Regalo con un lazo rosa

Por: / Fotografía : Juan Fernando Ospina / Octubre 2017

Un diagnóstico adverso es una noticia que nadie quiere recibir. Pero si se toma con optimismo y se siguen las recomendaciones médicas, puede ser incluso una oportunidad para vivir mejor, para aprender y aprovechar las oportunidades que nos da la vida.

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La sorpresa

S

oy esposa, mamá y empresaria, no siempre en ese orden. Estoy felizmente casada hace dieciocho años con un hombre inteligente, amoroso y transparente; tenemos tres hijos adolecentes que son mi razón de existir. Siempre hemos sido muy unidos, compartimos y disfrutamos mucho el tiempo juntos.

Llevo una vida muy intensa: me levanto a hacer ejercicio a las 5:30 de la mañana, trabajo todo el día en mi empresa de comunicaciones y relaciones públicas y nuevamente estoy “despachando desde la casa” a las 4:00 p.m., para estar cerca de mis hijos. Estoy pendiente del colegio de ellos, de que la casa marche bien y de que mi empresa crezca. Un poco como todas las mujeres: hoy en día todas tenemos que ser “mujeres maravilla”, debemos rendir al 100% en la casa, en el trabajo, con los hijos, los amigos, el marido y la familia. Y eso a veces pasa factura…

El 1 de agosto de 2013 mi vida cambió. Ese día mi esposo, que es ginecólogo, me pidió que nos encontráramos en el parqueadero de un edificio. Me sorprendió el punto de encuentro, pero como él sabe que me gustan las sorpresas, pensé que allí recibiría una de ellas. Y sí, fue una gran sorpresa lo que él tenía para decirme, pero no en el sentido en que yo me lo esperaba. Cuando llegué al lugar, me preguntó cómo había pasado el día, cómo estaba, etc., mientras yo con disimulo buscaba alrededor e intentaba dar con la sorpresa. Hasta que en un momento, me tomó la mano y me dijo:

—Linda, entregaron los resultados de los exámenes y tu biopsia salió mala.

Miedo… frío… angustia… sentí que el mundo se me venía encima. Pero esos sentimientos duraron apenas unos segundos, pues veinte minutos después ya estábamos donde el médico. En el camino, tuve tiempo de reconocer la atinada manera en que me dio semejante noticia. Fue muy inteligente en escoger un lugar que no fuera importante para mí, que no visitara con frecuencia, pues sabía que la noticia que iba a recibir quedaría registrada en mi memoria de forma negativa, y no quería que estuviera asociada a un lugar que me gustara. Ese es mi esposo: planeador, asertivo y pensando siempre en mi bienestar.

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LAZOA

El año pasado el chequeo de los seis meses debía hacerse en mayo,
pero llegó julio y no lo había hecho.
Aunque tenía a mi esposo encima acosando,
esas citas para el chequeo siempre estaban de últimas
en mi lista de cosas pendientes.

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Un poco de historia

Vengo de una familia con herencia de cáncer de seno. Producía nódulos (fibroadenomas benignos) permanentemente y cada cierto tiempo los sacaban con cirugía. Pero hace cuatro años decidieron dejarlos allí y hacerles el debido seguimiento, pues siempre salían “buenos”. Mi esposo me chequeaba con frecuencia y se mantenía pendiente de que cada seis meses me hiciera la mamografía y la ecografía.

El año pasado el chequeo de los seis meses debía hacerse en mayo, pero llegó julio y no lo había hecho. Aunque tenía a mi esposo encima acosando, esas citas para el chequeo siempre estaban de últimas en mi lista de cosas pendientes. ¡Gran error que cometemos las mujeres! Siento que en el fondo es una negación y un miedo a que los resultados sean adversos, por lo cual le sacamos el cuerpo a estos chequeos de rutina.

Para ese examen semestral cometí varios errores que jugaron a mi favor, pues cuando pedí la cita no tuve la precaución de verificar que fuera con la misma médica de siempre (quien conocía de memoria mi historia) y tampoco programé a mi marido. La radióloga que estaba de reemplazo unió por error dos de los nódulos que desde hace cuatro años estaban en mi seno izquierdo sin cambios de tamaño ni de morfología. Pero como ella no conocía todos los detalles de mi historia, ordenó una biopsia.

