La historia de mi mastectomía

Por: / Fotografía : María Gabriela Méndez / Octubre 2017

Ante un diagnóstico de cáncer de seno, esta bacterióloga colombiana decidió
hacerse una mastectomía radical.
Su testimonio recoge los momentos dulces y amargos de miles de mujeres.

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M

e diagnosticaron en septiembre de 2008, cuando acababa de cumplir cincuenta años. Siempre había tenido mamas densas, con nódulos; entonces me chequeaba con frecuencia. De hecho, me hicieron una mamografía dos años antes del diagnóstico, y no salió nada. Pero ese día, cuando me dieron el resultado, empecé a intuir. Sabía que era delicado, pero uno entra en negación. Cuando le entregué el examen a mi hermana, que es médica, su primera reacción fue tirar el papel. Ahí pensé: esto es preocupante.

A los pocos días me hicieron una ecografía con biopsia. Estaba acostada mientras el radiólogo hacía el procedimiento. Cuando el doctor le dictó a la secretaria lo que veía, me dije: estas son palabras mayores. Ya el tumor no estaba localizado, tenía bordes y medía dos centímetros. Pensé: si no estuviera acostada me caería al suelo. Eso es un impacto tremendo, y uno piensa: esto no me puede estar pasando a mí. Hay una dosis importante de incredulidad, y mucho tiempo después, viene la resignación.

A estas enfermedades las llaman catastróficas porque mueven todo. Te afectan a ti, pero también afectan mucho el entorno familiar, personal y laboral; no hay cabeza para nada. Ese día del examen, el médico salió del consultorio y llamó a otro especialista por teléfono delante de mis hermanas, sin saber quiénes eran, y dijo: “A esto hay que correrle, y es ya”. Ellas lo abordaron y él les confirmó que había un cáncer.

De allí salimos a tomarnos un café. Me sentía como en una película, y pensaba: “Mientras sigue este diagnóstico, qué va a pasar conmigo, qué tan grave es. Necesito trabajar, soy madre cabeza de familia, tengo una responsabilidad con mi hija”. Ese debió ser el café más largo y más maluco que me he tomado en mi vida. Sin embargo, les dije a mis hermanas: “Tranquilas, yo decanto esto, no se preocupen, no me voy a morir”. Pero esa noche no pude dormir. Me entregué a Dios y le pedí que me mostrara cómo andar ese camino. Fue una noche muy larga.

Me recomendaron un médico mastólogo con el que hice una gran empatía, y al que le tengo un especial agradecimiento y cariño; él me explicó con mucha claridad las dos opciones que tenía. Una: preservar el seno y aplicar quimio antes de operar. Pero no se sabía qué tan comprometido estaba el seno. Él no me podía operar con el tumor así como estaba. También me dijo: “Puede que la quimio no reduzca ese tumor”. La otra opción era hacer una mastectomía de una vez. Toda la familia estuvo a mi lado siempre y me animaron. “Lo que tú decidas”, decían. Entonces empecé a evaluar, sabía que tenía que recibir varios ciclos de quimio y pensé: el toro por los cachos; vámonos con la mastectomía. Como no tenía pareja en ese momento fue más fácil tomar esa decisión. Tres semanas después del diagnóstico ya estaba operada. Me hicieron una mastectomía radical.

Antes de la cirugía viví momentos de mucho miedo y ansiedad, pero no dudé de la decisión. Recuerdo que ese día tenía que estar a las seis de la mañana en el hospital. Llegué y me entregué al Señor. Cuando desperté, la sensación fue de alegría: “estoy viva”. También sentía gratitud. Es muy contradictorio, pero de eso se compone la vida: de momentos de mucho dolor, pero también de mucha alegría. Ese fue uno de los instantes que me fortalecieron para poder seguir adelante.

La cirugía fue muy dolorosa. Me pusieron un catéter y salí con una sonda y una bolsa. Es muy impactante. Tengo senos pequeños, así que la diferencia no es tan notoria. Antes yo no me fijaba en los senos de las otras mujeres, pero con la operación empecé a hacerlo. Las miraba, muchas de ellas con senos grandes, y pensaba: siquiera conmigo la diferencia no se va a notar tanto.

MASECTOMIAB

Todo este proceso, por fortuna, lo viví en Medellín, con mis padres, mis hermanos y gente muy cercana al lado. Algunos viajaron expresamente a acompañarme en ese difícil trance. No hubiera sido lo mismo si me diagnostican acá en Bogotá, donde vivo ahora. Ese es un componente muy importante: la compañía y el soporte de la familia y de la gente que te quiere. A mi hija le dije que me iban a operar, pero en ese momento no se mencionó la palabra cáncer. En un proceso de estos, cualquier hijo necesita apoyo y orientación. A ella le costó mucho vivir esas semanas después de mi cirugía. Para mí, lo más importante de haber tenido esta enfermedad fue entender que de mi hija, alguien se encargará si yo falto. Yo no puedo controlar todo. Aprendí a soltar.

Nunca se me olvida un día del postoperatorio: después de tomar un analgésico me desmayé. Mi hermana me asistió; mi hija vio que su mamá se iba y perdió totalmente el control. Yo veía esa película y hacía un esfuerzo por no perder el conocimiento del todo. Ella gritaba, y empecé a entender que no podía hacer nada. No todos tenemos esa oportunidad en la vida, de entender que si nos vamos, no hay nada que podamos controlar. Nos cuesta demasiado soltar el control, pero fue así que empecé a entender que tenía que aprender a hacerlo.

