40 días y 40 noches

Por: / Ilustración: Luisa Martínez / Marzo 2017

La autora reflexiona sobre los días después del parto: luego de nacer el bebé nace una madre, y el proceso es lindo pero también doloroso.

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Posparto 3

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Las abuelas le decían la dieta y hoy varias personas lo llaman cuarentena, pero el nombre médico para esas primeras semanas del posparto es puerperio. La realidad es que cuando se es mamá primeriza esta etapa puede llegar a ser una cachetada sorpresiva a lo que se ha mitificado como la mágica experiencia de los primeros días de la maternidad.

Sí: cuando un bebé es deseado y esperado con amor, su llegada es un evento maravilloso que celebramos. Pero la realidad biológica es que el cuerpo de la madre pasa por un parto, ya sea vaginal o cesárea, y aunque todo salga normal, este hecho es un trauma físico y espiritual. A eso hay que sumarle el cambio hormonal tremendo que se vive en esos momentos y el proceso de curación que debe llevar a cabo el organismo para regresar a un estado similar al que tuvo antes del embarazo. Además, esas primeras semanas están rodeadas de incertidumbres, angustias y aprendizajes acelerados, todo esto acompañado del cansancio más intenso que pueda experimentar un ser humano común en su vida a causa de un déficit extremo de sueño. Es una montaña rusa emocional, por decir lo menos.

Ahora a las futuras madres, por lo general, se les prepara para el parto y el cuidado del bebé una vez está fuera del útero, pero poco o nada se les advierte acerca de lo que vivirán ellas en su fuero interno, en carne propia.

Cada día se habla un poco más de la depresión posparto, y es una maravilla que así sea. Pero de una forma u otra parecen solo existir dos extremos aceptables en el espectro de esta experiencia. O se está en deleite absoluto después del nacimiento del bebé, dedicada a la contemplación y el gozo como la virgen María rodeada de ángeles, o se está en depresión. O se está jubilosa o se está desconsolada. Y es en esos extremos que la recién parida siente que debe entender el torrente de emociones que cruza su alma durante esos primeros días. Y entonces, cuando aparecen las inevitables lágrimas, que llegan y son copiosas casi siempre, nos preguntamos si tenemos depresión posparto y por qué fracasamos así en el inicio de nuestra maternidad, si tanto la deseamos y soñamos. De inmediato se apoderan de la mente puerpera los pensamientos: ¿qué estoy haciendo mal? Y ¿soy una mala madre por sentir tantas emociones mixtas, diversas y confusas juntas?

Yo le tenía tanto miedo a la depresión posparto, a no sentir apego hacia mi hijo, a no aceptar mi nueva versión de Carolina/ mamá, que me comí mi placenta. Después de pedir que me la guardaran en una nevera de icopor con hielo en la clínica, una partera se la llevó y preparó pequeñas cápsulas que yo tragué durante los primeros días de vida de mi hijo. Aunque creo que este ritual me ayudó a conectarme con mi cuerpo y mi proceso, y pienso que también apoyó mi buena producción de leche, no evitó el mar de lágrimas en el que me vi sumida desde que llegamos con nuestro tesorito a la casa.

Lloré mucho. Muchísimo. El agua salada saltaba de mis ojos cada vez que veía a mi bebé dormir, cuando lo veía en brazos de su padre, ante el dolor en los pezones por cuenta de la lactancia, al ver mi nuevo cuerpo maltratado frente al espejo por primera vez, al pensar en la posibilidad de no poder cuidar de él. Sollocé por amor y por dolor. Gemí de felicidad, de miedo, de ilusión y de tristeza. Así como me sentía obnubilada por la adoración que brotaba de mí hacia ese nuevo ser que cargué nueve meses adentro y que ahora podía ver, oler y tocar; tuve que hacerle el duelo a esa antigua Carolina que quedaría cambiada por siempre. Nace un bebé, pero también nace una madre, y el proceso es lindo y doloroso.

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Llegó el día en que todo regresó a  su lugar. La mirada se despejó y la claridad me permitió ver que esta experiencia, la maternidad, sería  la más importante de mi vida.

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También, al hacer memoria, creo que tanto suero intravenoso que me inyectaron desde que entré a la clínica hasta que salí (más de 48 horas) no sólo me infló como un globo, sino que mi cuerpo en su afán por deshacerse de tanto líquido de más comenzó a producir lágrimas en cantidades escandalosas. No, no fue depresión posparto. Yo estaba feliz y realizada con mi cría, pero el amor me brotaba a mares, de forma literal. Al querer hablar de lo que sentía la única manera de expresarme parecía ser el llanto. Las noches largas, larguísimas, de poco sueño, de dolor físico, estaban llenas de lágrimas. Los días largos, larguísimos, cargados de aprendizajes y soledad acompañada, también pasaron por agua.        

Y después de 40 días y 40 noches, en que pensé que el cansancio me iba a matar, que la falta de sueño me haría desfallecer, en que llegué a dudar de ser capaz de cuidar de mí y de mi hijo sola y sin ayuda, llegó el día en que todo regresó a su lugar. La mirada se despejó y la claridad me permitió ver que esta experiencia, la maternidad, sería la más importante de mi vida, y que las mamás tenemos súper poderes. Como los héroes que viajan al subsuelo y se enfrentan a monstruos ancestrales como un bautizo de sangre, y luego regresan a este plano empoderados, renacidos y gloriosos.

Esa yo que ahora soy jamás volverá a ser la que fui, pero hoy me amo más que nunca porque sé de lo que soy capaz.

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