Piedad Bonnett, una vida escrita

Por: / Fotografía : Pablo Salgado / Febrero 2019

Profesora de literatura durante tres décadas; autora de cuatro novelas, ocho libros de poesía y cinco obras de teatro, Piedad Bonnett ha dedicado la vida a contagiar su amor por el lenguaje y el poder de las palabras.

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los cuatro años leía y recitaba abriendo las manos como le había enseñado su mamá. A los cinco, atravesaba la plaza de Amalfi, en Antioquia, para ir a la tienda de Marucha y alquilar libros, que devoraba a solas en su habitación. A los seis empezó a leer El tesoro de la juventud y ya había sido seducida por la musicalidad de las palabras. A los diez escribió sus primeros poemas, y a los 13 descubrió que los versos que llegaban a su cabeza eran un antídoto contra la soledad y la tristeza que sentía en el internado de monjas en Bucaramanga, adonde la habían enviado sus padres por “indisciplinada y rebelde”. A esa edad empezó a dudar de ese dios compasivo y castigador al mismo tiempo. Entendió que leer y escribir era lo único que la podía salvar del desamparo.

A los 16, supo que quería ser escritora, porque quería producir con sus libros la misma felicidad que ella sentía al leer, por ejemplo, Crimen y castigo. Nunca dejó de escribir porque a menudo la poesía fue también oxígeno, el espacio para desfogar insatisfacciones y tristezas. Su primer libro lo publicó a los 39 años, cuando ya había ganado algunos premios: De círculo y ceniza (1989) recibió mención de honor en el Concurso Hispanoamericano de Poesía Octavio Paz y fue el primero de los ocho que ha escrito. Su segundo libro de poemas, Nadie en casa (1994), ganó el Premio Nacional de Literatura.

Aunque siempre se ha sentido más poeta que narradora, se atrevió a experimentar con la novela, y ha escrito cuatro. En la más reciente, Donde nadie me espere (2018), Bonnett explora esa soledad infinita, las ansias de libertad, la pregunta: ¿qué hace que una persona inteligente, capaz, quiera dejarlo todo y salir a vagar para encontrar su lugar en el mundo? También ha escrito cinco obras de teatro y es columnista de El Espectador.

Su libro más conocido, Lo que no tiene nombre (2013), con más de 15 ediciones en Colombia, es un testimonio sobre la lucha que libró su hijo Daniel frente a la esquizofrenia. Es también el relato del duelo, no el que empezó con la muerte sino con el diagnóstico, diez años antes; de las reflexiones acerca del suicidio y los diálogos literarios que acuden a la autora mientras vivió esa experiencia. Con esta obra puso a prueba su vocación y su credo sobre la literatura: narrar esa intimidad sin sentimentalismo o autocompasión. La escritura fue sanadora, sí, pero quien narra no es una madre desolada sino una escritora potente usando las palabras en todo su rigor. Este libro le ha permitido llegar a un lector inesperado, con quienes ha establecido una conexión entrañable y dolorosa.

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De su novela Lo que no tiene nombre siempre ha destacado lo que vino después, el contacto con los lectores…

El grupo de lectores más grande y que más me da respuesta son los de Lo que no tiene nombre. Porque es gente que no ha leído nunca nada pero leyó ese libro; eso me contacta con una persona muy por fuera de la literatura, fuera de los cánones del lector, que se conectó con ese libro por la historia. Mucha gente me habla de la manera en que lo escribí, cosa que me satisface mucho. Son públicos muy distintos y eso me hace sentir que irradio hacia muchos lados. Y eso me da mucha vida y energía para seguir haciendo cosas. 

¿Mantiene contacto con esos lectores?

Eso lo vivo de manera problemática porque es muy agobiante porque no ha cesado desde que se publicó la novela en 2013. Me cuentan historias muy dolorosas y me veo obligada a contestar porque son personas que están sufriendo y me parecería de una insensibilidad total no responder. Entonces respondo corto pero nunca contesto una formalidad. Me escriben personas con ideas suicidas, enfermas, o mamás agobiadas… llevo un peso adicional, el dolor de los demás.

