El gen tragón: un problema de peso

Por: / Ilustración: Julián de Narváez / Enero 2019

La evidencia científica sugiere que existe una anomalía genética que provoca apetito voráz. A lo mejor ahí está la explicación de que sea tan fácil comer y comer, y tan duro dejar de hacerlo.

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uardar la línea” no es solo una obsesión de la vanidad del hombre contemporáneo sino también un problema serio de salud pública. La Organización Mundial de la Salud calcula que cada año mueren 2,6 millones de personas en el mundo por causa de la obesidad. Este, que era un problema exclusivo de los países ricos, hoy se ha extendido a los países de medianos y bajos ingresos. Resulta irónico que mientras una de cada cinco personas tiene problemas de sobrepeso por exceso o mala alimentación, más de mil millones de personas padecen de hambre crónica en el mundo.

Investigaciones recientes indican que las causas de esta epidemia no son solo la pobreza, los malos hábitos alimentarios y la falta de voluntad de las personas para controlar el apetito. Un paper publicado en The Journal of Clinical Investigation sostiene que se ha detectado una anomalía genética que aumenta el riesgo de desarrollar obesidad. Se trata del FTO, un gen que está relacionado con el aumento de peso.

En la práctica, el FTO es una especie de software que altera los niveles de la ghrelina, la hormona del hambre. De resultar cierta esta hipótesis, habría que aceptar que hay personas que están fatalmente programadas para comer demasiado. El FTO genera un apetito voraz por la comida, en particular por los alimentos de alto contenido graso, apetito que subsiste incluso después de una comida abundante.

Los investigadores creen que el FTO pudo ser un gen valioso hace 50.000 años, cuando ganar peso en verano ayudaba a nuestros tatarabuelos a sobrellevar los rigores del invierno.

La noticia no es del todo mala para los golosos. Ahora pueden echarle la culpa de su obesidad al FTO, así como le imputamos al inconsciente la responsabilidad de nuestras peores guachadas. Mi hermano, un gordo pantagruélico y casi feliz, descree de los nutricionistas y sus dietas. “Hay demasiadas contradicciones en ese gremio —asegura—. Se la pasan espiando qué come uno para echarle la culpa de nuestras enfermedades a la carne, al azúcar o a las harinas. ¿Has visto esas parejas que comen en silencio en los restaurantes? ¡Pues no son cónyuges, viejo, son nutricionistas!”.

A veces entra en una suerte de trance filosófico: “Todo obedece a un problema de diseño: si en realidad hubiese sido omnisapiente, Yahvé habría puesto el colesterol en las verduras y la fibra en el cerdo. Y listo”.

En los días sombríos, porque también los gordos lloran, se lamenta de que Raquel, una vecina odontóloga de piernas largas y unas Rayban que le sientan muy bien, no lo determina. “Estamos fritos, viejo: ahora hay que ser millonario, esbelto y astronauta para que las divinas fijen en uno sus ojazos… ¡joder!”. La verdad es que seguir dietas con disciplina es difícil porque la voluntad es una fuerza oscilante. Tiene “picos” y “valles”. Con frecuencia vacila… y cae. El chorizo, en cambio, permanece erguido y fragante siempre. Es inmortal como el ruiseñor de Keats, si se me permite esta súbita comparación.

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En la práctica, el FTO es una especie de software que altera los niveles de la ghrelina, la hormona del hambre. De resultar cierta esta hipótesis, habría que aceptar que hay personas que están fatalmente programadas para comer demasiado”.

 

No siempre tuvimos esta obsesión por “la línea”. Ayer nomás, en el siglo XIX, una señora debía ser pálida y caderona, o simularlo con una aparatosa armazón, y desmayarse era de lo más sexi. En la primera mitad del siglo pasado las divas del cine eran rellenitas y los galanes eran hombres mayores. Pero hacia la mitad del siglo los estudios empezaron a contratar actores muy jóvenes (Brando, James Dean, la Bardot) y se incendió este frenesí por la juventud y la esbeltez que hoy padecemos los gordos y los veteranos.

