Un teatro para todos

Por: / Fotografía : Nicolás Rocha Cortés / Abril 2018

La restauración del Teatro Colón de Bogotá tardó seis años y costó cincuenta mil millones de pesos. Hoy quiere mostrar todo su esplendor a quien quiera visitarlo.

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n la calle Décima abajo de la carrera Quinta, en pleno centro de Bogotá, se encuentra una de las obras arquitectónicas más destacadas de Colombia. Está ubicada sobre lo que fue el Teatro Maldonado y el Coliseo Ramírez, frente al Palacio de San Carlos, en una calle de adoquín rojizo y desgastado, custodiado por las iglesias y las casas del centro histórico de la ciudad. Un monumento al que la élite asistía vestida de pieles y corbatín de seda a presenciar las grandes óperas y orquestas sinfónicas que llegaban de medio mundo.

El Teatro Colón, obra del arquitecto italiano Pietro Cantini, se mantiene imponente desde que fue erigido por orden del presidente Rafael Núñez. La primera piedra se puso un mes antes de que terminara una de las tantas guerras civiles colombianas del siglo XIX, en octubre de 1885, y la construcción tardó una década.

Fue inaugurado en 1895 con la ópera Ernani, compuesta por el italiano Giuseppe Verdi y basada en una obra de Victor Hugo. Hoy en día, tres años después de su más ambiciosa restauración, que tardó de seis años, abre sus puertas para que todas las personas curiosas puedan descubrir sus secretos, sentir sus espacios y, sobre todo, escuchar su historia.

El Teatro Colón hoy quiere desmontar la idea generalizada de que se trata de un palacio elitista, destinado exclusivamente a la clase alta colombiana, sin obviar la historia que la misma arquitectura cuenta. Manuela Valdiri es asesora de relaciones públicas y de actividades pedagógicas del teatro. Ella dice que si bien la costumbre antigua era asistir al teatro en traje de gala, ahora no es obligación. Agrega que el Teatro Colón es patrimonio nacional y todos contribuimos a que se mantenga así no lo sepamos. Lo mínimo es entonces aprovecharlo, apropiarse de sus muros y sus pasajes o disfrutar de sus funciones. Están intentando programar actividades para todos los gustos y todas las edades, para que nadie se quede sin conocer el Teatro Colón.

También tienen recorridos para mostrar sus más íntimos secretos. Se realizan los miércoles y jueves a las tres de la tarde y los sábados al mediodía. Hay dos guías: Jerónimo, estudiante de filología, y Candelaria, estudiante de danza y teatro. Los dos fueron seleccionados luego de una convocatoria que abrió el Colón, y están dotados de todo el conocimiento y la pasión necesarios para hacer del recorrido una experiencia impactante.

Recorrer el centro de la ciudad significa encontrarse obligatoriamente con un pedazo de la historia. La pintura puede ser fresca, las rejas nuevas y el hormigón resanado, pero su arquitectura no miente. La ornamentación cuenta historias para los que saben escuchar.

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La visita

Son las tres y quince de la tarde y el grupo de personas que esperamos la visita guiada no para de agrandarse. Llegan familias, extranjeros, adultos mayores, varios niños. Jerónimo —el guía— se tiene que presentar por cuarta vez. Pide que apaguemos los celulares y que no nos separemos del grupo.

El recorrido empieza en el foyer, un espacio social con un pronunciado acento francés, al que originalmente tenían acceso solo quienes asistían a la platea y los palcos. Tiene un imponente piano de cola y un sobresuelo de madera remodelado que vio la luz el 23 de julio de 2014. Actualmente, un miércoles al mes a la una de la tarde se realiza Colón Acústico, un evento gratuito donde músicos colombianos muestran su talento en esta sala íntima y bien iluminada.

La cornisa está cubierta por mascarones de dioses griegos y representaciones de las estaciones europeas. En cada sala, al mirar al techo se aprecia algún fresco que hace alusión a las musas griegas, el arte y la cultura clásica. El teatro está dedicado a ellos.

