Cómo hablar en familia de sexualidad

Por: / Ilustración: Jorge Tukan / Marzo 2019

Lo primero es no confundir sexualidad con sexo. La sexualidad determina cómo nos entendemos a nosotros mismos en relación con los demás, y nace en casa. La segunda es apenas un pequeño momento de la primera.

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uando tenía quince años, o algo así, mi papá me recogió de una fiesta en la que conoció a A., la niña que me gustaba entonces. En el camino me dijo: “Yo juraba que a ti te interesaba D.”, y seguimos hablando del tema. Al llegar al barrio no parqueó en el conjunto, sino frente a una tienda de borrachos por ahí cerca y me invitó a tomar una gaseosa. Esa fue la primera vez que conversamos abiertamente sobre relaciones. No fue incómodo y no tuvimos que hablar de sexo; simplemente de lo que significa estar acompañado por otros.

La sexualidad es todo lo que nos genera placer, señala Olga Albornoz, psiquiatra infantil y juvenil. Y continúa: “La sexualidad genital es uno de los tipos, pero hay sexualidad en cada demostración de afecto”. De tal manera que hablar de sexualidad es hablar de amor. No solamente porque esa es la materia que la compone, sino porque para hacerlo es necesaria esa muestra primigenia de cariño que es la conversación. Cuando tenemos tres o cuatro años y nos preguntamos porqué nuestro cuerpo es así y no de otra manera estamos dialogando con nosotros mismos y con nuestro mundo cercano: intentamos entendernos en relación con el otro. Así es desde entonces y para siempre. Nos hacemos preguntas que lanzamos al aire con la esperanza puesta en que alguien más las ataje, las solucione, o simplemente las replique. Buscamos entendernos y construirnos desde nuestro cuerpo, ese primer bastión del querer. 

—¿Cómo se habló de sexualidad en su casa? —le pregunto a Ángela.

—En mi casa el tema se suprimía y eran más las preguntas que se generaban por lo que no se sabe, por lo que no se dice, por lo que no se habla y por lo que no se toca —recuerda—. En dónde yo crecí las personas se encontraban descubriendo su cuerpo, su sexualidad e incluso su paternidad de un momento para el otro. Todo era un hallazgo.

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El asunto respecto a los cuerpos es que casi toda pregunta encuentra una respuesta. Lo ideal sería que esta viniera de nuestro círculo más cercano de confianza y experiencia: aquellos que asumieron la responsabilidad de la crianza. Deberían ser ellos por ser a quienes conocemos –y nos conocen– desde más temprano y con quienes establecemos nuestro primer vínculo de comunicación. “Desde la cuna hay que crear un ambiente de naturalidad alrededor del tema, porque, finalmente, es el más natural de todos”, explica Albornoz. Hablar de sexualidad se fundamenta en que un niño pueda preguntar y la persona a cargo esté en la capacidad de responder. ¿Por qué las niñas, y los niños no? Por esto. ¿Por qué a veces en el cachete y a veces en la boca? Por esto. ¿Por qué los dos perritos? Por esto. De manera simple, sin alarmas de pánico sonando alrededor, sin escándalo ni moralismos.

Daniela otra entrevistada recuerda que en su casa la sexualidad era más una imposición que un diálogo. Para sus papás, si vestía con faldas cortas era puta y con faldas largas, monja; si al final del día no había recibido un piropo en la calle era porque estaba fea, como si su cuerpo estuviera para otro:

—Yo creo que gracias a la lectura aprendí a cuestionarles todo, pero como no me daban respuestas empecé a cuestionarme a mí misma: ¿qué pasa si esto no es así? En últimas, me encontré a partir de sus silencios.

Cuando la sexualidad se confunde con educación sexual suelen entran en juego valores culturales, sociales y religiosos que convierten una conversación de dos en una conferencia comunitaria. El problema con ello es que todos hablan al tiempo o que al final ninguno dice nada. De este siglo se espera que la sexualidad esté un poco más allá de la norma, es decir, que no dependa de juicios de valor. Según vamos asumiendo y entendiendo nuestro cuerpo, vamos construyendo nuestra identidad: una forma de vestir, de caminar, de tomar un espacio. Y, en principio, ninguna de esas manifestaciones está errada; no hay un caminar perfecto. El diálogo entre dos posibilita que al momento de asumir un lugar reconozcamos en él a ese otro con el que charlamos. Lo entendamos en su propia forma de ser y estar. No lo violentemos.