La biopsia arrojó que de los 50 milímetros de tejido, 3 tenían células malignas. ¡Era increíble! La joven doctora, iluminada por Dios, me ordenó una biopsia por error, y ese error salvó mi vida. Es un error que agradeceré eternamente. Como en las ocasiones anteriores, los resultados los enviaron a mi esposo, y ahí fue cuando me citó al parqueadero…

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Dar la noticia

No queríamos generar ni angustia ni lástima en los demás. Habían pasado ya dos días y prácticamente nadie sabía, no queríamos llegar a nuestros hijos, padres y hermanos hasta que hubiéramos decantado la noticia y transmitiéramos serenidad y esperanza en nuestras palabras.

Decidí no contar la noticia de frente. Aproveché la distancia que imponen los medios virtuales y usé esa distancia a mi favor: un correo me permitiría compartir directamente la información sin percibir las reacciones inmediatas de angustia o tristeza de las personas que yo quiero, y que sabía que iban a quedar impactadas.

Y así fue: con un mensaje tranquilo, positivo, con sentido del humor, que no daba pie a dolor o angustia, informé a la gente cercana lo que estábamos viviendo. Empezaron las llamadas de vuelta, las mismas que no quise atender. Consideré que no era oportuno: quienes me llamaban estaban bajo los efectos de la noticia y ellos también tenían que decantarla. Les respondí al final del día, y efectivamente encontré personas serenas y optimistas.

A mis hijos les conté a cada uno de manera independiente. Les di una “versión infantil”: que me estaban revisando, que parecía que no estaba bien lo que habían encontrado, que mejor íbamos a sacar los nódulos esta vez y que si resultaba algo que no era bueno estábamos súper a tiempo. Ellos lo recibieron tranquilos, con la tranquilidad que encontraron en mí.

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La temida quimioterapia

Vinieron entonces una serie de exámenes que iban descartando compromisos en otras partes del cuerpo, y finalmente la resonancia magnética. Resultó que en el seno derecho tenía un fibroadenoma (es decir, ningún problema), y en el seno izquierdo iniciaba, con tan solo 1,2 centímetros, un cáncer grado 3 (se mide de 1 a 3, siendo el 3 el grado mas alto) e infiltrante (que ya se está saliendo del conducto). Mejor dicho, para los que no entendemos del tema: chiquito pero bravo.

A los pocos días me pusieron el catéter y tuve mi primera sesión de quimioterapia. Increíble pero cierto: no veía la hora de tenerla, quería enfrentarla y empezar a “salir de eso”. ¡Había que ponerle el pecho de una vez por todas!

Llegué con mucha fe en que todo saldría bien, no quise escuchar los efectos secundarios que me podría generar porque no quería programarme mentalmente para sentir nada. Firmé el documento y pedí que los síntomas secundarios se los dijeran a mi marido, que si yo sentía algo diferente le preguntaría a él. He aprendido en este proceso que vivir el hoy es lo mas importante. Hoy estoy bien, mañana será otro día y seguro estaré mejor. Estaba programada en cuerpo y alma para afrontar este tratamiento con amor, con la esperanza de que en él estaba parte de mi salvación. Estuve absolutamente dispuesta a recibir la quimioterapia como mi amiga, como una gran aliada en el proceso de sanación. Y estoy convencida de que esa disposición facilitó las cosas, pues los efectos post quimio fueron mínimos.

Por otro lado, recurrí a todo tipo de ayudas, que hoy forman parte de lo que llamo mi combo quimio: la nutrióloga me dio excelentes consejos de alimentación sana y para controlar el peso, que podía subir por el consumo semanal de esteroides. También me asesoró sobre qué debo comer antes y después de las sesiones de quimioterapia, pues la idea es que en esos días el estomago trabaje muy poco. La acupuntura me prepara el hígado y el estómago, y un bioenergético me ve cada mes y me da algunos sueros que me ayudan a reponerme después de cada sesión. Gracias a este “combo quimio” puedo decir que no he vomitado ni sentido náuseas ni una sola vez; tampoco he aumentado el peso.