A los quince días de operada me fui a la oficina, porque ya no aguantaba la casa y el no hacer nada. En esa época trabajaba en una compañía de promociones publicitarias. Volver al trabajo fue una bendición: tener la mente ocupada. Ayuda mucho también creer en algo. Para mí es importante ir a misa, soy rezandera. En esos momentos la oración se vuelve un alimento para el alma. En esa época todo el mundo me empezó a llevar rosarios; fue muy bonito. Tengo una colección de rosarios, y tengo uno que mi abuela, que también fue operada de cáncer de seno hace muchos años, me legó cuando se estaba muriendo. Esos objetos cobraron mayor importancia.

Después de la cirugía no sabía si me había salvado de la quimioterapia. Tenían que analizar el tumor y el seno extirpado antes de decidir qué tratamiento íbamos a seguir. A Dios gracias entregaron todos los análisis y mi mastólogo dijo que se quedaba tranquilo si me bloqueaban con Tamoxifeno, un medicamento que termina siendo casi una quimio, porque es muy fuerte: mucho sangrado, várices, riesgos de trombosis, afecta el sistema digestivo, los huesos. Tuve muchas hemorragias al principio. Ese medicamento lo tomé durante cinco años según la recomendación de los médicos.

Quedan secuelas, todo tiene un costo. Yo tuve controles cada tres meses en los primeros dos años. Luego, cada seis meses. Las revisiones se vuelven tan largas que, quieras o no, sigues con el rótulo del cáncer pegado en la frente. Las probabilidades de que la enfermedad repita o haga metástasis siempre están presentes. En el plano emocional eso hace que no te sueltes: sigues imbuido en la enfermedad. Dentro de todo, por haber elegido la mastectomía fui afortunada: el costo que pagué no fue tan alto.

La vida diaria de una mujer sin senos no es fácil. Algunas se ponen rellenos hechos con medias, telas, o incluso con alpiste para reemplazar sus mamas, porque las prótesis que se encuentran en el mercado son muy caras y las formas y tamaños en que vienen diseñadas no le sirven a todas las personas. Eso no es digno para una mujer. Además, en la sección de ropa interior femenina, para mujeres con mastectomías hay un solo tipo de brasier, y lo sacan en pocos colores. Yo me di a la tarea de averiguar por qué no sacaban sostenes con encaje, con colores variados, porque finalmente seguimos siendo femeninas aunque estemos operadas. Hay una marca alemana para mujeres mastectomizadas, pero sus diseños son para mujeres europeas, con constitución diferente a la de nosotras las latinas. Al menos a mí no me sirvieron ni sus modelos ni sus prótesis.

Como muchas, tuve que inventarme mi propio método: con mucho cuidado corto con unas tijeras muy pequeñas la parte interna del brasier, y hago un bolsillo donde meto la prótesis. Solo así me puedo dar el lujo de tener ropa interior bonita. Porque una cosa es la enfermedad y otra es la rehabilitación, incluido el nivel emocional: ver cómo empiezas a adaptarte a la vida con tu nueva condición. Si no lo asumes y lo procesas con una buena actitud, te puedes volver a enfermar. Y después de superar un cáncer, la vida que nos queda debemos vivirla con alegría, autoestima y, sobre todo, con mucha dignidad.

Así no se reconozca, la falta de seno provoca un gran impacto emocional. Todos los días, cuando uno se mira al espejo, falta algo. Por esta razón en algún momento me remitieron a un cirujano estético para hacer una reconstrucción, pero para tener un nuevo seno me tenía que someter a tres nuevas operaciones. Y no estaba dispuesta a pasar por todo eso de nuevo. Con el tiempo aprendí a verlo no como una mutilación, sino como una opción de vida. Y dos años después de la cirugía, decidí hacerme un tatuaje.

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MASESTOMIAA

Con cierto pudor le dije al chico tatuador lo que quería.
Él me sugirió una flor de loto por su significado.
La flor de loto significa renacimiento y transformación.

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Empecé a investigar ese mundo y consulté con los médicos: algunos no estuvieron de acuerdo por temor a complicaciones, pero mi mastólogo y mi médica de cabecera, que es mi hermana, me apoyaron. Fui a un sitio que me recomendaron, y con cierto pudor le dije al chico tatuador lo que quería. Él me sugirió una flor de loto por su significado. La flor de loto significa renacimiento y transformación. El tatuaje quedó muy bien, pero hice una alergia tremenda. Y pensé: la embarré. Me tuve que aplicar varias cremas dermatológicas y sábila helada, pero no cedía la inflamación. Hasta que un día entendí: aquí hay mucho dolor acumulado, tengo que sacar todo esto para empezar a sanar de verdad. Y empecé a escribir, a sacar todos los sentimientos y emociones de este difícil proceso. Y lloré mucho. Para eso son las lágrimas, para limpiar. Solo así sentí que entregué lo vivido y sané. No había hecho catarsis, no había hecho el duelo, y tenía que asumir la pérdida antes de levantarme para poder seguir.

Eso fue a los dos años, pero los procesos de la mente y el espíritu llevan su tiempo. Solo hasta hace muy poco dejó de importarme la pérdida de mi seno. Me volví más transparente ante la pérdida. Cuando me pongo camisetas y se alcanza a ver algo de mi flor de loto, me identifico con ella y me siento feliz, porque marcó un renacer en mí. Y aunque es cierto que los senos hacen parte inherente de la mujer, yo siempre digo que una mujer es mucho más que un par de senos. Así me veo yo. 

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CIERRECANCER

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