Alejandra Borrero: arte y compromiso

Por: / Fotografía : Jorge Andrade Blanco / Febrero 2018

Alejandra Borrero es una caja de sorpresas. Puede hablar de feminismo, de post conflicto, de actuación, de periodismo, de Cali, de la bebida milagrosa que probó hace poco y que bebe todo el tiempo en su termo.

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uede saludar a todo el que llega a su casa con la misma efusividad con la que posa frente a la cámara, afirmando que no es una mujer acartonada ni una señora, que se sigue sintiendo joven y que se va a despeinar para la foto porque luce mejor. Sonríe con algarabía y llora con el corazón en un parpadeo. Y no lo hace porque sea una de las actrices más experimentadas del país. Llora porque le duele el maltrato a la mujer, por eso lucha por mostrar, desde el arte, lo nocivo que resulta para esta sociedad pasar por alto las cifras, los casos y sobre todo, las mujeres víctimas de este problema.

Empecemos por Cali. ¿Qué recuerdos le llegan si le digo como en los guiones de cine: exterior, día, Cali, cinco de la tarde?

El barrio Centenario, el olor de las calles, una lulada en Los Turcos, una empanadita y mis amigos.

¿Y exterior, Parque Caldas, Popayán?

Mi infancia, todo lo que significó eso. Mis abuelos, gente amorosa, navidades increíbles, vacaciones.

¿Qué tan determinante es para un artista el lugar donde nació?

Más que el lugar donde nació creo que lo que más te marca son los primeros años, estarán siempre presentes en todo lo que hagas. A mí me tocó una época muy especial. Esta palabra ‘Caliwood’ la sellamos nosotros en nuestras fiestas, en la vida metida en el cine y el teatro. Lo que viví en los años ochenta marcó mi vida como actriz.

¿Quiénes eran, específicamente, esos amigos tan entrañables?

Tengo que comenzar por Carlos Mayolo, gran amor de mi vida. Me enseñó a actuar, a amar, era un ser de luz. Nunca le oí una palabra fea con nadie. Poncho Ospina, quien a propósito va estrenar una película que habla sobre eso: Todo comenzó por el fin, Sandro Romero, mi maestro desde el colegio y compañero de toda la vida. La primera obra que estrené en Casa E fue dirigida por Sandro Romero. Los amigos de la adolescencia siempre serán los del alma.

Y después llegó la academia, ¿Qué enseñanza le quedó de su paso por la Facultad de Artes de la Universidad del Valle?

Yo peleé mucho con la universidad. Aunque tuve el privilegio de tener a Enrique Buenaventura de profesor y fue él quien me convenció de quedarme en Cali estudiando, la carrera fue demasiado teórica para mi gusto y yo necesitaba aprender en la escena. Fue eso precisamente lo que me motivó a abrir una escuela donde los chicos aprendieran en la tarima. Todas las falencias que tuve las suplí y corregí en mi escuela. Por muchos años le tuve pánico al escenario, aunque sea difícil de creer.

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Un actor que no se ha parado frente al público, que solo ha hecho televisión, no sabe lo que es actuar. Porque la televisión tiene grandes cualidades, pero en ella un actor puede ocultar todas sus falencias. Pero pararse en un escenario y mantener la atención del público, no es nada fácil."


¿Y de la vida universitaria, que es tan importante para los jóvenes…?

Es cierto, la universidad es vital para los seres humanos porque nos da estructura. El que no pasa por la universidad se siente desestructurado para trabajar, no sabe terminar algo. Yo, por ejemplo, nunca he pensado en dejar nada a mitad de camino, cuando me comprometo me comprometo hasta el final.

¿Cómo fue la experiencia de su primer trabajo?

Empecé con Mayolo haciendo audiovisual. Él me dijo que hiciera un casting para Jorge Alí Triana que llegaba a Cali a hacer Revivamos nuestra historia, una serie televisiva de época. Todos mis amigos me decían que yo era ideal para ese programa. Pero si me hubieran dicho que hiciera de boba frente a la cámara no lo habría hecho mejor. Me demoré tres años en hacer televisión. Fue muy difícil empezar, y eso que me había ganado un premio a mejor actriz en el colegio. Fue una época en la que incluso me cuestioné sobre mi carrera. Llegué a preguntarme si realmente servía para actuar.

¿Qué era lo que la bloqueaba?

Como mi escuela fue muy teórica tuve que aprender todo mientras hacía televisión. No sabía hablar, no podía decir un diálogo, solo el día que interioricé lo que decía me salió sin problema, pero antes todo era una tragedia.

¿Cuál sería entonces la enseñanza más relevante que podría transmitirle a sus estudiantes de actuación?

Yo preparo a los chicos para las el escenario teatral. Cuando uno maneja las tablas puede manejar cualquier medio. Un actor que no se ha parado frente al público, que solo ha hecho televisión, no sabe lo que es actuar. Porque la televisión tiene grandes cualidades, pero en ella un actor puede ocultar toda sus falencias, porque las escenas son muy pequeñas, muy cortas. Pero pararse en un escenario una una hora y mantener la tensión y la atención del público, no es nada fácil.

Entonces, ¿cómo se aprende a ser un buen actor?

La premisa de Casa E es aprender haciendo, probando con el cuerpo, con el alma, errando en el escenario, percatándose con el cuerpo de lo que funciona y lo que no. La memoria corporal es más potente que la cerebral, cuando uno aprende con el cuerpo no olvida jamás.

¿Y en cuanto a la formación humana?

