Leo con mis hijos

Por: / Enero 2019

Todos los días, en una cuenta de Instagram, la autora de este artículo comparte fotos y un comentario sobre el libro que leyó con sus hijos la noche anterior. Una invitación a explorar nuevos mundos en familia a través de la lectura.

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 comienzos de 2013 entré a una librería en busca de algo para mí y automáticamente me fui a la sección infantil. Tomé Mi primer viaje, de Paloma Sánchez, y pensé: “¡Le tengo que leer este libro a Lorenzo, le van a encantar estas imágenes!”. Teníamos cuatro meses de embarazo de nuestro primer hijo, y yo solo pensaba en los cuentos que le iba a leer y en los dibujos que íbamos a hacer. Ese fue el primer libro que le regalé.

Mientras Lorenzo crecía dentro de mí le leíamos poemas y cuentos. Yo leía todo el tiempo, leía mucho porque alguien me había dicho: “Duerma, porque después no va a poder dormir en años”. Pero yo pensé: “¿Cómo voy a dormir? Mejor leo, porque quién sabe cuándo voy a poder volver a leer”. De todos los libros que leí durante el embarazo nunca me voy a olvidar de Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett, y La luz difícil, de Tomás González. Todavía no sé por qué los elegí: los dos son libros trágicos que relatan la muerte de un hijo.

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Cuando faltaban pocos días para el nacimiento visité a Pilar Gutiérrez, la directora de Tragaluz Editores. Ella me mostró un libro y me dijo: “Este libro es para Lorenzo, es el favorito de mi hija”. Era El país de las personas patas arriba, y por mucho tiempo fue el preferido de Lorenzo. En esos meses empecé una pequeña colección para ese bebé que llegaba a nuestra vida; recuperé los libros de mi infancia y fui sumando maravillosos encuentros cada vez que visitaba una librería.

Nació Lorenzo y esa noche en la clínica le leímos El país más hermoso del mundo, de David Sánchez Juliao. Y le seguimos leyendo cada noche.

Yo estaba convencida (lo sigo estando) de que Lorenzo necesitaba que le leyera para crecer. Así que le conseguimos libros para meter a la bañera y para morder; libros de tela y libros de cartón. Cuando Lorenzo tenía un año y medio quedamos en embarazo de Vicente, con quien, por supuesto, llegaron nuevos libros.

Cuando tenía poco más de un año llevé a Lorenzo por primera vez a la Fiesta del Libro de Medellín, y de todos los libros escogió el que me pareció más feo: un libro con fotos de carros, camiones, aviones y barcos. Escogí un par más que me parecieron maravillosos y compré el de los carros; todavía lo tenemos, pegado con cinta por todas partes. Con ese libro que me pareció tan horrible comprendí que elegir lo que leemos con ellos es un ejercicio compartido. Hay que abrir la mente, ceder un poco y acompañar mucho. Si uno deja que los niños coman lo que quieran seguro terminarán comiendo millones de gomitas, entonces los papás mediamos un poco entre frutas, sopas y gomitas, para que no odien comer y coman sano. Con los libros puede pasar lo mismo: solos quizás escojan libros de Peppa Pig, Paw Patrol y pegatinas para tapizar la casa. Por eso los involucramos en la elección de los libros, les mostramos posibilidades y nos permitimos enamorarnos con ellos de los libros. Los niños no tienen cómo saber que existe Donde viven los monstruos si alguien no se los presenta.

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Hace unos meses me di cuenta de que llevo seis años sumergida en el infinito mundo de la literatura infantil junto a mis hijos; que me he dedicado a estudiar autores, ilustradores, personajes, editoriales; a leer para leerles, pero, sobre todo, a conocer a mis hijos y a viajar a sus mundos fantásticos a través de los libros. Con ellos he aprendido un montón sobre animales prehistóricos, insectos, el mar y la selva; con nosotros, ellos se han acercado al mundo de las imágenes, a nuestros amores de infancia como Gianni Rodari y Roald Dahl.

La pequeña biblioteca que comenzó hace unos años con una caja de madera reciclada, hoy es una gran colección que hemos construido en familia; los muebles que guardan sus libros también los fabricamos juntos. Estanterías de madera con llantas, a su altura, donde los libros obedecen a un orden muy especial: el que a ellos se les ocurrió y tienen memorizado de principio a fin.

Cuando Lorenzo me dijo, antes de un viaje, “Mamá déjame unos libros sin letras para yo leerle a Vi cuando tú no estés”, supe que tenía que compartir toda esta experiencia. Los libros y las historias que hay detrás, los amores literarios de cada quién, sus lecturas imaginadas. Por eso me propuse compartir cada día un libro a través de una cuenta de Instagram que llamé igual al título de este artículo: Leo con mis hijos. ¿Cómo lo escojo? Puede ser el que leímos la noche anterior o en la mañana antes de ir al colegio mientras esperamos el bus; puede ser el favorito de turno, o el que responde a una pregunta del momento.

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Los niños aman la libertad, son investigadores innatos y prefieren ser tratados como seres racionales. Por eso, los libros que leemos proponen, cuestionan, retan. Cada libro es un gran viaje sensorial, en el que la historia es tan importante como las imágenes”.

 

Cada reseña que escribo está inspirada en la relación que tienen mis hijos con el libro. Ellos aún no comprenden muy bien adónde van las fotos que les tomamos a los libros que leemos cada noche, porque no son usuarios del celular (y en general de las pantallas), pero saben que a través de esa cosa extraña llamada internet le mostramos nuestros libros a otras personas, saben que hay papás que los esperan para leer en la noche con sus hijos.

Además de acercarme a mis hijos a través de la lectura y de generar ese espacio cotidiano en casa, una de las cosas más bonitas que me ha pasado es el encuentro con mamás que me escriben cosas como “Gracias por dedicarle tiempo a esta página, llenas de alegría a mis hijos todas las noches… te escribo desde Cumaná, Venezuela, acá es difícil tener acceso a este tipo de lectura, no se consiguen libros o son muy costosos y ya las bibliotecas no existen y las que quedan están desactualizadas…”. O la historia de los niños del Pacífico colombiano que han sido adoptados por familias suecas, y a través de los sobrinos de una amiga que viven en Suecia leyeron Letras al carbón, de Irene Vasco y Juan Palomino, una historia en un palenque que les permitió acercarse un poco más a sus raíces.

Vicente se la pasa leyendo, Lorenzo dibujando sus propios cuentos. Los niños aman la libertad, son investigadores innatos y prefieren ser tratados como seres racionales. Por eso, los libros que leemos proponen, cuestionan, retan. Cada libro es un gran viaje sensorial, en el que la historia es tan importante como las imágenes. Leemos por placer. Leemos para alimentar el espíritu. Leemos para viajar a otros mundos. Leemos porque nos gusta leer.

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10 LIBROS RECOMENDADOS

1. Un clásico: Donde viven los monstruos.

2. Poesía en imágenes: Los pájaros.

3. Para enamorar a los niños de la lectura: El increíble niño come libros. 

4. Necesario en este país: Tengo miedo.

5. Uno arriesgado, que invita a crear: Un mundo propio.

6. Amado por Vicente: Bogo Quierelotodo.

7. Amado por Lorenzo, con un montón de historias: Cuentos populares mexicanos.

8. Un libro infinito que da para inventar cuantas historias queremos: El arenque rojo.

9. Para amar la poesía: Un poema para curar a los peces.

10. Una historia colombiana bellísima: Letras al carbón.

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