El recorrido continúa por los palcos. Aquel ubicado en el centro, con el escudo de la República de Colombia, con sillas de diferente color a las demás y cintas tricolor que las envuelven, es el Palco Presidencial. Un espacio al que los visitantes ingresan ansiosos con cámara o teléfono en mano para poder inmortalizar su presencia en el lugar, que no supera los tres metros cuadrados. Está destinado a dirigentes y mandatarios que asisten a las funciones.

Jerónimo guía al grupo a la galería del teatro, en el último piso. Para quienes conocieron el Colón antes de su restauración, es evidente el cambio de este lugar. Ya no se llega por un corredor directamente desde la calle; el acceso y circulación dentro del último nivel del teatro son mucho más cómodos.

Lo más icónico de este último piso es la vista de la lámpara Ramelli, llamada de esta manera por el ornamentador suizo descendiente del renacentista Agostino Ramelli, Luigi Ramelli Foglia, quien vivió en Colombia por más de cuatro décadas y cuyo trabajo se puede apreciar en el Palacio de la Carrera, el Templete del Libertador y el Capitolio Nacional. Esta media esfera está construída sobre un armazón de hierro y reemplazó la lámpara clásica, que utilizaba más de doscientas velas para iluminar la sala.

A la lámpara Ramelli la custodian seis musas: Calíope, Clío, Melpómene, Euterpe, Talía y Polimnia. Creadas por las manos prodigiosas de Filippo Mastellari y Giovanni Menarini, estas ninfas, inspiración de hombres y cantoras para dioses en lo alto del Olimpo, amparan todo el teatro desde su centro.

Quizá lo más sorprendente del recorrido es llegar al escenario, un espacio totalmente contemporáneo. De lado a lado hay treinta metros, y de la parte frontal a la posterior, quince. Al alzar la vista se ve todo el sistema de tramoyas, sin sacos de arena ni poleas, pues es un sistema moderno y sistematizado que soporta hasta treinta toneladas. Las bambalinas, la boca de escena, el telón recogido, las sillas rojas, los palcos vacíos, el proscenio, las trampas escondidas: el teatro en su máxima expresión como espectáculo.

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La visita termina cuando, sentados en las sillas rojas destinadas al público, Jerónimo lanza un acertijo sobre el escudo de Colombia, ubicado en lo más alto del escenario.

—¿Alguien me puede decir cuál es el error que tiene el escudo?

Apresurado, un hombre de unos cincuenta años alza la mano y responde.

—El cóndor está mirando el orden, cuando debería ver hacia la libertad. Irónico, ¿no?

Con esta respuesta comienza una ronda de preguntas desde las sillas. Al teatro le caben entre 699 y 745 personas, dependiendo del espectáculo. Las preguntas son de todo tipo, incluso alguien pregunta qué función recomienda el joven estudiante de filología este mes. Es la última pregunta. El guía toma agua de la botella que tiene en la mano, debe tener la garganta seca después de media tarde hablando. Y suelta su recomendación:

—No se pierdan Shakespeare enamorado —dice.

Antes de salir, Manuela Valdiri me da algunas recomendaciones para los lectores de Bienestar Colsanitas y para todos los que quieran visitar el Teatro Colón: programarse; comprar las entradas con tiempo, puesto que tanto los recorridos como las funciones se suelen agotar; llegar puntuales, ya que algunas funciones empiezan a la hora exacta y se cierran las puertas. Pero, sobre todo, Manuela recomienda “venir al teatro como son, no hay necesidad de llegar en traje ni forrados en pieles; vengan en jean, eviten las bermudas y chancletas en la noche, pero vengan relajados y disfruten”.

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El teatro tiene un plan de descuentos y tarifas especiales para niños y adultos mayores, para miembros de las Fuerzas Armadas y estudiantes. También tiene convenios con algunas empresas privadas para descuento en boletería. Recuerde siempre presentar el carné y la cédula a la hora de pagar, y para aplicar los descuentos la entrada debe comprarse en la taquilla física.

Consulte la programación, horarios y tarifas en www.teatrocolon.gov.co

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Etiquetados con: Cultura / Bogotá /

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