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El blanco asepsia: Historia de las batas blancas

Ilustración
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Hoy la bata blanca simboliza ciencia, autoridad y cuidado. Pero hubo un tiempo en que los médicos vestían de negro y las infecciones eran más comunes que las curaciones. La historia de la asepsia, de Semmelweis y de la medicina moderna también es la historia de cómo el blanco conquistó los hospitales.

Sin embargo, este color, es sin duda, el más antiguo, el más fiel, el que trasmite desde siempre los símbolos más fuertes, más universales, y el que nos habla de lo esencial: la vida, la muerte. 

Dominique Simonnet

El francés Louis-Ferdinand Céline escribió más o menos 13 novelas, logró reunir suficiente correspondencia para 16 recopilaciones de cartas, hizo un drama, un discurso, tres panfletos antisemitas y antisoviéticos y un ensayo que parece también novela. Hizo, además, una tesis de grado. Fue en 1924, la presentó para convertirse en médico y se la dedicó a un hombre que describió así: “La verdad nos obliga a señalar un gran defecto de Semmelweis: el de ser brutal en todo y, sobre todo, para sí mismo”. Ignaz Semmelweis fue un médico cirujano y obstetra que ayudó a instaurar en su gremio un gesto sencillo: el de lavarse las manos. 

Cuanta Céline, que a mediados del siglo XIX y sobre todo antes de que Pasteur develara la realidad microbiana, 9 de cada 10 operaciones acababan en la muerte o en la infección, que no era otra cosa que una muerte más lenta y más cruel. Esa era la realidad en la clínica obstétrica del Hospital General de Viena, donde trabajó Semmelweis y donde muchas mujeres después de dar a luz contraían fiebre puerperal sin conocer la causa. Semmelweis propuso y comprobó que “los dedos de los estudiantes contaminados durante disecciones recientes son los que conducen las fatales partículas cadavéricas a los órganos genitales de las mujeres encintas”, llegando a la conclusión que las manos por su simple contacto pueden ser infectantes.

Preparó, entonces, una solución de cloruro cálcico para que los médicos se lavaran antes de tocar a las mujeres, pero incluso ante las pruebas que respaldaban su descubrimiento a punta de sobrevivientes, la comunidad médica lo aisló y murió sin respaldo en una institución mental. Los médicos no querían la culpa y la medicina aún no pensaba en la asepsia, pero iban en camino.

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Para ese momento, los médicos solían vestir de negro cuando se encontraban con los pacientes. En el cuadro The Gross Clinic que pintó el estadounidense Thomas Eakins en 1875 se ve claramente cómo son hombres en traje negro los que intervienen en la cirugía de una pierna. Como cuenta el Dr. Mark S. Hochberg en el artículo The Doctor's White Coat: An Historical Perspective, esto era tal vez porque “buscar consejo médico solía ser un último recurso y, con frecuencia, un precursor de la muerte”. También, claro, era así porque no concebían aún que había que estar atentos a la suciedad.

 “Los productos blancos, las batas de laboratorio y los manteles, constituyen todos ellos un desafío debido a la poca practicidad de lo impoluto. Es como si desafiaran al usuario a siquiera pensar en derramar algo”, escribe la historiadora Kassia St Clair en Las vidas secretas del color.

Pero hacia el final del siglo XIX e inicios del XX y gracias al acercamiento de la medicina a la actividad científica y con esto al entorno del laboratorio, los descubrimientos de Pasteur, los postulados sobre asepsia y antisepsia en cirugía de Joseph Lister y los manuales de cómo aprender y cómo practicar esta disciplina como el Informe Flexner sobre educación en Estados Unidos y en Canadá, se fueron acercando los conceptos de medicina y limpieza y con ello de medicina y blanco. Aparecieron, entonces, las batas blancas.

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El cambio de los trajes negros a las batas blancas puede verse de nuevo en la obra de Eakins, que en 1889 pinta The Adnew Clinic, ahora con un paciente rodeado por médicos vestidos de blanco con batas no muy distantes a las que vemos hoy. Para ese momento eran un accesorio que funcionaba como barrera entre el paciente y la ropa del médico y como una prueba de pulcritud; ahora es eso y también un símbolo.  

En el libro Los colores de nuestrso recuerdos del historiador francés especialista en color Michel Pastoureau, cuenta cómo se disponían los medicamentos en la farmacia que tenía su madre y escribe: “Predomina el blanco, que les confiere un aspecto al tiempo higiénico, científico y benéfico; el blanco representa a la vez el saber y la pureza”. En esa misma línea, representa lo que no debe ser irrumpido, lo que busca preservarse tal cual está. “Los productos blancos, las batas de laboratorio y los manteles, constituyen todos ellos un desafío debido a la poca practicidad de lo impoluto. Es como si desafiaran al usuario a siquiera pensar en derramar algo”, escribe la historiadora Kassia St Clair en Las vidas secretas del color.

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El 20 de agosto de 1993, la Arnold P. Gold Foundation, que se enfoca en distintas iniciativas para recordar el carácter altruista de la medicina, hizo por primera vez la Ceremonia de Batas Blancas, que se celebra cuando un estudiante de medicina empieza sus prácticas clínicas y estará ahora en contacto directo con los pacientes. La intención es recordar la compasión y la pulcritud del oficio, y que es el humanismo el núcleo de la asistencia médica. El ritual, que se ha extendido por todo el mundo, mantiene vigente la bata blanca como una insignia, un uniforme que significa.

Para otros, sin embargo, el blanco es motivo de malestar, como escribe Herman Melville en Moby Dick: “A pesar de todo este cúmulo de asociaciones con todo lo que es dulce, honroso y sublime, se esconde algo todavía en la más íntima idea de este color, que infunde pánico al alma que la rojez aterradora de la sangre”. Así les pasa a quienes padecen una condición conocida como el síndrome o hipertensión de la bata blanca que sucede cuando la presión arterial de un paciente aumenta cuando está en un consultorio médico, lo que lleva a diagnósticos y prescripciones para un problema que no existe en la cotidianidad, sino que aparece ante la interacción con médicos que llevan, en el mejor de los casos, impecables batas blancas.