La carrera por criar genios

Por: / Ilustración: Luisa Martínez / Enero 2017

En un mundo competitivo como el actual, la presión sobre padres e hijos aumenta.

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odos los papás soñamos con que nuestros hijos se destaquen, con que triunfen, con que vuelen. Queremos que su vida sea mejor que la nuestra, que nadie les haga daño nunca y, sobre todo, que sean los mejores. ¿Los mejores en qué? En lo que sea. Desde el mejor para comer hasta el primero en gatear, pasando por ser el que hable claro más rápido. Es como una carrera para criar genios, grandes personas. Y esa carrera comienza desde el útero.

Cuando estaba embarazada empezaron a llamarme personas de todo tipo de instituciones a ofrecerme planes, clases, seguros y demás. Al principio, con inocencia, acepté varias de estas llamadas y hasta recibí en mi casa a una mujer que vino a ofrecerme un paquete de estimulación temprana. Entre las propuestas que traía, además de recomendarme poner una linterna con filtros de colores sobre la barriga para ir entrenando las capacidades de mi hijo no nato, venía toda una colección de música clásica simplificada y estridente hecha para los oídos de los más chiquitos. La otra parte del paquete era un muñeco interactivo que enseñaba a decir: “gracias”, “por favor” y otra cantidad de cosas. Las preguntas que le hice ese día a la mujer siguen siendo las mismas que me hago hoy frente al tema de la estimulación. ¿Qué necesidad hay de modificar música que ya es casi perfecta? ¿No tiene más sentido dejarlos escuchar a Bach, Tchaikovsky, Vivaldi, Beethoven y The Beatles en todo su esplendor? Y,¿acaso las bases de la educación y la vida en sociedad no las enseñan los papás? A ella no le gustaron mis preguntas. Se dio cuenta de que no le iba a comprar nada y me expresó de manera soterrada, pero amable, que yo no sabía cómo funcionaba el cerebro de los bebés, queriendo así infundirme miedo para que le comprara el programa.

GENIOS

Meses después del nacimiento de Luca leí este post en el Facebook del escritor Juan Esteban Constaín: “A ningún genio de la humanidad le hicieron una ‘estimulación temprana’. A Mozart nunca le pusieron Mozart para bebés”.

Tuve la fortuna de poder dedicar todo mi tiempo a mi bebé durante sus primeros ocho meses de vida, y luego he podido estar muy presente siempre. Creo que favorecer y acompañar el desarrollo de los pequeños es muy importante, pero confieso que no he visto la necesidad de pagar por clases específicas para ese fin. Primero, porque hemos podido crear un vínculo que promueve que nuestro hijo explore el mundo y sus reglas sociales de nuestra mano a partir del juego, la música, la intuición y la ayuda de mis padres y tías. Segundo, porque creo que dichas clases tienen precios realmente prohibitivos.

Hoy que cada libro y página web sobre primera infancia da listas detalladas de lo que debe poder hacer cada niño de acuerdo con su edad, es más difícil no sentir la presión de que nuestros hijos logren alcanzar metas establecidas en tiempos determinados. Así que decidí recurrir al consejo de una amiga que se dedica precisamente a dictar cursos de estimulación temprana a infantes.

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En lugar de aprovechar el tiempo para conocerlos mejor, para compartir las cosas sencillas, los llevamos a diversas clases con la esperanza de que se conviertan en genios”.

 

Ella me contó que el fin de las instituciones que brindan estos servicios a bebés y padres es ayudar a consolidar el vínculo amoroso de la familia a través del ejercicio lúdico, siempre respetando el biorritmo individual de cada niño. Y que aunque los papás buscan en un principio herramientas para acercarse a sus pequeños y poder compartir con ellos tiempo de calidad, muy pronto ese objetivo cambia en la búsqueda de resultados tangibles. Quieren lograr procesos acelerados. Ahí comienza la competición. “Pepito, ¿por qué no caminas ya si tu amiga Lolita se soltó hace semanas?”; “Ay Tita, ¿por qué no hablas nada? Mira que tu amigo Migue ya dice muchas cosas”.

Es decir que, al final, somos nosotros padres quienes decidimos montar a nuestros hijos en la rueda de hámster que es la vida de las personas que habitamos en ciudades en el siglo XXI. En un momento histórico en el que los niños han cobrado gran valor dentro de la sociedad, valor que en siglos anteriores no tuvieron, los padres tenemos cada vez menos tiempo para disfrutar junto a ellos. Y en lugar de aprovecharlo para conocernos mejor, para compartir las cosas sencillas, para explorar el mundo, los llevamos a diversas clases con la esperanza de que se conviertan en genios, mostrándoles desde muy temprano el significado de la palabra frustración. Y al final ¿cuál es la crianza que estamos favoreciendo?

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