Son muchas las dietas y las recomendaciones que se han propuesto contra la obesidad. Un célebre nutricionista, por ejemplo, recomendó en su best seller de 2002, “Dr. Atkin’s New Diet Revolution”,un régimen delicioso a base de proteínas y supresión total de carbohidratos. Millones de personas la pusieron en práctica con éxito, entre otras Jennifer Aniston, Demi Moore y Catherine Zeta-Jones, pero también fueron muchos los médicos que lo acusaron de estar fomentando de manera irresponsable las enfermedades cardiovasculares.

Atkins murió en un accidente absurdo en 2003. Se resbaló en una cáscara de fruta en la calle y se dio un totazo en la cabeza. Tenía sobrepeso. Los místicos vieron allí un mensaje contundente del mundo vegetal –una venganza ejemplar– y no faltaron los suspicaces que hablaron de un astuto homicidio urdido por los panificadores…

Lo mejor es el gimnasio, claro, pero la verdad es que el ejercicio es poco el peso que quita y mucho el apetito que aumenta.

Nos dicen que el control del peso es un asunto de voluntad, pero la voluntad solo posterga la gratificación, aplaza la satisfacción del deseo, no lo elimina. De manera que si una modelo voluntariosa es capaz de atravesar ilesa una larga pastelería, digamos, es probable que se zambulla de cabeza en la olla del arroz al llegar a casa. La voluntad llega exhausta  ala casa. La ghrelina llega exacerbada.

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La verdad es que seguir dietas con disciplina es difícil porque la voluntad es una fuerza oscilante. Tiene “picos” y “valles”. Con frecuencia vacila… y cae. El chorizo, en cambio, permanece erguido y fragante siempre”.

Algunos expertos en obesidad confían en sintetizar un fármaco que ataque la ghrelina para controlar el apetito y frenar el aumento de peso. Otros consideran que la solución puede estar en el organismo de Tom Staniford, el campeón del circuito nacional de paraciclismo británico 2011. Staniford mide 179 y centímetros y pesa 42 kilos. Padece de una anormalidad en el gen POLD1 del cromosoma 19, que impide la formación de grasa en su organismo. Solo ocho personas en el mundo padecen de este mal, conocido como el síndrome MDP. Si se logra regular la agresividad de este gen, tendremos un valioso auxiliar en la lucha contra la obesidad.

Los publicistas también podrían ayudar a que las personas se acepten como son. Hasta ahora, no han hecho sino complicar el cuadro y generar ansiedades. Los publicistas quieren que ahorremos pero que compremos de todo; que cuidemos la salud pero que comamos los mil y un antojos con que nos tientan; que hagamos mucho ejercicio pero que también veamos mucha televisión en los espectaculares plasmas que ofrecen; que fundemos una familia pero que seamos muy seductores: altos, esbeltos, de risa blanquísima; astronautas en suma, como dice mi hermano.

Deberían, digo, ayudar a que la gente aprenda a vivir con ciertas irregularidades que pueden ser cautivadoras, o con un kilo de más en la cintura o con su color natural de dientes o de cabello.

Mientras resolvemos la intrincada ecuación de la injusticia social y desarrollamos la voluntad necesaria para refrenar los impulsos de FTO, seguiremos engullendo de todo: no hay vegetal ni animal que se libre. Los alemanes comen col agria, los japoneses hongos, los estadounidenses pepinillos en vinagre y los colombianos archucha, brócoli y tomate de árbol. Los masai beben sangre caliente de vaca, los chinos fritan perros, los santandereanos hormigas, los pastusos ratas, los italianos pájaros y los franceses caracoles con ajo.

Para bien y para mal, somos animales omnívoros. La alimentación obedece a un instinto animal, sí, pero también es una refinada operación de alquimia, un ritual ceremonioso y vital porque es el inicio de un proceso mediante el cual el cuerpo convierte los alimentos en sangre y músculos, en ideas y suspiros, en himnos, poemas y ecuaciones.

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