¿Hay alguna de esas historias que la haya marcado?

La última novela está muy basada en una de esas cartas. Tengo muchas cartas de muchachos de 20, 22 años, divinamente escritas. Tuve una correspondencia larga con un muchacho con esquizofrenia y paranoia, de una inteligencia, de una sensibilidad y de un dolor… porque está desconectado del mundo, tiene miedo de salir. Gabriel, el personaje de Donde nadie me espere, dibuja y eso lo saqué de un muchacho que me decía que se subía a la terraza y dibujaba todas las hojitas del jardín y que eso era muy consolador.

A partir de la publicación de esa novela usted empezó a hablar en sus columnas y otros medios de enfermedad mental. ¿Cómo podemos hacer, como sociedad, para empezar a entender la enfermedad mental como algo que está en todas partes, sobre todo en estos tiempos?

La lucha es muy difícil. Pero la forma más fácil de comenzar esa lucha es por el lenguaje. Y el periodismo y los medios tienen mucho que ver. Concientizar a las personas de que esa población merece ser nombrada con respeto: no es “un esquizofrénico”, sino “una persona con esquizofrenia”; es decir, que no toda la persona quede reducida a la enfermedad... Otra cosa que creo importante es que en los colegios se hable de la depresión, de la bipolaridad y de otras enfermedades mentales. Tomar consciencia de que no son monstruosidades sino condiciones que se pueden manejar. Necesitamos que se empiece hablar, que no haya estigmatización, ni autocensura, alrededor de la enfermedad mental.

El personaje de la última novela, Donde nadie me espere, no es propiamente un enfermo mental, y sin embargo transmite una angustia, un desacomodo con el mundo, una soledad muy familiares a las personas en esa condición...

No quise hacer un personaje con una patología tan evidente; no quise que fuera una persona con esquizofrenia porque ya había hecho eso antes, pero sí es una persona que está en un borde. Tengo alumnos que se han conectado conmigo por esa historia. Me cuentan cosas muy dolorosas, tienen incapacidad de socializar o están en el borde de la depresión, no consiguen un empleo o no lo logran ser lo que querían y esos muchachos, en ese borde que no es patológico, pero que sí es preocupante, fueron los que me inspiraron este personaje. Daniel también podía haber sido ese personaje, en un momento dado. El personaje también tiene cosas mías, mis fragilidades de la infancia, de la adolescencia. Y eso que tengo yo y mucha gente, y contra lo que se lucha a diario: las ganas de abandonarlo todo, un cansancio de la realidad cotidiana.

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Tienes que ser feliz. Yo aprendí eso con mi hijo Daniel. Cuando él me decía que estaba encerrado en el apartamento en Nueva York, y me decía «tengo que, tengo que, tengo que…», yo le contestaba: «No tienes que ser el primero ni sacar cinco en todo... Ve al parque, camina, sé feliz»”.

Este personaje es muy de esta época, en la que hay mucha presión por ser exitoso, productivo, brillante. Cuánta de esa depresión que vemos en niños y en adolescentes tiene que ver con esas exigencias…

Y la autoexigencia… como que hay un mandato social y uno mismo se exige. El perfeccionismo es una cosa tan destructiva. Yo fui muy perfeccionista, hasta casi enloquecerme, porque me criaron en unas exigencias tremendas. No se usaba en ese entonces aprender de muchas cosas como ahora, afortunadamente. Pero en el colegio tenía que ser la mejor. Esas cosas tan estúpidas de ponerte a competir contigo mismo.

Es un delicado equilibrio entre ser exigentes, como parte de la tarea de educar a los hijos, y ser relajados para no generarles ansiedad...

