Piedad Bonnett, una vida escrita

Por: / Fotografía : Pablo Salgado / Febrero 2019

Profesora de literatura durante tres décadas; autora de cuatro novelas, ocho libros de poesía y cinco obras de teatro, Piedad Bonnett ha dedicado la vida a contagiar su amor por el lenguaje y el poder de las palabras.

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los cuatro años leía y recitaba abriendo las manos como le había enseñado su mamá. A los cinco atravesaba la plaza de Amalfi, en Antioquia, para ir a la tienda de Marucha y alquilar libros, que devoraba a solas en su habitación. A los seis empezó a leer El tesoro de la juventud. A los 10 escribió sus primeros poemas, y a los 13 descubrió que los versos que llegaban a su cabeza eran un antídoto contra la soledad y la tristeza que sentía en el internado de monjas en Bucaramanga, adonde la habían enviado sus padres por “indisciplinada y rebelde”. A esa edad entendió que leer y escribir eran las únicas actividades que la podían salvar del desamparo.

A los 16 supo que quería ser escritora, mientras leía Crimen y castigo en una tarde de domingo. Afuera brillaba esa luz particular que a veces hay en Bogotá. De pronto tuvo la sensación de que esa era la felicidad, y quiso ser escritora para producir con sus libros la misma sensación maravillosa que ella sintió en ese momento.

Publicó su primer libro de poesía, de los ocho que ha escrito, cuando tenía 39 años. Aunque siempre se ha sentido más poeta que narradora, ha publicado cuatro novelas. También ha escrito cinco obras de teatro, y todos los domingos aparece una columna suya en el diario El Espectador.

Su libro más conocido, Lo que no tiene nombre (2013), con más de 15 ediciones en Colombia, es un testimonio sobre la lucha que libró su hijo Daniel contra la esquizofrenia. Es también el relato de un duelo, no el que empezó con la muerte de Daniel sino con el diagnóstico de su enfermedad mental, diez años antes. La escritura fue sanadora para ella, sí, pero quien narra no es una madre desolada sino una escritora que usa las palabras en todo su rigor.

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De su novela Lo que no tiene nombre siempre ha destacado lo que vino después, el contacto con los lectores…

El grupo de lectores más grande y con el que más he tenido contacto es con los lectores de Lo que no tiene nombre. Porque es gente que quizá no ha leído nunca nada pero leyó ese libro. Eso me contacta con una persona muy por fuera del ámbito literario, fuera de los cánones del lector literario que es el que yo conocía. Son públicos muy distintos, y eso me da mucha vida y energía para seguir haciendo cosas.

¿Mantiene contacto con esos lectores?

Eso lo vivo de manera problemática, porque el contacto no ha cesado desde que se publicó la novela, en 2013. Me cuentan historias muy dolorosas y me veo obligada a contestar porque son personas que están sufriendo, y me parece de una insensibilidad absoluta no responder. Me escriben personas con ideas suicidas, personas enfermas o mamás agobiadas, y yo a todos les contesto… Llevo un peso adicional, el dolor de los demás.

A partir de la publicación de esa novela usted empezó a hablar en sus columnas y otros medios de enfermedad mental. ¿Cómo podemos hacer, como sociedad, para empezar a entender la enfermedad mental como algo que está en todas partes, sobre todo en estos tiempos?

La lucha es muy difícil. Pero la forma más fácil de comenzar esa lucha es por el lenguaje. Y el periodismo y los medios tienen mucho que ver. Concientizar a las personas de que esa población merece ser nombrada con respeto: no es “un esquizofrénico”, sino “una persona con esquizofrenia”; es decir, que no toda la persona quede reducida a la enfermedad... Otra cosa que creo importante es que en los colegios se hable de la depresión, de la bipolaridad y de otras enfermedades mentales. Tomar consciencia de que no son monstruosidades sino condiciones que se pueden manejar. Necesitamos que se empiece hablar, que no haya estigmatización, ni autocensura, alrededor de la enfermedad mental.

El personaje de la última novela, Donde nadie me espere, no es propiamente un enfermo mental, y sin embargo transmite una angustia, un desacomodo con el mundo, una soledad muy familiares a las personas en esa condición...

El protagonista de mi última novela es una persona que está en un borde. Tengo alumnos que se han conectado conmigo por mi novela Lo que no tiene nombre. Me cuentan cosas muy dolorosas, tienen incapacidad de socializar o están a punto de caer en la depresión, no consiguen un empleo o no lo logran ser lo que querían. Y esos muchachos, en ese borde que no es patológico pero que sí es preocupante, fueron los que me inspiraron este personaje. Mi hijo Daniel podría haber sido ese personaje. También tiene cosas mías: mis fragilidades de la infancia, de la adolescencia. Y eso que tengo yo y mucha gente, y contra lo que se lucha a diario: las ganas de abandonarlo todo, un cansancio de la realidad cotidiana.

