En el Catatumbo, María Marín encontró en la educación menstrual una forma de resistencia. Su proyecto, Aurela FEMM, nació para acompañar a niñas y mujeres que han vivido entre la precariedad, la desinformación y la violencia. Hoy es una red creciente de formación, cuidado y liderazgo femenino.
Hay un recuerdo en la adolescencia de María Marín que no se borra: el silencio. El de las casas donde hablar de menstruación era indecente. El silencio de las niñas que escondían la sangre con trapos o papel periódico. El silencio en los pasillos del colegio cuando alguna cambiaba repentinamente de humor y los niños se burlaban con la frase que lo explica todo y no explica nada: “Está en sus días”. Y también el silencio que cubre al Catatumbo, una región en la que casi nada se nombra porque casi todo puede costar la vida.
Ese silencio fue el punto de partida de Aurela FEMM, el proyecto que hoy la convierte en una de las lideresas más visibles del nororiente colombiano. Pero llegar hasta ahí no fue sencillo. María viene de un territorio marcado por la guerra, por la precariedad, por la historia repetida de mujeres que cargan la casa, los hijos, la tierra y también el miedo. Su propio camino está atravesado por desplazamientos, por noches en las que no se puede prender la luz, por amenazas veladas y por la certeza de que ser mujer en el Catatumbo es navegar un territorio donde la autonomía sigue siendo un riesgo.

Aun así, o precisamente por eso, decidió hablar. Decidió formarse, investigar, coser, enseñar, acompañar. Decidió que la menstruación, lejos de ser un tabú, podía ser una puerta para hablar de derechos, de autocuidado, de abuso, de salud mental, de futuro. Y así, casi sin proponérselo, se convirtió en la fundadora de un proyecto que hoy llega a colegios, cárceles, veredas rurales, comunidades indígenas, albergues y espacios en los que las mujeres han sido históricamente olvidadas.
Para su proyecto universitario, María se planteó una misión: llevaría educación menstrual a un lugar en el que había niñas que no sabían ni siquiera por qué sangraban.
María es de esas mujeres que hacen sentir que todo puede hablarse. Nació en Neiva, pero a los 21 años la vida la llevó al Catatumbo, y allí, en Ocaña, se convirtió en mamá. Más tarde decidió estudiar Psicología y hoy es también educadora menstrual. Y nunca deja de formarse: se certifica constantemente en prevención del abuso, violencia de género y temas alineados a la protección de mujeres, niñas y niños, porque para ella educar también es cuidar. Tiene una risa franca que se contagia y una forma de conversar que invita a confiar. Rompe el hielo con historias propias o con situaciones que ayudan a que las mujeres se reconozcan. Escucha primero, pregunta después. Tal vez por eso, en cuanto abre la conversación, muchas la sienten como una hermana mayor o una mamá que acompaña sin juzgar.

La chispa: un salón comunal, un grupo de niños y un territorio herido
Aurela FEMM no nació en un laboratorio ni en una oficina de ciudad. Nació hace seis años en Altos del Norte, un barrio popular de Ocaña. Como proyecto de grado, María tenía que escoger una comunidad para trabajar. No lo dudó: llevaría educación menstrual a un lugar en el que había niñas que no sabían ni siquiera por qué sangraban.
La presidenta de la Junta de Acción Comunal la recibió y le abrió la puerta. Ahí empezó todo. Ese primer taller se convirtió en un plan de trabajo continuo: conversatorios, visitas, acompañamiento. La gente empezó a ubicar a María como “la muchacha que habla de la regla”. Y aunque para algunos era motivo de burla, para decenas de niñas se convirtió en la primera persona que les explicaba con claridad qué les ocurría a sus cuerpos.
Luego vinieron las invitaciones. Una defensora del pueblo la escuchó por casualidad y la llevó a capacitar mujeres rurales. Una fundación la invitó a La Playa de Belén. Profesoras de colegios la contactaban para que hablara con niñas que tenían miedo de menstruar. Y entonces ocurrió lo más inesperado: la cárcel.
María suele repetir que “el conocimiento es un refugio” y en territorios golpeados por el miedo ese refugio es también resistencia.
Un psicólogo del centro penitenciario de Ocaña la vio trabajar y le pidió acompañar a las mujeres privadas de la libertad. María aceptó. Después de unos meses, el director le propuso hacer allí sus prácticas profesionales. La universidad no tenía convenio, así que lo crearon. Entraba y salía de la cárcel, y llevaba educación menstrual a mujeres que cargaban no solo culpas y estigmas, sino también historias de abuso sexual, violencia doméstica y abandono institucional.
Cuando el mundo la vio: una beca y la certeza de que el Catatumbo también merece futuro
En junio de 2025, María aplicó, casi por impulso, a una beca para el curso Innovación social para la paz y emprendimiento sostenible, ofrecido por la Universidad Politécnica de Madrid en alianza con la Fundación Carolina y el ICETEX. Compitió con más de 800 personas de América Latina. Avanzó cada ronda. Quedó seleccionada entre 40. Viajó. Presentó su proyecto. Mostró las toallas y los pantis reutilizables cosidos por mujeres del Catatumbo, madres cabeza de hogar que vivieron desplazamiento forzado por el conflicto armado. Contó las historias de la región con la claridad de quien conoce la dureza del territorio pero también su potencia.

