La bailarina y formadora de reinas Martha Maturana Rangel es también la creadora de Matumbé, un estudio de baile fitness donde el cuerpo arde y se libera al ritmo de las músicas caribeñas.
Martica Maturana camina como si bailara. Mueve las caderas, tuerce las manos y tira un poco su pelo en cada pisada. Uno, dos, uno, dos. Lleva tenis y ropa deportiva, pero como camina bailando, entonces parece que estuviera entaconada sobre el cumbiódromo de la Vía 40 en una tarde de Carnaval. Pero no. Son las diez de la mañana y está en Matumbé, su estudio fitness de baile, al que cualquier mujer barranquillera que disfruta de la danza habrá ido alguna vez.
Matumbé es conocido en la ciudad por ser un espacio de desfogue, de baile intenso y catártico. Desde que lo imaginó por primera vez, Martica sabía que tendría que ser así. Tenía que darle un pedazo de ella y de su barrio. Por eso en el estudio se baila la música que sonaba en los picó y en las calles de Las Moras, en Soledad: mucha champeta, cumbia, salsa, mapalé. Por eso las paredes son coloridas, llenas de grafitis fluorescentes y luces neón, como las verbenas que aún encienden las noches de fiesta. Por eso el logo es una mujer afro, en honor a su hermana Esther, con quien Martica compartió su sueño de crear Matumbé. Matumbé, que mezcla su apellido Maturana con la palabra bembé.
“Yo me crié en un barrio muy popular donde todo el tiempo había un picó en la esquina y esa fue mi primera escuela de baile. Me decía: necesito que eso mismo se sienta en Matumbé, un salón lleno de mucho color, lleno de sabor, lleno de flow. Quienes me conocen saben que soy muy alegre, muy espontánea, y creo que eso se refleja en nuestros salones de baile”, dice. Hoy son tres las sedes de su estudio. Dos en Barranquilla, en el barrio Recreo y en Granadillo, y una en el norte de Bogotá.

Dicen que apenas acaba una clase, las mujeres se sienten otras. Poseídas por la euforia, por los demonios que entran y salen cuando el cuerpo se mueve al ritmo de los tambores.
Pero antes de que existiera Matumbé, como palabra y como lugar, Martica estaba lejos de su tierra y de su sueño. Era 2017. Se había enamorado y casado en Alabama, Estados Unidos, pero la relación era cada vez más violenta. Los amigos que había hecho en el extranjero, también bailarines, la ayudaron a salir de ese ciclo de dolor. Se separó de aquel hombre, se fue a Los Ángeles y empezó a trabajar con ellos en una academia de baile como instructora de ritmos latinos, en especial de salsa y cumbia mexicana. También probó el oficio de limpiar baños y mantener un spa aseado. Todo para ahorrar dinero, regresar a Colombia y empezar de cero.
“Duré como un año en duelo porque fue bastante fuerte lo que me pasó. Yo pensaba que mi vida estaba en Estados Unidos, pero después de todo, lo único que me ilusionaba era regresar. Me decía a mí misma: tienes que renacer, tienes que volver a creer en ti. Y recordé que tenía ese sueño de abrir mi propia academia en Colombia”, cuenta Martica, de 41 años.
Uno de sus hermanos, Luis Roberto, le brindó apoyo económico y se convirtió en su socio. El 15 de enero de 2020 inauguraron Matumbé. Llegaron cientos de personas, recuerda Martica. Mujeres jóvenes y adultas a una clase gratis. Tremendo éxito, pensó. Pero al día siguiente nadie llegó. Ni al siguiente ni al siguiente. Pasó una semana en la que ningún cliente llegaba y Martica y su hermana se quedaban horas a solas en la recepción. Hasta que Shakira, la barranquillera más famosa, puso de moda una coreografía de soukous (rumba africana) que bailó en el escenario del Super Bowl. Martica publicó en sus redes sociales que enseñaría paso a paso ese baile, y su estudio se llenó nuevamente.