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Tienes que ser feliz. Yo aprendí eso con mi hijo Daniel. Cuando él me decía que estaba encerrado en el apartamento en Nueva York, y me decía «tengo que, tengo que, tengo que…», yo le contestaba: «No tienes que ser el primero ni sacar cinco en todo... Ve al parque, camina, sé feliz»”.

Este personaje es muy de esta época, en la que hay mucha presión por ser exitoso, productivo, brillante. Cuánta de esa depresión que vemos en niños y en adolescentes tiene que ver con esas exigencias…

Y la autoexigencia… como que hay un mandato social y uno mismo se exige. El perfeccionismo es una cosa tan destructiva. Yo fui muy perfeccionista, hasta casi enloquecerme, porque me criaron en unas exigencias tremendas. Me tocó pelear durísimo con eso, con psicólogo y todo, y me curé. En el colegio tenía que ser la mejor. Esas cosas tan estúpidas de ponerte a competir contigo mismo.

Es un delicado equilibrio entre ser exigentes, como parte de la tarea de educar a los hijos, y ser relajados para no generarles ansiedad...

Tienes que ser feliz. Yo aprendí eso con mi hijo Daniel. Cuando él me decía que estaba encerrado en el apartamento en Nueva York, y me decía “tengo que, tengo que, tengo que…”, yo le contestaba: “No tienes que ser el primero ni sacar cinco en todo... Ve al parque, camina, sé feliz”. A los veintipico de años uno tiene que ser feliz. Y a los 50. Y a los cinco, ni se diga.

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¿Qué cosas de la crianza que recibió no quiso repetir con sus hijos?

Cantidades de cosas. El autoritarismo. Es decir, nada que sea irracional. Eso de “tú no haces tal cosa porque yo lo digo”. La religión exacerbada, la idea de un dios castigador. La idea de un orden absoluto, sin cierto espacio de relajación. Quise que mis hijos jamás se vieran obligados a mentirme. No sé hasta qué punto logré eso. A mí me criaron de una manera horrible en la memorización y en la prohibición de poner las cosas en entredicho. Quise hacer de mis hijos individuos libres, reflexivos y responsables, y creo que lo logré con los tres.

En algunas entrevistas usted se precia de haberse enamorado de la musicalidad del lenguaje y la poesía desde que estaba muy chica. ¿Sería conveniente que los niños se acercaran más a la poesía en el colegio?

Totalmente. Ahí los maestros y la educación contemporánea tienen una falencia grande. A mí me tocaron maestros muy imbuidos de la poesía. Era una época en la que todo el mundo recitaba, y uno oía por todas partes la música del habla, el enigma y el significado de las palabras. Leerle poesía a los niños en voz alta, que sientan ese rumor, es importante. ¡Tantas cosas que se pueden hacer con el espíritu de las personas a través de las palabras! Vivimos en el mundo de la literalidad, estamos muy alejados del lenguaje simbólico. Aplastamiento de la imaginación, se llama eso.

Usted fue profesora de literatura en la Universidad de Los Andes durante 30 años. ¿Cómo cambiaron los estudiantes en esas tres décadas?

Es una pregunta difícil. Yo creo que ahora lo visual y la conexión permanente los tienen completamente atrapados. Están presos de lo inmediato. Eso es aterrador, es un manejo del tiempo completamente delirante y una pérdida del silencio tremenda. No hay silencio en su cabeza para concentrarse en la lectura o en la música.

¿Qué rescata de esos años en la academia? ¿Extraña dar clases?

Yo fui muy feliz en la universidad. Fui profundamente feliz porque me gusta mucho la gente joven. Y dar clases me daba una energía impresionante, me ponía la adrenalina a mil. Y me fascinó siempre preparar clase, porque dar una clase bien dictada es un acto de amor. Recuerdo a esos alumnos que sonreían cuando descubrían algo, estudiantes que sentían una excitación con el saber. Y eso me gusta, porque yo siempre he sido una persona interesada y motivada por el saber.

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La lectura desde muy temprano fue determinante en su formación pero también en su vida: le mostró que existía un mundo más allá de las 20 calles de su pueblo. ¿Si su mamá no la hubiese iniciado desde tan temprano en la literatura, ésta habría llegado de todos modos?

Pienso que sí, que la literatura me habría llegado. Mis inicios fueron precarios: no había una gran biblioteca en mi casa, y mis papás no eran intelectuales, aunque eran personas letradas para el medio en el que se movían. A mí lo que me llevó a encontrar la literatura, el dibujo, fue la curiosidad, la rebeldía, la insatisfacción, eso me fue abriendo los caminos. La insatisfacción ha sido en mi vida un motor importantísimo. Parezco muy acomodada a los ojos de los demás, pero internamente siempre estoy un poquito desacomodada.

¿Inconforme? ¿Rebelde?