Esa es otra parte muy importante de nuestra escuela. Buscamos que salgan buenos actores, pero sobre todo buenos seres humanos. Es muy importante que desde acá, donde tenemos toda una estrategia alrededor de la no violencia contra las mujeres, que nuestros actores tengan conciencia social, que conozcan los problemas del país en el que vivimos. Estoy cansada de ver actores egocéntricos que solo piensan en sus carreras. Los artistas deben saber dónde están parados, nuestro insumo es la sociedad, la injusticia, la pobreza, el machismo... No preparo actores para que salgan a tumbar con el ego a otros, preparo actores capaces de escuchar, de probar, que sean valientes en escena, ser valiente en escena es dejar que el otro brille también.

Si tuviera que ligar el teatro a un solo sentimiento ¿cuál sería?

Pasión.

Tuvo también un breve paso por el periodismo, conducía un programa de entrevistas llamado Esta boca es mía. ¿Cómo se preparaba para estar del otro lado de una entrevista?

Un buen entrevistador es un buen escucha. Siempre que haces una entrevista dejas ver muchas cosas. Entrevistar es observar. Odio cuando el periodista está mirando la pregunta que viene mientras me oye. Eso me dice que no me está escuchando y hace que inmediatamente pierda el interés.

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Memorable la entrevista que le hizo a Celia Cruz. ¿Cuántos días leyendo sobre ella?

Muchos. Me aprendí su vida entera y por eso me fui vestida de azul al programa, porque ese era el día de Yemayá (Orisha de los Yoruba) y yo sabía que eso la iba a impactar. Traté de hacer cosas que me acercaran a ella, pero lo principal fue que la escuché y la observé todo el tiempo. Al final me dijo que era la mejor entrevista que le habían hecho y eso fue muy digno porque yo no tenía preparación como periodista, pero eso sí, era y sigo siendo una persona curiosísima. ¡Me encanta saber cosas! Pregunto todo y me encantan los seres humanos, entonces no le veo diferencia significativa a entrevistar a Celia Cruz o a un jardinero que habla de sus rosas.

¿Qué le ha traído el paso de los años, la experiencia?

Sobre todo tranquilidad. Cuando uno está joven quiere tocarlo todo, saberlo todo de su propia mano. Yo por ejemplo me iba al festival de cine de Cartagena y me veía 15 minutos de cada película ¡Cuando terminaba el evento no había visto nada! Los años me han dado plano general, he podido abstraerme, mirarme desde lejos. Antes tenía el mundo en las narices, corría de una cosa a la otra. Ya no. Atesoro mi tranquilidad, me encanta estar sola porque todos los días estoy rodeada de gente, los fines de semana me los dedico a mí misma. Uno no envejece mientras pruebe nuevas cosas en la vida.

Se siente bien crecer, ¿no?

Sí. Los años me han dado perspectiva, sabiduría, tranquilidad de ser la que soy. La adolescencia tiene ese nombre porque uno adolece, literalmente, le duele todo, le duele ser uno, no entender la vida, no entender el porqué de muchas cosas. Ya no tengo esas preguntas, sé lo que estoy haciendo. Cada cumpleaños le pido a dios que no me vaya a dejar operar o estirarme las arrugas y al mismo tiempo digo ¡qué cantidad de cosas que hice este año y todas las que tengo por hacer! Nunca me siento vieja.

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¿Qué puede poner triste a una mujer tan alegre y tan esperanzada?

Que violen a una mujer, que varios hombres sean capaces de maltratar a una mujer, que sean tan inhumanos. Que tengamos tanto odio hacia las mujeres. Cuando empezamos la campaña “Ni con el pétalo de una rosa”, en contra del maltrato femenino, una estadística decía que cada seis días una mujer moría a manos de su pareja. Bueno, en este momento es cada tres días. Así que a pesar de todo lo que hemos hecho, no ha cambiado nada. El día que nos veamos en el otro no vamos a ser capaces de lastimarlo. Pero no, no tenemos capacidad para eso.

¿Qué fue lo que detonó ese activismo social?

Ha sido una cosa paulatina. Lo primero fue que monté una obra que se llama La sombra del volcán, escrita por mi tío Guillermo Borrero. La obra habla sobre abuso sexual infantil. Nos dimos cuenta cuán golpeada quedaba la gente cuando salía y cómo se sensibilizaba con eso, así que decidimos incluir en el programa de mano una cartilla que hablaba de los mitos y realidades del tema y los sitios de denuncia. Luego nos dimos cuenta de que podíamos hacer un foro, nos unimos al ICBF y empezamos a llevar la obra a todo lado: Tumaco, Chocó, Sincelejo… No podía creer que la gente fuera ajena a esta problemática. ¿De dónde salen las atrocidades hacia las mujeres? ¿Por qué el odio hacia nosotras? Es horroroso esto. Las mujeres siempre tenemos miedo, ni se diga cuando salimos a la calle. Y lo más triste es que lo hemos naturalizado, y pensamos que así es la vida. ¡Pues no es así! En otros países no es así. La sociedad puede cambiar, y creo que el arte y la educación van a ser las herramientas del post conflicto.

¿Se considera feminista?

Sí. Ahora más porque he empezado a entender el tema bien, porque nos han metido mucha basura en la cabeza con este tema del feminismo, nos dijeron que ser feminista era ser marimacho, y es todo lo contrario.

Si tuviera que hacer una película de un minuto sobre Colombia, ¿qué filmaría?

Lo haría con las víctimas del conflicto. Con todos esos seres que por alguna razón de la sociedad todavía no acogemos. Lo haría con ellos para que pudieran contar la verdad que necesitamos conocer. Debemos reconocer que en este país todos hemos sido víctimas y que es hora de repararnos para curar.

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