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El objetivo es enseñar que, aunque el otro no piensa como yo, no está equivocado. Ahí está el germen de la inclusión, la tolerancia, la empatía y el cuidado”.

—En términos generales, en mi casa no había a quién preguntarle —explica Mario—. Pero sí creo que desde entonces hace falta educar mejor en respeto, sobre todo a los hombres, que con más frecuencia violentan la sexualidad de otros. 

Según el Instituto Nacional de Medicina Legal, entre enero y diciembre de 2018, fueron realizados 22.304 exámenes medicolegales por presunto delito sexual a mujeres, frente a 3.755 a hombres; o reportados 42.285 casos de violencia de pareja a mujeres, frente a 6.850 a hombres. Seis veces más. Esto para decir que hablar de sexualidad también es hablar de respeto, esa otra manifestación del amor. Y este se transmite principalmente mediante el ejemplo en casa; sin ejemplo el camino es mucho más largo e incierto. El objetivo es enseñar que, aunque el otro no piensa como yo, no está equivocado. Ahí está el germen de la inclusión, la tolerancia, la empatía y el cuidado. Entender el cuerpo es aprender a cuidarlo. Entender mi cuerpo es poder ver sus diferencias con respecto a otro: aquel no es un espejo que me refleja a mí sino un cristal frágil que proyecta algo más allá, al otro lado.

—En mi casa aprendí que la base de la sexualidad es el respeto por el cuerpo: por el mío, el de los demás, y las diferentes maneras de generar de él un espacio de la representación de lo que soy —cuenta Alejandra.

¿Qué pasa cuando la persona a cargo no está preparada para manejar las preguntas del niño? ¿Qué pasa cuando el niño va creciendo y sus interrogantes evolucionan sin respuesta? La curiosidad se abre camino: ya vendrán los amigos –que atraviesan la misma etapa– e Internet. Ambos llevaran de una u otra forma a la pornografía. Al respecto vale decir que siempre será una pésima profesora. Además de limitar la sexualidad al sexo, normalmente reproduce relaciones que violentan el cuerpo mismo, especialmente el femenino, claro.

El psiquiatra Juan Diego Barrera explica que allí, en el porno, “no está la sexualidad real que vivimos las personas: una que habla de confianza, cariño, placer. El niño o el adolescente probablemente va a vivir una sexualidad muy frustrada al no poder hacer lo que ve en la pantalla”. A lo mejor la pornografía está más cerca a la ciencia ficción que al erotismo.

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—Como papá me toca ser más directo y frentero porque lo que no le diga a mi hija, el Internet y la televisión sí lo harán. La idea es evitar que ella se confunda —cuenta Andrés.

Y ser frentero significa ser honesto en las diferentes etapas de autoconocimiento del niño que camina a la adultez. “Con las columnas bien formadas –esto es: cariño, respeto–, la sexualidad genital será maravillosa, si no están bien formadas va a ser una ruina, como cualquier edificio” aclara la doctora Albornoz. El cuerpo tarde o temprano sentirá deseo por acercarse a otro cuerpo. Por ser amante y ser amado. Entonces vendrá la instrucción sexual –métodos anticonceptivos, por ejemplo– como un tema complementario. Sin embargo, aquí es donde la mayoría nos ocultamos por temor a revelarle a esa figura a cargo el inicio de nuestra vida sexual. Es decir, donde nace la culpa.

 —Cuando mi familia abordó temas como el cuerpo o los métodos anticonceptivos, yo ya los conocía por medio de amigas —confiesa Leidy—. En eso se quedaron cortos mis papás.

Vivir la sexualidad con culpa es vivir una sexualidad reprimida: habitar un edificio con las luces apagadas y pocas veces visitado. “La confianza es una construcción”, explica Barrera. “Y la comunicación, acerca de cualquier tema, se basa en la confianza”. Aunque en mi casa siempre estuvo presente el diálogo, yo nunca fui de compartir muchas palabras. Y es probable que si aquella noche mi papá no hubiera hablado conmigo en la tienda de borrachos, yo no hubiera recurrido a él años más tarde cuando llegó L. y me invitó a compartir su espacio. A encender juntos la luz de cada habitación que habito.

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