Mi Navidad inolvidable

Por: / Diciembre 2017

Compartir, agradecer, dar, celebrar, reír son los verbos de esta época del año. Invitamos a Mónica Fonseca, Cristina Umaña, Adriana Lucía, Sandra Reyes y sus primos, Beto y Julián Arango, para que nos contaran cómo es la Navidad que más recuerdan.

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Gozar entregando regalos
Mónica Fonseca, Juan Pablo Raba y su hijo Joaquín

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Fotografía: Andrés Oyuela  /  Maquillaje y peinado: Javier Martínez

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De niña tengo los mejores recuerdos navideños. Esas reuniones en familia, con una casa llena de primos y un montón de regalos bajo el árbol. ¡Era la parte más divertida! En mi cabeza se agrupan mil imágenes con la alegría, los cantos, la comida deliciosa, el solo hecho de estar juntos. No puedo olvidar la noche de Navidad en la que me regalaron mi primera bicicleta. Recuerdo que era una BMX roja. ¡En su momento fue una dicha! Sin embargo, siempre gocé más entregando regalos que recibiéndolos. Me hacía feliz ver la cara de la gente cuando recibía un detalle”, dice Mónica, embajadora de tres de las fundaciones más activas de Colombia: Avon, Juan Felipe Gómez Escobar y Natalia Ponce de León.

Para ella, al celebrar la Navidad, el único ritual indispensable es pasar un día armonioso, en tranquilidad, felicidad y agradecimiento, en el que puedan abrazarse en familia, con su esposo Juan Pablo Raba y su hijo Joaquín, y escuchar todas esas historias que quizás durante el año no han podido contarse.

Mónica cuenta que siempre están cambiando de país, sin una casa fija: “Generalmente tratamos de adaptamos a las costumbres del país o la ciudad en la que estemos. Este año, por ejemplo, estaremos en Canadá, así que serán varios días de celebración con diferentes amigos y conociendo nuevas tradiciones”.

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Disfrutar de la familia
Cristina Umaña, Lucas Jaramillo y su hijo Baltazar

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Fotografía: Pipe Yenguas

“Siempre me ha gustado la Navidad. En mi casa nos reuníamos todos, cocinábamos, prendíamos la chimenea, nos dábamos regalos y oíamos ‘Mi burrito sabanero’ y todos esos villancicos clásicos. Nos gustaba hacer la mayor cantidad de rituales posibles. Por supuesto, cada vez es más difícil hacer cenas tan numerosas, porque muchos hemos emigrado”, dice Cristina, quien desde hace unos meses regresó a vivir a la Ciudad de México, un lugar que la ha recibido en más de una ocasión para hacer series tan potentes como Capadocia. “México es una buena base para Lucas y para mí, tenemos grandes amigos, buenas relaciones, y Baltazar va a un colegio espectacular. Además preparo tres proyectos que se estrenarán en 2018”, cuenta la actriz.

“Recuerdo mucho las navidades en Ibagué, cuando era adolescente. Ya vivía en Bogotá, entonces me encantaba que fueran las 12 de la noche, comer con mi familia y salir corriendo a encontrarme con todos mis amigos. También me acuerdo mucho de una Navidad en Suesca, que pasamos acampando en la montaña. Mi mamá todavía no había construido su casa, así que dormimos en carpa y pasamos toda la noche viendo estrellas y conversando. Fue increíble”, recuerda.

Y resalta una de sus celebraciones inolvidables: “La Navidad de hace tres años, la última de mi abuela, fue especial. Ese día llegaron mis primos y mis tíos de Estados Unidos y estuvo casi toda la familia. No hicimos nada raro, pero lo extraordinario era poder estar juntos”.