Tienes que ser feliz. Yo aprendí eso con mi hijo Daniel. Cuando él me decía que estaba encerrado en el apartamento en Nueva York, y me decía “tengo que, tengo que, tengo que…”, yo le contestaba: “No tienes que ser el primero ni sacar cinco en todo... Ve al parque, camina, sé feliz”. A los veintipico de años uno tiene que ser feliz. Y a los 50. Y a los cinco, ni se diga.

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¿Qué cosas de la crianza que recibió no quiso repetir con sus hijos?

Cantidades de cosas. El autoritarismo. Es decir, nada que sea irracional. Eso de “tú no vas porque no vas”. La religión exacerbada, la idea de un dios castigador. La idea de un orden absoluto, sin cierto espacio de relajación. Quise que mis hijos jamás se vieran obligados a mentirme. No sé hasta qué punto logré eso. A mí me criaron de una manera muy horrible en la memorización y en la prohibición de poner las cosas en entredicho. Quise que mis hijos tuvieran claridad sobre la sexualidad muy temprano, que tuvieran sus propias elecciones, quise hacer individuos libres, reflexivos y responsables y creo que lo logré con los tres.

En algunas entrevistas usted se precia de haberse enamorado de la musicalidad del lenguaje y la poesía desde que estaba muy chica. ¿Sería conveniente que los niños se acercaran más a la poesía en el colegio?

Totalmente. Ahí los maestros y la educación contemporánea tienen una falencia terrible. A mí me tocaron maestros muy imbuidos de la poesía. Era una época en la que todo el mundo recitaba, y uno oía por todas partes la música del habla, el enigma y el significado de las palabras. Leerle poesía a los niños en voz alta, que sientan ese rumor, es importante. ¡Tantas cosas que se pueden hacer con el espíritu de las personas a través de las palabras! Vivimos en el mundo de la literalidad, estamos muy alejados del lenguaje simbólico. Aplastamiento de la imaginación, se llama eso.

Usted fue profesora de literatura en la Universidad de Los Andes durante 30 años. ¿Cómo cambiaron los estudiantes en esas tres décadas?

Es una pregunta difícil. Yo creo que ahora lo visual y la conexión permanente los tienen completamente atrapados. Están presos de lo inmediato. Eso es aterrador, es un manejo del tiempo completamente delirante y una pérdida del silencio tremenda. No hay silencio en su cabeza para concentrarse en la lectura o en la música de una cierta manera. Pero siempre están esos otros. De 35 estudiantes sabía que cinco o seis eran espectaculares, otro porcentaje grande de gente atenta y amable que esta dispuesta a aprender algo y otro porcentaje de gente que está ahí para tener un título.

¿Qué rescata de esos años en la academia? ¿Extraña dar clases?

Yo fui muy feliz en la universidad. Fui profundamente feliz porque me gusta mucho la gente joven. Y dar clases me daba una energía impresionante, me ponía la adrenalina a mil. Y me fascinó siempre preparar clase, porque dar una clase bien dictada es un acto de amor. Recuerdo a esos alumnos que sonreían cuando descubrían algo, estudiantes que sentían una excitación con el saber. Y eso me gusta, porque yo siempre he sido una persona interesada y motivada por el saber.

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La lectura desde muy temprano fue determinante en su formación pero también en su vida: le mostró que existía un mundo más allá de las 20 calles de su pueblo. ¿Si su mamá no la hubiese iniciado desde tan temprano en la literatura, ésta habría llegado de todos modos?

Pienso que sí, que la literatura me habría llegado, independientemente. Incluso porque mis inicios fueron precarios. No había una gran biblioteca en mi casa, mis papás no eran intelectuales, eran personas letradas para el medio en el que se movían. A mí lo que me llevó a encontrar la literatura, el dibujo, fue la curiosidad, la rebeldía, la insatisfacción, eso me fue abriendo los caminos. La insatisfacción ha sido en mi vida un motor importantísimo. Parezco  muy acomodada a los ojos de los demás pero internamente siempre estoy un poquito desacomodada.

