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escuela de fútbol

El último gol: lo que me enseñó la escuela de fútbol de mi hijo

Ilustración
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El fútbol de mi hijo se convirtió en un aprendizaje sobre todo lo que rodea el mundo del deporte y la comunidad.

El último día en la escuela de fútbol de mi hijo, los profesores organizaron un torneo pequeño que jugamos papás y niños. Yo llevaba mucho tiempo sin tocar un balón; el fútbol nunca ha sido lo mío. A pesar de que ya pasé de los 40 años y mantengo una dolencia leve pero constante en la rodilla derecha, volver al ejercicio hace un tiempo me sirvió para evitar el ridículo en la cancha. Así que esa mañana jugamos unos partidos relajados y divertidos, con cierta nostalgia de fondo, pues sabíamos que era la última vez juntos. 

Siempre pensé que la afición de mi hijo por el fútbol sería una moda pasajera. Antes de matricularlo en la escuela del barrio, habíamos probado con el tenis, el baloncesto y el taekwondo. A todos los descartó pronto. Por eso, cuando llegamos al fútbol, estaba convencido de que la historia iba a repetirse. Aquellas primeras oportunidades en las que asistimos a los entrenamientos, y luego al primer torneo, me sorprendió lo serio que se tomaban el tema muchos padres, quienes les gritaban a sus hijos desde el costado de la cancha y los presionaban por ganar un balón o correr más. Por esa época escribí en una revista sobre la importancia que muchos padres le dan al hecho de ganar a toda costa, con tan mala suerte que uno de los profesores la compartió en el grupo de WhatsApp de la escuela. Ninguno dijo nada, pero estoy seguro de que más de uno me miró con recelo. A nadie le gusta sentirse juzgado.

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Los entrenamientos se hacían todos los sábados y domingos en las mañanas. Mi esposa y yo compramos una sillita plegable y nos turnábamos para llevarlo; cuando me tocaba a mí, me sentaba a un costado de la cancha con un libro entre las manos mientras miraba de reojo a los niños jugar. El resto de los papás se hacían al otro lado y yo los veía conversar sin demasiado interés por unírseles. ¿Para qué? Más pronto que tarde mi hijo nos diría que ya se había cansado también del fútbol. Cuando terminaba la hora y media del entrenamiento cerraba el libro, recogía la silla y regresaba con mi hijo a la casa. 

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En contra de lo que esperábamos, el interés de Emilio en el fútbol fue creciendo con el pasar de los días. Pidió guayos, canilleras y uniformes, y pronto las camisetas de un par de equipos europeos que le gustaban pasaron a convertirse en su única vestimenta posible. Empezó a entrenar entre semana y a ver en YouTube videos de sus equipos preferidos. Mi esposa y yo no dejábamos de preguntarnos de dónde habría sacado esa afición, pues jamás hemos sido hinchas y es muy raro que en la casa se prenda el televisor para ver un partido. 

La primera vez que asistimos a un torneo, el equipo quedó eliminado de las finales. La escuela del barrio a la que lo habíamos metido tenía otra categoría de su misma edad que arrasaba en todos los partidos y torneos, y el equipo de mi hijo era considerado la "B", lo que en el argot futbolístico vendría siendo una especie de "suplencia". Yo no lo tomaba demasiado en serio; al final, lo importante era que él hiciera deporte y que empezara a interiorizar todo lo que este podría enseñarle para la vida: tolerar la frustración, jugar en equipo, perseverar para alcanzar ciertos logros y toda esa larga lista de cualidades que conocemos de sobra. 

Pero algo empezó a cambiar en 2024.

De un momento a otro, la pasividad de otros días fue quedando atrás. Nunca he presionado a mi hijo para que juegue mejor, ni se me ha ocurrido contradecir las órdenes que les da el técnico, ni mucho menos le he exigido que debe ganar a cualquier precio; al contrario, suelo repetirle que, independientemente del resultado, lo importante es que haga siempre su mayor esfuerzo. Que ganen o pierdan es otra historia. Como sea, verlos mejorar poco a poco y empezar a obtener resultados en los torneos hizo que algo cambiara: era imposible no emocionarse con los goles, ni gritarlos como si fuera la final de una copa del mundo, ni sentir un dolor en el costado cuando los veíamos llorar luego de una derrota apretada. El compromiso de los niños fue convirtiéndose en un compromiso silencioso de los padres. 

