Mi glándula tiroides

Por: / Fotografía : Carlos H. Llamas / Diciembre 2017

La autora cuenta cómo afrontó un diagnóstico adverso y un posoperatorio problemático.

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M

i colega de trabajo pasó siete meses tratando de disimular el asquito que le daba la cicatriz que tengo en la garganta. Un día finalmente se animó y me dijo: “Oye, ¿te puedo preguntar algo personal? ¿Qué te pasó ahí?”.

Fuera de la oficina un amigo optó por consolarme muy a su manera: “Tiene onda. Cada día te puedes inventar algo nuevo: que sobreviviste a una puñalada, que te salvaste heroicamente de un accidente”. El colega y el amigo hablaban de la cicatriz en su temporada primavera-verano 2016. Recientemente, invierno de 2017, una prima me dijo: “Nah, si parece una arruga más del cuello”.

Esa cicatriz —que ahora sí parece una arruga más en el cuello, pero que era roja y fea— es el souvenir de una cirugía para extraer un tumor cancerígeno de la tiroides. Uno de mis doctores dice que fue cáncer de tiroides. Y aunque técnicamente tiene razón, he decidido que tuve un tumor con cáncer, no que tuve cáncer, la enfermedad.

Todo empezó en mayo de 2015. Llevaba varios meses con el sistema inmunológico en huelga intermitente: sinusitis crónica, fatiga pronunciada, constipación infernal, desveladas enloquecedoras. Lo que más me costaba era subir escaleras y no quedarme dormida sobre el teclado en la oficina, o parada en el metro.

Hacía un año y medio (desde diciembre de 2013) yo ya tomaba Tiroxin, el remedio para regular mi hipotiroidismo, que es cuando la tiroides es vaga y no produce la cantidad de hormona tiroidea que el cuerpo necesita. Los desórdenes de tiroides son muy comunes en mi familia: mamá, tías y primas, todas tomamos medicamentos para la tiroides. Mi lógica entonces, cuando sentí tanto cansancio, fue asumir que simplemente necesitaba un ajuste en la dosis de Tiroxin.

Cuando el endocrinólogo me examinó, dijo: “Le siento una masa. No hay que alarmarse, pero vamos a revisar qué es”. Acto seguido me hicieron una ecografía. Efectivamente, tenía una bola parqueada sobre mi tiroides. Al estudiar los resultados de la ecografía, el endocrino me dijo que no le gustaba la textura del borde de la masa, que quería hacer un biopsia.

Esta biopsia consiste en atravesar una aguja gigante desde una zona del cuello a otra. Es impresionante para los que están mirando (como un acto de magia extrema), pero uno como paciente no siente nada. Sin embargo, ahí fue donde se complicó el asunto.

Tras esperar diez días, era hora de llamar para que me dieran los resultados. “Gracias por llamar. Mire, señora Harders, lamento comunicarle que su tumor es maligno. Cáncer”.

Y esta es la parte en la que debo admitir que oír esa palabrita, cáncer, es feo. Llanto, preocupación con sabor a miedo, todo como en las películas. Sentí unas ganas inmensas de nunca quererme morir y de no poder controlar la angustia.

“Entiendo que esté alterada, señora Harders. Pero por favor, quiero que sepa que esto no es una sentencia de muerte. La cirugía extraerá el tumor, las probabilidades de recuperarse están muy a su favor”.

Me demoré varios días en procesar esta conversación. Iba a la oficina como un zombie y por las noches, cuando dormía, me soñaba que el tumor crecía y se me salía por la boca para rellenar todo el cuarto, toda mi vida.

La cirugía fue el 4 de agosto de 2015. Antes de ponerme la anestesia general el cirujano me explicó: “Vamos a extraer la tiroides entera porque su tumor es bastante grande. Ahora, quiero que sepa que si veo que hay alguna señal o algún riesgo de cáncer en los ganglios linfáticos, saco más. Eso solo lo podré ver durante la cirugía”.

