Durante años me enseñaron a odiar mi pelo: a alisarlo, a esconderlo, a creer que era “poco profesional”. Esta columna ilustrada es una respuesta: cuidar el cabello afro también es cuidar la dignidad.

Crecí creyendo que mi pelo era feo, sucio y que no me hacía lucir “profesional”. No fue casualidad, fue una enseñanza heredada del racismo estructural.

Durante siglos nos entrenaron para perseguir la blanquitud. El cabello afro se volvió algo que había que corregir, esconder o alisar.

La industria de la belleza reforzó esa mentira: químicos, planchas y ausencia de tonos de maquillaje para nuestra piel.

Cuando conocí la historia de mis ancestros, cambió mi forma de verme. Entendí que mi cabello no necesitaba permiso, necesitaba dignidad.

Así nació Africabellos, nuestro lugar para sanar la autoestima y romper la idea de que el cabello afro es “malo”.

Aquí el cabello no se corrige: se cuida con conocimiento, respeto y estética, desmontando mentiras que nos acompañaron por décadas.

Amar nuestro pelo afro es un acto cotidiano de libertad. El cuerpo también es un territorio de resistencia.



Dejar un comentario