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Ya no eran un montón de niños tratando de patear un balón. Eran, al fin, un equipo. Una vez entendimos que el fútbol no iba a resultar una pasión pasajera, empezamos a mirarlo desde otra óptica. Dejé de sentarme solo en un costado de la cancha y comencé a acercarme a los demás padres, empujado por mi esposa. Socializábamos con conversaciones que giraban en torno al tema de los hijos, y poco a poco nos fuimos integrando. Emilio dejó de ser defensa y pasó a ocupar el puesto de volante, y el cambio hizo que se animara mucho más en los partidos. Jugaron un segundo torneo. Por primera vez, alcanzaron una final de la "Copa Plata", disputada por los equipos que terminan en la parte baja de la tabla luego de jugar una liga de todos contra todos.

 El 2025 llegó con la noticia de que este sería el último año de los niños en la escuela del barrio. Estaban haciéndose cada vez más grandes y, por eso mismo, los que quisieran tomar el fútbol con mayor seriedad necesitaban una escuela que les diera mejores fundamentos, tuviera canchas de verdad (no una parte del parque público del barrio) y los entrenara con otros niños de mayor nivel. Nuestro hijo había aprendido a querer sus días en la escuela, pero también tenía claro, desde hacía un buen tiempo, que no deseaba ser un deportista profesional. Así que la noticia resultó triste para toda la familia. ¿Qué íbamos a hacer ahora? ¿Buscar una escuela más formal que le exigiera un mayor compromiso de horas y lo presionara para tomarse en serio su papel en la cancha? ¿Y dónde quedaría la diversión? 

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 “La escuela nos hizo cambiar a todos. A los niños los formó en muchos sentidos, y a mí en particular me enseñó a ser más flexible, a abrirme un poco y a disfrutar de aquello que, como el fútbol, había dejado de gustarme”. 

Los torneos habían exigido tanto de nosotros como de los niños. Llevarlo a jugar un sábado en una cancha en las afueras de Bogotá implicaba programar casi el día entero para el fútbol. Pero, más allá de esas molestias menores, asistir a ellos empezó a unirnos mucho más a padres y a niños. De pronto, el equipo que los había goleado en el torneo del año anterior salía derrotado frente al nuestro. No cabíamos de la dicha. Un fin de semana en que mi madre estaba de visita, Emilio marcó un golazo desde fuera del área que le dedicó a su abuela. Ambos hicieron felices el camino de vuelta hacia la casa. Y, por primera vez, el equipo clasificó a las finales de la "Copa Oro", el cuadrangular final que juegan los primeros cuatro equipos de la tabla. 

Disputaron la semifinal contra el equipo que había terminado en primer lugar de la tabla. Yo pensé que todo iba a llegar hasta ahí, y consideré que el simple hec ho de haber mejorado tanto a lo largo de esos años ya era una victoria suficiente. Los niños me demostraron lo equivocado que estaba: luego de un partido emocionante que acabó 0-0, se fueron a una tanda de penales y lograron clasificarse a la final. Emilio marcó uno de los goles y yo casi me quedo sin voz de gritarlo. 

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Aunque el último partido lo perdieron por goleada, todos sentimos la derrota como una gran victoria. Los niños recibieron el trofeo de subcampeones felices, sin pensar en el resultado; el entrenador los felicitó por haber mejorado tanto, y los padres no parábamos de hacerles fotos. ¿A quién le importa quedar de primero cuando se ven los frutos de un largo proceso? 

El último día de la escuela nos mezclaron a padres y a niños en distintos equipos. Yo boté el penal que le hubiera dado una victoria al mío y me caí un par de veces, mientras mi hijo me gritaba desde el costado de la cancha, muerto de la risa. Emilio duró dos años en la escuela; los niños que más tiempo llevaban ajustaron más de cinco, con la pandemia de por medio. Mi hijo ha decidido, por el momento, no entrar a una escuela más seria; seguirá jugando entre semana, por diversión, en unas clases informales que dan los profes en el mismo parque, pero ya no tendrá un equipo ni disputará más torneos. La escuela nos hizo cambiar a todos. 

A los niños los formó en muchos sentidos, y a mí en particular me enseñó a ser más flexible, a abrirme un poco y a disfrutar de aquello que, como el fútbol, había dejado de gustarme. Pero, además, nos dejó amigos: ya hemos hecho algunas reuniones para comer con ciertos padres y esperamos organizar otras tantas. Al final, estos dos años me han reivindicado la antigua certeza de que ganar no es lo importante, aunque resulte inevitable competir; lo que vale de verdad la pena son todos esos intangibles que rodean el mundo del deporte. Sirve usar el lugar común, que no por obvio deja de ser cierto: en últimas no es la meta lo que importa, sino la manera en que labramos el camino hacia ella. 

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Este artículo hace parte de la edición 203 de nuestra revista impresa. Encuéntrela completaaquí.

Martín Franco Vélez

Periodista, escritor y editor. Su último libro se titula Gente como nosotros, y fue publicado por editorial Planeta recientemente.