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LAZOB

No queríamos generar ni angustia ni lástima en los demás...
Con un mensaje tranquilo, positivo, con sentido del humor,
que no daba pie a dolor o angustia,
informé a la gente cercana lo que estábamos viviendo.

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La caída del pelo

Antes de que se me empezara a caer el pelo me hice el primer corte, me pareció sano tener esa transición. Mi pelo era hermoso, mi mayor orgullo, motivo de envidia de mis amigas y familiares. Pero ahí estaba otro aprendizaje del proceso: el desapego. Con el pelo que me corté, que me llegaba casi a la cintura, me hice mi propia peluca. Quedó divina, aunque sólo la use de adorno. En el día 18 de la quimioterapia (era un ciclo de 21 días) empezó a caerse mi pelo. Dejaba mechones en la almohada, en la ropa, en la ducha, y aunque me daba un poco de nostalgia, era mayor mi alegría de saber que lo que pasaba con mi pelo estaba pasando con mis células malignas. Así como mi pelo desaparecía, esas células también se estaban acabando; ahora sí había empezado la batalla y ya se podía ver quién iba ganando.

Finalmente, en la intimidad de mi familia, mi marido y mis hijos me raparon. Fue un momento especial, profundo y lleno de amor de familia. No puedo negar que el sonido de la máquina pasando por mi cabeza me impactó profundamente. Pero a partir de esa noche empecé a dormir tranquila y en paz. Al otro día me puse la peluca antes de salir para mi empresa. Me picó, me rascó, me estorbó… ¡Una tortura china! Entonces mi esposo me propuso que me la quitara, y aunque sabía que no usarla era ponerme el letrero de “cáncer”, me pareció peor mantener escondida una enfermedad que no había sido mi decisión. Incluso, sería una gran oportunidad para enseñarles a mis hijos que aunque no es fácil, a veces se puede ser diferente. Hoy me encanta estar así. Aunque al principio me daba frío, ahora disfruto la libertad y sobre todo no tener permanentemente en mi cabeza motivos para recordar que estoy en un tratamiento. Incluso se me olvida, lo recuerdo cuando me veo en un espejo de casualidad o con alguna mirada penetrante de la gente. Es parte del aprendizaje también: aceptación.

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El blog

Por recomendación de un amigo escritor, empecé a escribir como terapia. Escribir te permite reflexionar, descubrir y entender las emociones de un momento que cambia tu vida para siempre. Con el fin de tener un orden y poder compartir con alguien todas estas cosas que estoy viviendo, empecé a conservar mis escritos en un blog. Se llama poniendoleelpechoalcancer. com

Al comienzo tenía acceso restringido, pero una amiga lo puso en su muro de Facebook y al poco tiempo muchas personas lo estaban compartiendo. Sentí vergüenza, no quería que se divulgara mi intimidad, y además no me siento muy hábil en la escritura. Escribo desde el corazón, y ese no tiene corrector de estilo ni de ortografía.

Pero por ese blog recibo mensajes que agradecen poder aprender a enfrentar una enfermedad de manera diferente, cómo recibir con amor y tranquilidad lo que la vida nos entrega y hacer de este camino un sendero más transitable, donde capitalizar las experiencias negativas como aprendizaje es definitivo.

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LAZOC

¿Que sigue?

En pocas semanas estaré terminando las quimioterapias. Mínimo seis semanas después tendré la histerectomía radical terapéutica, y todo esto formara parte del pasado.

Es increíble cómo la adversidad, el miedo a dejar de existir, fortalecen la fe, te acercan al corazón de la gente y te permiten disfrutar como nunca de los pequeños detalles.

Hoy me alegro con cualquier amanecer, con las cosas más pequeñas y cotidianas, y doy gracias a la vida por este regalo que me dio con lazo color rosa. He decidido que los días, meses o años que me queden voy a vivirlos más feliz e intensamente que nunca.

 

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CIERRECANCER

Etiquetados con: Cáncer de mama / Cáncer / Enfermedad / Testimonio /

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