Una vida dedicada al baile y al bembé
Cuando Matumbé abrió sus puertas, Martica ya era una bailarina reconocida en Barranquilla. Había participado en el Reinado Popular del Carnaval y el Reinado del Merecumbé en 2003, el Sirenato de la Cumbia en 2005 y el Reinado Nacional del Folklore en 2006. Luego, durante cinco años, mostró su fuego y fuerza como parte de las bailarinas del Checo Acosta, conocidas como Las Dinamitas, y como bailarina del Grupo Bananas.
Ese recorrido por reinados y escenarios la llevó a aparecer cada noche en televisión nacional, en el reality El Desafío en 2010. Su sonrisa y desparpajo conquistaron a los televidentes y Martica se hizo cada vez más conocida. Por su entusiasmo, por su talento, por su determinación al bailar.
Gracias a eso, varias de las jóvenes que buscaban ser reinas del Carnaval de Barranquilla la empezaron a contactar para que fuera su entrenadora personal. Era la indicada: se había formado como bailarina folclórica en la Corporación Cultural Barranquilla, dirigida por Mónica Lindo. Era una maestra de todas las músicas caribeñas, en especial de la cumbia, la puya, el mapalé. La primera reina que llegó a ella fue Maqui Diazgranados en 2014. “Desde entonces he acompañado a todas, desde Maqui hasta Isabella Chams en 2020. Muchas de ellas comenzaron su preparación tres o cuatro años antes de su reinado, entonces duramos bastante trabajando juntas; les corregía baile, les daba folclor, expresión corporal, coreografía”, cuenta.
Por esa relación que ha construido con las reinas del Carnaval, es común llegar a las clases de Matumbé y encontrarse con cualquiera de ellas: Natalia de Castro, Valeria Charris, Meme Cure. “La gente dice: si quieres ser reina del Carnaval, ve a Matumbé. Y eso me encanta, es algo que no quiero perder”, dice Martica. “Pero si solo quieres aprender o quemar calorías, también”.
Es un lugar para todas y todos, explica Martica, porque las clases parten de una estructura pensada en las personas que han bailado toda su vida y en las que no. Empiezan con un calentamiento de cinco minutos y siguen con bloques de merengue, champeta, salsa y folclor. A veces también de reguetón. “Yo les pido a los profesores que aceleren un poco la velocidad de las canciones, entonces la gente comienza a prenderse en fuego. Por eso digo: no es la típica clase de rumba, es una clase de matumbé. Se trabaja todo, sales recargada y feliz”.
En los pasillos del lugar favorito de Martica se escuchan comentarios de ese tipo. Dicen que apenas acaba una clase, las mujeres se sienten otras. Poseídas por la euforia, por los demonios que entran y salen cuando el cuerpo se mueve al ritmo de los tambores. Otras dicen que esa hora de fogueo les ha salvado la vida. Martica Maturana recuerda la vez que una mujer, después de una clase, le confesó que mientras estaba en sus quimioterapias para superar el cáncer, veía sus videos y solo pensaba en volver a bailar en Matumbé.

Ese fuego, esa fuerza y elegancia al bailar es la que está dentro de Martica y que hace que no se pueda hablar de ella sin hablar de Matumbé.
“Esas son las historias que escucho, van más allá de entrenar y quemar calorías. Me dicen: ‘aquí se me olvidan los problemas, me recuperé de un cáncer y aquí estoy’. Siento que estamos cambiando vidas a través del baile. Mucha gente dice: ‘me voy del país y lo que más voy a extrañar es Matumbé’ ”, cuenta.
En Barranquilla, bailar es un acto imprescindible. Martica, por ejemplo, está convencida de que no podría vivir sin bailar. A veces parece que primero baila y luego existe; o que existe porque hay baile, es decir, vida en ella. Si se siente alegre, baila. Si tiene alguna pena que la hace sufrir, baila. “Estar bien es levantarse, dar las gracias y venir a bailar”, dice ella. El baile enciende lo bueno y apaga lo feo. Acerca lo importante y aleja lo que no.
Durante las clases, tanto Martica como los profesores y profesoras de baile le repiten a las asistentes una consigna: “Date duro, date duro”. La frase no es otra cosa que una invitación a sumar todas las fuerzas que haya dentro de un cuerpo para entregárselas a un paso de baile. Para recoger los brazos a la altura del pecho y llevarlos hasta el cielo en medio de un mapalé o para arrastrar los pies con suavidad en una cumbia soledeña. Ese fuego, esa fuerza y elegancia al bailar es la que está dentro de Martica y que hace que no se pueda hablar de ella sin hablar de Matumbé.




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