Creo que el escritor es una persona que está en rebelión permanente con lo que ve, sobre todo en un país como este. Hay un poquito de indignación permanente, no solo con las grandes estupideces sino con la estupidez cotidiana, con la frivolidad, con el conservadurismo extremo. Todo eso produce unos rechazos, y la literatura nace de esos rechazos.

Y más en su caso, que es una escritora que se mueve en tantos territorios: poesía, novelas, teatro, una columna semanal...

También eso lo vivo de una manera inconforme, porque tanta conexión a veces me hostiga horriblemente. A veces quisiera desconectarme. Yo muchas veces sueño, como el personaje de mi última novela, con una casita en una playa con un montón de libros. Esa es una fantasía casi ridícula. Me sueño en aislamiento.

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Creo que el escritor es una persona que está en rebelión permanente con lo que ve, sobre todo en un país como este. Hay un poquito de indignación permanente. Todo eso produce unos rechazos, y la literatura nace de esos rechazos”.

Usted tardó en publicar su primer libro. Apareció después de que cumplió los 39 años. ¿En qué momento se dio cuenta de que lo que escribía merecía ser publicado?

Solo cuando gané premios empecé a pensar que de pronto sí servía lo que yo escribía. A mí me detuvieron para la publicación, primero que era una persona totalmente sumergida en el mundo académico y era muy perfeccionista. Me acostaba tarde preparando clases… era madre de dos niñas… y ese ritmo se fue tornando muy asfixiante. Yo escribía poesía casi para respirar. El primer libro estuve escribiéndolo diez años así, a ratos, cuando podía. Y segundo, era una persona completamente aislada del medio intelectual. Yo era una universitaria y como quería hacer muy bien mi trabajo, estaba concentrada en eso.

Entonces, ¿cómo dio el paso?

Yo pertenecía un grupo de estudio donde a veces leía poemas. Allí estaba la decana, y cuando se creó el sello editorial de la Universidad de Los Andes, ella me dijo que quería inaugurarlo con ese libro inédito. Si no es por ese gesto de confianza, tal vez nunca hubiera hecho una carrera literaria. Fue una época tremenda de asfixia, entre la vida doméstica y la cátedra. La poesía me sirvió para no enloquecerme… pero me empecé a deprimir, porque no podía hacer lo que quería.

¿Pudo identificar algunas de las causas de esa depresión?

Me deprimí por eso y por otras cosas. Vi que tenía un matrimonio burgués, con dos niñas, tratando de hacer que la comida estuviera bien… y yo nunca fui ama de casa. En mí pesaba también esa cosa convencional de la manera como me educaron… pero como también era rebelde, entonces se me fue haciendo un nudo interno.

¿Cómo desató ese nudo?

Escribiendo. Bueno, además de otras cosas. Empecé con el psicoanálisis pero no me fue bien. Y luego hice análisis no convencional y empecé a mirarme. Y también hice yoga. Esas actividades me sirvieron mucho: el análisis que me destapó otra vez la escritura, me la disparó. Y el yoga que me hacía mover y respirar.

En 2016 Editorial Lumen publicó Poesía reunida. ¿Cómo fue la experiencia de leer de nuevo toda su obra poética para la preparacion del libro?

Fue una experiencia tremenda. Los poetas generalmente leemos lo último que hemos hecho, lo que nos parece más novedoso, y casi nos da vergüenza leer cosas viejas. Pero esto fue leer todo desde el comienzo. Lo que más me impresionó fue ver mi propia vida reflejada en la poesía. Me acordé del origen de cada poema, por qué y de dónde salió, cuándo lo escribí. Mientras uno está escribiendo no se da cuenta de las asociaciones y de la cantidad de cosas de las que se libera con la escritura. También sirvió para ver todas las formas de mi insatisfacción. Y mis alegrías, pocas, porque la literatura no se nutre de las alegrías sino de las tristezas.

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¿Fue difícil optar por la literatura como una opción de vida?

Sí, fue difícil. Tuve dudas entre Bellas Artes y Literatura, pero la intuición me hizo decidir. La lucha fue con mi papá, porque él se opuso. Decía que no iba a llegar a ninguna parte, que iba a ser una fracasada, y yo tuve que imponerme para estudiar una carrera que él creía inútil.

¿Cambió de opinión con el tiempo? Con los reconocimientos, los libros publicados, su carrera académica y su vida literaria...

Nunca reconoció explícitamente que se había equivocado. Lo que pasa es que mis papás son austeros y sobrios en las palabras, el elogio es casi inexistente en mi familia. Mis hermanos son un poco más expresivos, pero hay una cosa muy rara ahí que impide expresar lo que se siente, una cosa como victoriana. Hay muy poca verbalización del afecto. Venimos de una cultura mas seca. Yo soy muy expresiva porque quise contrarrestar eso de mis papás.

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