“Uno tiene dos riñones para donar uno”

Por: / Febrero 2018

Dos años es el tiempo promedio que permanece un candidato a trasplante en la lista de espera, y muchos mueren esperando el órgano que podría salvarles la vida. Esa parecía ser la historia de Roberto Cáceres, hasta que una persona importante para él hizo un gran gesto de generosidad.

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oberto Cáceres se enteró de su enfermedad congénita por casualidad: al salir del quirófano, luego de ser operado de una apendicitis, el médico le dijo que tenía síndrome de riñón poliquístico. Roberto tenía entonces 27 años y recibió la noticia un poco incrédulo: “Es algo que por ahora no le debe preocupar, pero es muy probable que en unos veinte años necesite un trasplante de riñón”, dijo el médico. Cuando se enteró, Luzetty Hernández, entonces su novia, no titubeó: “No te preocupes, yo te dono el riñón”. Lo dijo tan natural como si en realidad hubiera dicho “No te preocupes, yo te presto la plata”.

Quince años después, en 2002, a su hermano le trasplantaron un riñón, pues él también había heredado la condición de riñón poliquístico. Para esa época Roberto estaba convencido de que eso no le iba a pasar a él. Pensaba, más bien, que le iba a tocar la misma suerte de su padre, quien tenía a esas alturas 75 años y estaba en perfecto estado, a pesar de tener el mismo diagnóstico de sus dos hijos. Roberto se cuidaba poco: hacía deportes extremos, comía carne y se tomaba sus tequilas sin problemas.

Pero en 2005 se manifestó la primera señal: hipertensión. La enfermedad empezó a aparecer lentamente: los riñones se iban llenando de quistes que poco a poco acababan con el tejido bueno; la función renal disminuía mientras los riñones aumentaban de tamaño. Empezó esa película de suspenso que padecen los enfermos renales y que lleva por título “Niveles de creatinina”.

En enero de 2011 ese examen empezaba a arrojar los primeros resultados alarmantes: la función renal había pasado de 90 a 60%, y seguía disminuyendo. La falla renal era inminente: la creatinina bordeaba los 5, mientras que lo normal es 1,2. Todos los exámenes de laboratorio se llenaban de asteriscos peligrosos; Roberto tomaba pastillas para bajar lo que se subía y subir lo que se bajaba.

La doctora Nancy Yomayusa, directora del Grupo de Trasplantes de Colsanitas, habló por primera vez de empezar el protocolo para gestionar un trasplante. Roberto entró formalmente a la lista de espera. Había que hacer exámenes de todo tipo y estar preparados para cuando la función renal llegara a 20%.

—El gran tormento de mi enfermedad es que no se siente nada. Se me estaban hinchando los pies, se me subía la tensión, pero más nada. ¿Cuál es el síntoma de esta enfermedad? La angustia. Te sacas sangre y de ahí hasta que sale el resultado del examen estás temblando –cuenta Roberto.

Existen dos tipos de donantes, los vivos y los cadavéricos. Los primeros son familiares o cercanos que pueden tener compatibilidad, y deciden donar el órgano que le falta al paciente; los donantes cadavéricos son personas que mueren y han dado orden expresa en vida de querer ser donantes.

Sus dos hermanas se ofrecieron como donantes y realizaron todo el periplo de exámenes y pruebas, pero no resultaron compatibles. Las palabras de Luzetty años antes (“Yo te dono el riñón”) surgieron nuevamente, pero esta vez no era una broma sino la luz al final del túnel.

En principio, el Grupo de Trasplantes no aceptó la participación de Luzetty como donante, porque era un pariente no relacionado y la compatibilidad iba a ser muy baja.

Pero mientras Roberto esperaba un donante cadavérico que fuera compatible con él, su función renal disminuía. Ese año nunca se presentó la más mínima posibilidad, ni siquiera hubo un cadáver del mismo grupo sanguíneo. Entre octubre de 2012 y febrero de 2013 la función renal de Roberto pasó de 23 a 19%. Por debajo de 20 es alarmante: prácticamente se estaba envenenando con su propia sangre. Era una carrera contra el tiempo.

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El Grupo de Trasplantes de Colsanitas dio la orden para que Luzetty se hiciera los exámenes. La doctora Yomayusa decidió fijarle fecha al procedimiento.

Cada vez que salía bien el resultado de un examen, Luzetty era muy feliz. Primero porque estaba sana y, segundo, porque la posibilidad de ser donante iba aumentando:

—El Grupo de Trasplantes de Colsanitas tiene un protocolo muy estricto con los donantes vivos. Parten del principio de que el donante vivo tiene un interés detrás de su gesto. Por eso, en las entrevistas con psiquiatras y psicólogos te hacen preguntas aparentemente contradictorias, para saber si hay intereses o dudas. Quien no esté seguro se termina de echar para atrás; y si estás seguro, te afianzas aún más. Me decían que podía arrepentirme hasta el último minuto, incluso estando en la sala de cirugía. Si el psiquiatra hubiera dado un concepto negativo de mí como donante, el programa no me habría aceptado —relata Luzetty.

Ella estaba convencida de querer ayudar a su esposo. Le parecía una decisión natural, algo que no tenía que pensárselo dos veces. Incluso se sorprendió con algunas reacciones ante su decisión:

—Para los demás, ser donante está un poco sobredimensionado. Mi familia se lo tomó muy bien. Pero cuando lo dije en la oficina, a mis amigos, se convirtió en un acto de heroísmo, me empezaron a ver como un ser de luz, digna de admiración. La gente me decía que no sería capaz de hacer algo así. Y uno no puede decir eso si no está en la situación. Roberto se iba a morir, y a mí no me iba a pasar nada si vivía con un solo riñón. Esto era un acto de generosidad, sí, pero más que eso era un acto de responsabilidad con la persona con quien uno ha decidido compartir la vida.

Para Roberto, la donación es generosidad y poder ponerse en los zapatos de la persona que está esperando y se puede morir. Por eso, si pudiera, él sería donante. Desde que fue trasplantado es un activo multiplicador de información: —Si estoy en una reunión, hablo de la importancia de donar. Si dos de esas personas donan, ya es ganancia —dice.

Luzetty reconoce que ellos tuvieron la ventaja de contar con familiares médicos y, sobre todo, con el equipo de alto nivel del Grupo de Trasplantes de Colsanitas, que brindó todos sus conocimientos y les dio la confianza para que no tuvieran dudas:

—Yo sabía que no me iba a pasar nada, que iba a seguir con una vida normal. Uno no piensa “me voy a morir”, sino “este hombre va a vivir”. A esas familias con pacientes renales les digo que tienen la fortuna de poder salvar una vida siendo donantes vivos. Poder ser donante vivo es una suerte y hay que aprovecharla. Falta que se documenten, que pregunten. Esto tiene que volverse algo obvio y natural. Yo no hice una obra de caridad: para mí la gratificación es ver a Roberto con vida, sano. Uno tiene dos riñones para poder donar uno. Es que si no, ¿para qué Dios nos da dos riñones?

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