El cerebro de una atleta

Por: / Fotografía : Mauricio Alvarado / Enero 2017

Es claro que un deportista de alto rendimiento necesita un intenso entrenamiento físico. Pero ¿qué pasa con su mente? Varios estudios han encontrado que, a la hora de la competencia, entrenar la mente es tan importante como entrenar el cuerpo.

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Todos la vimos. Después de un primer intento, en el que logró saltar 14,65 metros, Caterine Ibargüen se dispuso a realizar un segundo salto. Esa primera marca no le garantizaba la posibilidad de competir por una medalla olímpica. Además, la atleta venezolana Yulimar Rojas estaba respirándole en el cuello con un impecable 14,33. Por eso, ese segundo salto era importantísimo. La tribuna del Estadio Olímpico Engenhão, en Rio de Janeiro, estaba pintada casi toda de amarillo. Cientos de banderas se agitaban alentando a la atleta antioqueña.

En cuestión de segundos, el trabajo de cuatro años de entrenamiento iba a ponerse a prueba. Cualquier cosa podía salir mal. Sin embargo no había rastro de nervios ni de ansiedad en el rostro de Ibargüen. Tampoco se veía en extremo seria, como si necesitara una concentración sobrenatural para hacer ese segundo intento, ni se le veía la mirada vacía como si estuviera paralizada por el miedo. Todos la vimos. La antioqueña sonreía y posaba, mostrándole a las cámaras sus uñas multicolores, como si lo que siguiera en su vida fuera dar un concierto y no un salto que le representaría la gloria o el fracaso. Y saltó. Todos la vimos. Sin demostrar ningún agobio logró 15,03 metros, que la llevaron a la ronda final, para luego completar los 15,17 metros que le otorgaron la medalla dorada.

Su físico, resultado de 20 años de práctica de triple salto, era indiscutiblemente el cuerpo de una campeona. Pero, ¿y su mente? Todos la vimos derrochando carisma en un momento en el que el más recio de los caracteres se quebraría. Como si la ansiedad fuera una cosa de los mortales y ella perteneciera a otra casta, logró un desempeño impecable mientras batía su cabello y bailaba despreocupada las arengas que gritaban en la tribuna. Para Felipe Berón, entrenador del equipo de tenis Colsanitas, el entrenamiento mental de un atleta es fundamental a la hora de la competencia. Manejar los nervios, la ansiedad y la presión es parte del entrenamiento para lograr un nivel profesional de alto rendimiento. Explica: “Los deportistas de alto rendimiento trabajan de una manera integral todos los aspectos que tienen que ver con la competencia, no sólo la técnica y la táctica específica de su deporte. En el tenis se utiliza mucho una frase que dice: ‘Un campeón es cabeza, piernas y corazón’. La fortaleza mental es donde realmente se nota la diferencia entre un deportista ganador y uno que no lo es”.

Berón explica que el tenis es uno de los deportes en donde la exigencia no solo pasa por lo físico, sino también por la habilidad del jugador de mantener la concentración. Por esto él recurre a varias estrategias para entrenar la mente de los tenistas, que incluyen ejercicios de respiración, pensar sólo en el instante presente y aprender a centrar la mirada en un solo objetivo. Ejercicios que se asemejan más a lo que sucede en un centro  de meditación budista que en un gimnasio, pero que, a la larga, marcan toda la diferencia entre un atleta competitivo y uno que no lo es. En sus palabras, “Los deportistas que entrenan las habilidades mentales tienen más herramientas para enfrentar los momentos críticos y de alta tensión que se presentan en la competencia”.

Cuando se enfrentan atletas con habilidades similares en cuanto a la técnica, la táctica, la fuerza, velocidad y la resistencia, el resultado final está determinado por los factores psicológicos como la confianza, la concentración, la tolerancia al fracaso y la actitud ganadora”.

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“Los deportistas que entrenan las habilidades mentales tienen más herramientas para enfrentar los momentos críticos y de alta tensión que se presentan en la competencia.” explica Felipe Berón.

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En los últimos años, entrenadores y deportistas han tomado ese conocimiento sobre la importancia de la preparación psicológica de un atleta y lo han llevado un paso más allá. Se han aliado con científicos que les han permitido ver exactamente qué es lo que pasa con el cerebro de un deportista de alto rendimiento cuando está en competencia. La Universidad de Montreal, por ejemplo, ha creado mapas neurológicos tras monitorear el cerebro de varios deportistas olímpicos, para comparar sus resultados con los de personas que no practican deporte.

