado nuestro trabajo a través de los últimos nueve años”.

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