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Una noche para reír
Sandra Reyes y sus primos, Beto y Julián Arango

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Fotografía: Pablo Salgado   /  Asistentes: Manuel Pabón y Jorge Magallanes

Lo que ha unido a Julián, Beto y Sandra, además de la relación de primos, ha sido la complicidad y las ganas vitales de reírse. “Quizás porque a veces la vida es dura o simplemente porque así somos”, dice Sandra. “Lo nuestro siempre ha sido mamar gallo desde que nacimos”, remata Beto.

Crecieron montando a caballo en la finca del papá de Sandra en Ubaté, dibujando juntos en los Painting Party que inventaron y recuerdan que tal vez quien primero les inculcó el gusto por imitar personajes fue su abuela franco-alemana, Tony (Antonia Margarita Enriqueta), a quien le fascinaba verlos probarse sombreros y pelucas y ensayar acentos.

“Pero nuestro papá también era ‘mamagallista’. En Navidad, a él le gustaba enfundarse en una de las pijamas de mi abuela, pintarse el bigote hitleriano y dar un discurso en un idioma que parecía alemán”, cuenta Julián.

“Yo era mucho más pequeña —dice Sandra— pero recuerdo bien que en las novenas, nos reuníamos todos en la casa de mi abuela. Me acuerdo que ella hacía unas nueces deliciosas, pero sólo las podíamos comer el 24. Luego, en algún momento de esa noche, terminábamos todos clamando a Beto y a Julián para que hicieran cualquier cosa y nos hicieran reír. Y ellos se paraban y sacaban algún show improvisado pero tremendo, en el que componían coplas para los asistentes o duraban horas entreteniéndonos con una inagotable cadena de chistes”.

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Hacer feliz a alguien 
Adriana Lucía, Felipe Buitrago y su hijo Salomón

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Fotografía: Pablo Salgado   /  Asistente: Manuel Pabón

La cantante recuerda una Navidad especial cuando tenía ocho o nueve años: “Fuimos a un barrio que yo no conocía en mi pueblo, Santa Cruz de Lorica. Allí visitamos a una señora que estaba acostada porque no podía caminar; muchos años atrás había quedado paralizada completamente y lo único que podía mover era la cabeza. Recuerdo que la imagen me golpeó y no podía dejar de pensar en lo triste que me parecía aquello. Ella nos agradeció por haber ido a su casa a cantar villancicos y celebrar la Novena. Cuando ya nos estábamos despidiendo le pregunté: ‘¿usted hace cuánto no sale de la casa?’ y ella me respondió: ‘no puedo recordar hace cuántos años salí de aquí, ha pasado mucho tiempo’. Los adultos me explicaban que su cuerpo había quedado paralizado y era imposible sentarla. Esperé que todos se fueran y le susurré al oído: ‘no se preocupe, que esta Navidad tendrá su mejor regalo’”.

Adriana Lucía llegó a su casa con la mente revolucionada y le preguntó a su madre acerca de esas camillas artesanales que se acostumbran en los pueblos (hechas de lona y madera) y la posibilidad de tener una. Conseguió una donde pudieron acostar a la señora para pasearla por todo el pueblo, mientras los niños cantaban canciones de Navidad a su alrededor. “Ella estaba feliz, todos estábamos felices porque en aquella Navidad nos dimos el mejor regalo. Supimos para siempre que la Navidad no sólo es una época del año, es también la posibilidad de hacer feliz a alguien, de confirmar que la música es un arma poderosa que sana, acompaña, conmueve a la gente; que el festival, nuestro patrimonio cultural, también nació en diciembre y que las mejores cosas de mi vida siempre pasaron en el amanecer”.

Hoy celebra la Navidad junto a los suyos. “La familia siempre ha sido mi tesoro más precioso. Felipe y Salomón son mi mejor regalo y cada Navidad damos gracias a Dios por tanto amor, por lo bueno y lo malo que nos ha sucedido, pero especialmente le pedimos a Jesús que nazca en nuestro corazón, que siempre ponga melodías nuevas en nosotros para hablarle al mundo de su inmenso amor”.

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