En contravía con el estereotipo de que los atletas son poco locuaces y, por ende, poco inteligentes, los hallazgos de estos estudios resuenan con las observaciones que alguna vez el escritor norteamericano Norman Mailer hizo sobre los boxeadores: “No hay forma de acercarse a la comprensión de un boxeador a menos que uno esté dispuesto a reconocer que éste habla mediante un control corporal tan objetivo, sutil y aprehensible en su inteligencia como cualquier ejercicio mental emprendido por algún ingeniero social como Herman Kahn o Henry Kissinger”.

La mente de un atleta cuenta con cinco rasgos sobresalientes. Estos ejes han sido agrupados por un grupo de entrenadores norteamericanos que buscan desarrollar un entrenamiento cognitivo que ejercite el cerebro de los deportistas en estas áreas, de la mano de la psicología y la neurociencia. En primer lugar está la capacidad de tomar decisiones instantáneas. Nuestro pensamiento consciente opera a una velocidad lentísima, mientras que el cerebro de un jugador como James Rodríguez está entrenado para tomar decisiones instantáneas basadas en reconocimiento de patrones e instinto. En segundo lugar, la capacidad de reaccionar y anticipar resultados. Los atletas tienen una capacidad aguda para reconocer indicios visuales que les permitan reaccionar ante sus competidores. Esto explica por qué los jugadores profesionales de béisbol pueden saber con poquísima información el tipo de lanzamiento que les hace el pitcher y escoger la mejor estrategia de bateo. En tercer lugar, el razonamiento espacial.

Un jugador de básquetbol, por ejemplo, está entrenado para entender planos tridimensionales complejos y moverse sobre ellos mientras ejecuta otras acciones como defenderse, hacer un pase o marcar el tiro de la victoria. En cuarto lugar, la concentración y manejo de emociones, como lo demostró Caterine Ibargüen en su desempeño en los Juegos Olímpicos de Rio 2016. Por último, el cerebro de un atleta cuenta con una amplia área de visualización e imaginación que les permite mejorar su rendimiento en momentos cruciales de competencia.

Universidades en China, Australia, Italia y Estados Unidos también se han interesado por la manera en que funciona el cerebro de los atletas y han encontrado que el entrenamiento constante de un deporte puede alterar la estructura del cerebro. En 2001, científicos chinos se propusieron estudiar la fisiología del cerebro de buzos profesionales y encontraron que su corteza cerebral era mucho más gruesa que la del resto de las personas, rasgo que agudiza su percepción de movimiento en la oscuridad. Este estudio resonó con un hallazgo de la Universidad de La Sapienza en Roma, donde compararon las ondas cerebrales de atletas cinturón negro de karate con las de algunos voluntarios. Los atletas emitieron ondas alfa más fuertes, lo que demos- traba un estado de relajación más profundo que permitía una mayor concentración. Posteriormente, los científicos italianos compararon estos resultados con los cerebros de esgrimistas   y golfistas y encontraron movimientos similares. Los cerebros de los deportistas de alto rendimiento tenían algo en común: reportaron mayor eficiencia a la hora de completar tareas que pedían coordinación motora, pues sus cerebros se demoraban menos tiempo en encontrar la mejor manera de hacerlo.

Mucho se ha hablado de la fisiología de súper humano de Michael Phelps. La impresionante longitud de sus brazos, pies y manos, combinada con la poca producción de ácido láctico de su cuerpo, que le permite recuperarse mucho más rápido que sus competidores, lo asemejan más a un anfibio que a un padre de familia. Sin embargo, ninguno de estos elementos que constituyen esa maravillosa lotería genética son causa directa de las 28 medallas olímpicas que se ha colgado al cuello durante su carrera como nadador. La mayor parte del entrenamiento al que se somete Phelps es psicológico, ejercitando muchos de los ejes que son necesarios al entrenar el cerebro de un atleta. Como lo ha explicado cientos de veces su entrenador, Bob Bowman, el secreto detrás de Phelps reside en hábitos mentales que practica diariamente. Para Bowman, la visualización y el ensayar diferentes escenarios mentales son fundamentales a la hora del entrenamiento: “Meses antes de una carrera, Michael entra en un estado de relajación total. Ensaya diferentes escenarios mentales durante dos horas y se visualiza ganando. Se toma su tiempo para oler el aire, probar el agua, escuchar los sonidos y ver el reloj. También se imagina como un espectador de su propia carrera y piensa en diferentes obstáculos que podrían surgir y que le impedirían ganar”. Para el entrenador, el secreto detrás de las victorias de Phelps es claro: “Si puedes imaginar un escenario mental lo suficientemente fuerte y te visualizas en él, tu cerebro inmediatamente buscará las maneras de que esto suceda”.

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