Desde hace años venimos transformando la manera en la que nos relacionamos. Hoy gran parte de las interacciones comienzan a través de una pantalla, y eso suele generar preguntas, dudas e incluso juicios. Desde la neurología, investigamos qué ocurre en el cerebro cuando establecemos relaciones mediadas por la tecnología.
Los seres humanos no empezamos a vincularnos a distancia con un celular. Hace más de dos siglos existían los romances epistolares: personas que se conocían, se admiraban y se enamoraban a través de cartas, sin contacto físico ni visual. Con el paso de las décadas, llegaron el teléfono, el internet, las videollamadas y apps, que permiten intercambiar mensajes, audios, imágenes y ver el rostro del otro en tiempo real. El medio cambió, pero la capacidad del cerebro para generar vínculo no.
Desde el punto de vista neurobiológico, cuando nos comunicamos con alguien por videollamada o incluso por mensajes de voz, se activan circuitos muy similares a los que se activan en un encuentro presencial. El cerebro reconoce expresiones faciales, entonación, gestos y patrones emocionales. De igual forma, durante el enamoramiento se activa el sistema de gratificación dopaminérgico, relacionado con la motivación, la expectativa y el placer. También participa la oxitocina, una sustancia vinculada al apego y al vínculo. Aunque solemos asociarla al contacto físico, hay evidencia de que ciertos estímulos digitales, como los mensajes afectivos o los emojis, también pueden estimular su liberación.
El cerebro sí se vincula, incluso a distancia
Por eso, desde la neurociencia, no se puede afirmar que una relación mediada por tecnología sea emocionalmente neutra. El cerebro responde, se activa y genera apego. Esto explica por qué las personas pueden ilusionarse, sentirse acompañadas y construir vínculos significativos sin compartir un espacio físico.
Sin embargo, también sabemos que los seres humanos somos una especie profundamente social y corporal. El contacto físico, el abrazo, la cercanía, la presencia compartida, activa sistemas neurológicos que no pueden sostenerse de manera permanente sólo desde una pantalla. La oxitocina, por ejemplo, se libera de forma más intensa con el tacto y el contacto directo.
Por esta razón, históricamente, las relaciones virtuales tienden a buscar un punto de encuentro presencial. No como una obligación, sino como una consecuencia natural de cómo funciona nuestro sistema nervioso. La virtualidad puede facilitar el acercamiento, pero no sustituye por completo la experiencia del encuentro humano.
Cuando la pantalla deja de ser suficiente
Las aplicaciones y redes sociales se han convertido en uno de los escenarios más frecuentes para iniciar contacto con otras personas. En un contexto donde el trabajo, el estudio y muchos encuentros sociales se han vuelto virtuales o híbridos, estas plataformas aparecen como un punto de partida posible. Sin embargo, es importante no confundir ese primer contacto con un entorno seguro en sí mismo.
La vida digital, así como la física también expone a riesgos reales como la suplantación de identidad, la mentira, la idealización y el engaño. Por eso, aunque muchas personas sienten que tienen mayor control detrás de una pantalla al conocer nuevas personas, esa sensación no siempre se corresponde con la realidad. El problema no es solo de seguridad, sino también de límite.
Cuando una relación se queda exclusivamente en el plano virtual, puede activarse el vínculo emocional sin que exista un contexto relacional completo. Hay comunicación, pero no presencia. Hay contacto, pero no encuentro. En esos casos, el apego se activa, pero la relación no termina de consolidarse, lo que puede generar frustración, ansiedad o una sensación persistente de vacío y soledad, incluso estando en contacto permanente con otros.
La pandemia lo dejó en evidencia. Muchas parejas lograron sostenerse emocionalmente a distancia durante meses, pero también experimentaron el desgaste que produce la ausencia prolongada de contacto físico. El cerebro es plástico y se adapta, pero no reemplaza indefinidamente aquello para lo que estamos diseñados como especie social.
Por eso es importante entender las relaciones virtuales sin idealización. Pueden funcionar como un primer acercamiento, pero no garantizan seguridad ni sustituyen el encuentro real. Tampoco implican apresurarse ni exponerse sin cuidado. Implican prudencia, verificación y límites claros. Y, si un vínculo quiere avanzar y consolidarse, eventualmente necesita salir del plano exclusivamente digital. La tecnología puede facilitar el inicio, pero



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