“En la cárcel entendí que la menstruación también es dignidad”, dice. “Hay mujeres que no tienen ni cómo cambiarse. Que usan lo que encuentran. Que viven humillaciones que nadie imagina”, dice María.
En Madrid, se dio cuenta de algo: era la única que había llegado con un proyecto vivo, con personas reales detrás, con impacto medible y también con urgencias que no podían esperar. Esa autenticidad llamó la atención de periodistas, ONG, investigadores. Hizo entrevistas, apareció en medios nacionales e internacionales, abrió puertas que nunca imaginó tocar. Pero para ella no fue un trampolín individual, sino un compromiso: “Todo lo que aprenda tiene que regresar al territorio”, repetía.
¿Qué es Aurela FEMM?
En junio de 2025, María aplicó, casi por impulso, a una beca para el curso Innovación social para la paz y emprendimiento sostenible, ofrecido por la Universidad Politécnica de Madrid en alianza con la Fundación Carolina y el ICETEX. Compitió con más de 800 personas de América Latina. Avanzó cada ronda. Quedó Aurela FEMM es un proyecto de justicia menstrual, educación y acompañamiento emocional que trabaja en tres frentes.
1. Educación menstrual sin tabúes
María habla sin eufemismos en sus talleres: sangre, vulva, ciclo, ovulación, dolor. Usa historias reales y un lenguaje cercano para desmontar mitos, abrir conversaciones sobre consentimiento, salud mental, autonomía y prevención del abuso. Niñas y niños participan, porque involucrarlos es clave para transformar violencias y dignificar los cuerpos. En territorios donde hablar de salud íntima o nombrar abusos puede costar la vida, una conversación sobre menstruación y límites corporales puede revelar lo que nadie más escucha.


2. Producción y distribución de kits reutilizables
Aurela FEMM produce panties y toallas reutilizables y distribuye las copas Eureka Cup. Cada kit, hecho con materiales seguros, dura entre dos y cinco años, esencial en comunidades donde los desechables son un lujo. Hoy llegan a colegios, veredas del Catatumbo, refugios para mujeres desplazadas, cárceles y comunidades indígenas.
3. Formación de lideresas comunitarias
Muchas mujeres que han recibido talleres con María ahora replican el contenido en sus veredas. Son madres cabeza de hogar, mujeres sin empleo formal, docentes rurales o lideresas que encuentran en la educación menstrual una forma de apoyar a otras mujeres y de sostenerse emocionalmente.
Catatumbo: entre el miedo y el coraje
Hablar de violencia intrafamiliar en algunas veredas del Catatumbo puede ser peligroso. María lo sabe. Más de una vez le han advertido que ciertos temas no se pueden mencionar, que es mejor “no meterse en problemas” y evitar preguntar demasiado. Aun así, lo hace. No desde la denuncia directa, porque pondría en riesgo a las mujeres, sino desde la educación que permite identificar señales, buscar ayuda, cortar ciclos de abuso.
En sus talleres, las niñas y mujeres cuentan cosas que deberían estremecer a cualquier país. Una le confesó que su mamá la “vendió” el día de su primera menstruación. Otra, que evitaba la tienda porque los hombres “la miraban con deseo”. Otra, que su padrastro la castigaba cuando sangraba. Y María escucha, acompaña, orienta, documenta, protege. “Si a una niña le pasa algo y yo lo sé, no me quedo callada”, dice. “Esa es mi responsabilidad con ellas”.
Dentro de su misión está decirles a las niñas lo que a ella nadie le dijo: que la menstruación es vida, fuerza, conocimiento, y que, según su lema de vida, necesitamos sacar la menstruación del clóset.
Cuando ayudar significa estar disponible a cualquier hora
María cuenta una anécdota que se repite más de lo que parece: una chica que no podía sacar la copa menstrual a medianoche. La llamó. Y María estuvo para ella. “Transformar vidas no tiene horario”, dice, “si puedo evitar que una niña entre en pánico, ahí estoy”.
Esa disponibilidad ha generado una red de confianza inmensa. Muchas niñas y mujeres la escriben para preguntarle si un dolor es normal, si su sangrado cambió, si pueden hablarle de algo que no se atreven a contar en casa. Para ellas, María no es solo una instructora: es alguien que las ve, las cree y las nombra.
Un territorio que merece ser contado de otra forma
María está cansada de que al Catatumbo lo nombren solo como sinónimo de coca, guerra o violencia. “Aquí también hay gente soñadora, trabajadora, emprendedora”, dice. “Aquí también hay belleza, creatividad, proyectos hermosos”.
Aurela FEMM es uno de ellos. Pero no el único. Por eso María quiere alianzas, inversión, acompañamiento. Quiere que su territorio deje de ser visto solo desde la herida y empiece a reconocerse desde la berraquera.
En Colombia, más de 34.000 mujeres usan trapos, ropa vieja o papel para gestionar su menstruación por falta de acceso a productos dignos. Y 300.000 no cuentan con agua segura ni baños privados para su higiene.*
Ese deseo la impulsa ahora a nuevas etapas: reuniones con la Embajada de Colombia en España para llevar kits menstruales a mujeres migrantes; alianzas con empresas internacionales que fabrican productos de alta calidad; formación de lideresas locales; expansión hacia otras regiones del país; proyectos de investigación sobre salud menstrual en territorios rurales.
La revolución íntima que empezó con una sola voz
Si algo define a María es la convicción de que la transformación empieza por cosas pequeñas: una conversación honesta, una toalla cosida a mano, una niña que entiende por primera vez que su cuerpo no es vergüenza ni culpa. “Aurela FEMM nació de esa convicción. Y creció porque muchas otras mujeres del Catatumbo, de Colombia, de España, reconocieron en ese gesto algo que necesitaban”.
María lo resume así: “Cambiar la historia de una mujer puede cambiar la historia de un territorio. Y cada historia importa”. Y por eso sigue hablando, enseñando, acompañando, cosiendo, escuchando, encendiendo luz en un lugar en el que tantas veces ha reinado la oscuridad. Diciéndoles a las niñas lo que a ella nadie le dijo: que la menstruación es vida, es fuerza, es conocimiento, y que según su lema, necesitamos sacar la menstruación del clóset.





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