Pasar al contenido principal
El envejecimiento de la población

Cuidar en soledad es el camino más rápido hacia el agotamiento

El envejecimiento de la población y el aumento de enfermedades crónicas han convertido el cuidado en una responsabilidad cada vez más presente dentro de las familias. Por eso preguntarnos por el bienestar de quienes cuidan no es un asunto secundario: es una necesidad de nuestra sociedad.

El rol de cuidador, en su mayoría, está en manos de mujeres que, por vocación, obligación o amor, terminan asumiendo múltiples oficios al mismo tiempo. Se convierten en enfermeras, médicas, acompañantes emocionales, terapeutas, tramitadoras y más. Generalmente son madres que cuidan a sus hijos con discapacidad, hijas que acompañan a sus padres en el proceso de envejecer, esposas que deben poner en pausa su vida personal o laboral para atender a su pareja. Mujeres que, además de cuidar, trabajan, cocinan, organizan la casa y dan estabilidad a su familia.

Cuidar exige presencia física, emocional y mental, todo a la vez. Y aunque muchas veces esperamos del cuidador una disponibilidad inagotable —como si tuviera un corazón que no se cansa y un cuerpo que no duele—, lo cierto es que le pedimos paciencia, fortaleza, claridad para tomar decisiones difíciles y hasta la renuncia a su propio tiempo. Sin embargo, lo más paradójico es que la mayoría de esas exigencias ni siquiera se pide o exige: el cuidador simplemente las asume y entrega, casi siempre sin remuneración, sin horarios, sin vacaciones y sin espacio para sí.

Por eso, su mayor reto es existencial: no perderse a sí mismo en el acto de cuidar. Recordar que la propia vida también importa, que se puede anhelar un futuro distinto, que no se tiene por qué cargar culpa o vergüenza por desear descanso porque el agotamiento del cuidador no aparece de un día para otro. Primero surge un cansancio que no se resuelve ni con sueño ni con pausas breves, luego llega la irritabilidad, después la sensación de que todo resulta abrumador.

En esa espiral, algunos cuidadores comienzan a llorar por cosas mínimas, pierden interés en actividades que antes disfrutaban o se desconectan afectivamente. Otros, por el contrario, se sienten culpables por no poder con todo. Y el cuerpo también empieza a hablar: aparecen dolores de cabeza, tensión muscular, palpitaciones, problemas digestivos. La mente y el cuerpo envían señales que comienzan como un susurro y que, si no se escuchan, se transforman en un grito: “Necesito que me cuiden a mí también”.

Por eso, priorizar el bienestar del cuidador no es un lujo; es una forma de sostener el acto mismo de cuidar. La primera recomendación para encontrar ese bienestar de quienes cuidan es compartir la carga: cuidar en soledad es el camino más rápido hacia el agotamiento; pedir ayuda no es un fracaso, es un acto de sabiduría. La segunda es permitir pausas sin culpa; un cuidador que descansa no cuida menos, cuida mejor. Y la tercera es reconocer cuándo algo ya no se puede sostener solo: la dignidad del paciente nunca debe construirse a costa de la dignidad del cuidador.

Cuidar al cuidador es, en última instancia, fortalecer a todo el núcleo familiar. Cuando apoyamos a quien sostiene, todos estamos mejor. Y quizás allí, en ese acto de reconocer su humanidad, estemos construyendo una sociedad más justa, más compasiva y más consciente del valor profundo del cuidado.

El envejecimiento de la población

Este artículo hace parte de la edición 203 de nuestra revista impresa. Encuéntrela completa aquí.