¿Insatisfecha? ¿inconforme? ¿en una búsqueda constante?

Siempre hay una brecha entre lo que tengo y lo que quiero. Que no es ambición, ni son cosas materiales. Sí, la palabra insatisfacción lo dice bien.Creo que el escritor es una persona que está en rebelión permanente con lo que ve, sobre todo en un país como este. Hay un poquito de indignación permanente, no solo con las grandes estupideces sino con la estupidez cotidiana, con la frivolidad, con el conservadurismo extremo. Todo eso produce unos rechazos, y la literatura nace de esos rechazos.

Y más en su caso, que es una escritora que se mueve en tantos territorios: poesía, novelas, teatro, una columna semanal...

También eso lo vivo de una manera inconforme, porque tanta conexión a veces me hostiga horriblemente. A veces quisiera desconectarme. Yo muchas veces sueño, como el personaje de mi última novela, con una casita en una playa con un montón de libros. Esa es una fantasía casi ridícula. Me sueño en aislamiento.

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Creo que el escritor es una persona que está en rebelión permanente con lo que ve, sobre todo en un país como este. Hay un poquito de indignación permanente. Todo eso produce unos rechazos, y la literatura nace de esos rechazos”.

Usted tardó en publicar su primer libro. Apareció después de que cumplió los 39 años. ¿En qué momento se dio cuenta de que lo que escribía merecía ser publicado?

Solo cuando gané premios empecé a pensar que de pronto sí servía lo que yo escribía. A mí me detuvieron para la publicación, primero que era una persona totalmente sumergida en el mundo académico y era muy perfeccionista. Me acostaba tarde preparando clases… era madre de dos niñas… y ese ritmo se fue tornando muy asfixiante. Yo escribía poesía casi para respirar. El primer libro estuve escribiéndolo diez años así, a ratos, cuando podía. Y segundo, era una persona completamente aislada del medio intelectual. Yo era una universitaria y como quería hacer muy bien mi trabajo, estaba concentrada en eso.

Entonces, ¿cómo dio el paso?

Me había ganado premios pequeños. Y me gané uno que era un segundo o tercer puesto. Yo tenía un grupo de estudio donde a veces leía poemas. Allí estaba la decana y cuando se creó el sello editorial de la Universidad de Los Andes, ella me dijo que quería inaugurarlo con ese libro inédito. Si no es por ese gesto de confianza, tal vez nunca hubiera hecho una carrera literaria. Fue una época tremenda de asfixia, entre la domesticidad y la cátedra. La poesía me sirvió para no enloquecerme… pero me estaba enloqueciendo y me empecé a deprimir, porque no podía hacer lo que quería hacer.

Esa es la depresión de la que ha hablado que duró ocho meses…

Sí. Me deprimí por eso y por otras cosas. Vi que tenía un matrimonio burgués, con dos niñas, tratando de hacer que la comida estuviera bien… nunca fui ama de casa. En mí pesaba también esa cosa convencional de la manera como me educaron… pero sumado a la rebeldía. Porque hay mujeres que son solo convencionales, que no se atreven a salir de ahí, pero como yo también era rebelde, entonces se me fue haciendo un nudo interno. Y en un momento dado me deprimí.

¿Cómo desató ese nudo?

Escribiendo. Bueno, además de otras cosas. Empecé con el psicoanálisis pero no me fue bien. Y luego hice análisis no convencional y empecé a mirarme. Y también hice yoga. Esas actividades me sirvieron mucho: el análisis que me destapó otra vez la escritura, me la disparó. Y el yoga me salvó de la depresión. Es que no es solo el trabajo físico, sino de alinearte con tus propios deseos, con tu manejo del tiempo.