Y así me durmieron y operaron. Mi próximo recuerdo es el de verle la cara al cirujano y preguntarle: “¿Sacó los ganglios?”. Me contestó: “Todo salió muy bien. Sí, los saqué y mañana tendremos las biopsias”. Sacó todo, pensé. ¿Eso querrá decir que había más cáncer? Me empecé a inquietar. Me dieron morfina y caí en la almohada.

El final feliz de este primer episodio es que las biopsias salieron “limpias”, así me dijeron, y que el cáncer estaba encapsulado. Me salvé de cualquier quimioterapia y, de hecho, hasta me salvé de la radiación con yodo post-cirugía. Mis cuerdas vocales tampoco se vieron afectadas. Un día después de la operación salí del hospital. Cuatro días después ya comía sólido. Una semana después me quitaron los puntos, y un mes después me empezaron la terapia de reemplazo de hormonas.

Durante los siguientes seis meses el cirujano revisó que por dentro no se hubieran creado queloides, una dermatóloga me inyectó mil veces esteroides en la herida para bajar la hinchazón (eso sí duele), el endocrino encargó exámenes de sangre cada mes para verificar que no fuera a haber señales de cáncer y para regular la medicación. Todo bajo control.

Pero yo, desbaratada. ¿Qué clase de persona hay que ser para quejarse después de haberse salvado de hacer quimioterapia, de tener cáncer, la enfermedad? Hay que ser la clase de persona a la que le sacaron la tiroides, esa central de operaciones de toditas las hormonas.

Es verdad, lo admito y ya no me da pena: me deprimí terriblemente después de haberme salvado de un cáncer. Para completar, sentía culpa por estar deprimida. Todo el mundo llamaba a felicitarme, me decían que qué alivio, y yo lloraba. Lloraba en la oficina, en la mitad del día, a las tres de la mañana, en la calle, con amigos, con extraños. En retrospectiva, creo que fue un coctel de locura hormonal y una reacción retrasada a la angustia.

Mientras tanto ocurría otro cambio más superficial, pero igual maluco. Me inflé y engordé. Como me habían advertido de esta pesadilla, me dediqué a comprar solo vegetales, a cocinar en casa y a hacer ejercicio al menos cuatro días en la semana. Yo sé que si hubiera tenido tiroides me hubiera bajado como diez kilos. Pero como no tenía tiroides, pasó lo contrario: me engordé siete. Por supuesto, esto no ayudó ni un poquito con la depresión. Yo sé, es absurdo estresarse por siete kilos cuando la otra opción era cáncer. Pero nadie dijo que el proceso interno iba a ser lógico.

Los meses pasaban y yo me hundía en la paradójica dinámica de vivir con sueño pero sufrir de insomnio, de comer poco y hacer mucho ejercicio pero engordar. De ñapa, también se me empezó a caer el pelo.

Y de repente, lo malo mejoró. Así como apareció, se fue desvaneciendo. Hoy en día ya no siento esa enorme tristeza y ya no lloro en medio de una reunión laboral. Mis chequeos son cada cuatro meses. Por un lado soy feliz de que me estén monitoreando. Además, hasta la fecha solo me han ido incrementando la dosis de Synthroid (la nueva pepa más poderosa que tomo ahora, a diario 150 mg), cosa que me ha ayudado a perder peso y a no vivir en estado perpetuo de somnolencia. Pero por otro lado da sustico, porque uno siempre piensa en viejos fantasmas.

La recuperación es un proceso de paciencia, sobre todo con uno mismo. Ese tumor con cáncer que me sacaron me llevó a entender mis prioridades. Y hablando de prioridades, el regalo más grande que me dio toda esta debacle fue sentir tanta comprensión y tanto amor de mis papás y mi esposo. Cada vez que necesito sentir ese amor, me toco mi cicatriz.

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