Cómo crear ese balance entre la autocrítica y la confianza… Parece algo muy femenino lo de darse duro…

Tengo la idea de que las mujeres nos enseñaron que la profesión es una cosa más de las muchas que hacemos. Nos pusieron unas tareas colosales y eso hace que en el terreno de lo profesional, donde el talento está en juego, tengamos dudas. ¿Cuándo se logra el balance? Cuando el reconocimiento viene de afuera, tanto en hombres y mujeres. Cuando alguien te dice “qué bien lo haces”. Aunque uno siempre tiene susto. Tengo 68 años, muchos premios, y con mi última novela, por ejemplo, no falta quien me hace sentir que no es tan buena, porque el mundo está lleno de esa gente. Pero ya no me dejo derrotar por esa idea. Y no es que piense que sea la mejor, no, sino que hice lo mejor que pude y esa es la apuesta.

En 2016 Editorial Lumen publicó Poesía reunida. ¿Cómo fue la experiencia de leer de nuevo toda su obra poética para la preparacion del libro?

Fue una experiencia tremenda. Los poetas generalmente leemos lo último que hemos hecho, lo que nos parece más novedoso, y casi nos da vergüenza leer cosas viejas. Pero esto fue leer todo desde el comienzo. Lo que más me impresionó fue ver mi propia vida reflejada en la poesía. Me acordé del origen de cada poema, por qué y de dónde salió, cuándo lo escribí. Mientras uno está escribiendo no se da cuenta de las asociaciones y de la cantidad de cosas de las que se libera con la escritura. También sirvió para ver todas las formas de mi insatisfacción. Y mis alegrías, pocas, porque la literatura no se nutre de las alegrías sino de las tristezas.

Encontró alguno que la sorprendiera por lo bueno…

Sí, y también por lo malo. Tengo cuatro o cinco que me dan pena. Y me hice la pregunta de si los sacaba. Y pensé que era deshonesto con el lector, porque ya no era una poesía “reunida” sino “selecta”… o “autocensurada”. Yo todavía leo poemas que me admiran. Porque la poesía nace de un lugar muy oscuro, los poetas tenemos una capacidad de pensamiento simbólico que tiene mucho que ver con el inconsciente, ciertas imágenes se produjeron casi sin darte cuenta. Y cuando eso vuelve, te asombra. Incluso llegas a hacer lecturas distintas de los poemas. Lo que casi no leo son mis novelas. Odio hacerlo. La autocrítica se me pone a mil y sale la maestra, porque yo soy mejor poeta.

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¿Fue difícil optar por la literatura como una opción de vida?

Sí, fue difícil. Tuve dudas entre Bellas Artes y Literatura, pero la intuición me hizo decidir. La lucha fue con mi papá, porque él se opuso. Decía que no iba a llegar a ninguna parte, que iba a ser una fracasada, y yo tuve que imponerme para estudiar una carrera que él creía inútil.

¿Cambió de opinión con el tiempo? Con los reconocimientos, los libros publicados, su carrera académica y su vida literaria...

Nunca reconoció explícitamente que se había equivocado. Lo que pasa es que mis papás son austeros y sobrios en las palabras, el elogio es casi inexistente en mi familia. Mis hermanos son un poco más expresivos, pero hay una cosa muy rara ahí que impide expresar lo que se siente, una cosa como victoriana. Hay muy poca verbalización del afecto. Venimos de una cultura mas seca. Yo soy muy expresiva porque quise contrarrestar eso de mis papás.

¿Ha pensado en escribir su biografía?

Sí, mucho. En este momento me está rondando una idea de una autobiografía cuestionando esta sociedad, más reflexiva y con un poco de humor. Pero no sé si sea capaz, no de escribirla sino porque creo que puedo lesionar a algunas personas.

¿Cómo se imagina la vejez?

Horrible, porque tengo a mis papás viejitos y veo cómo es eso. Me gustaría que el final de la vejez fuera como es ahora, que es el principio.

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