Xiomara Xibillé

Por: / Fotografía : Marcela Riomalo / Noviembre 2017

Muchos colombianos la recuerdan como la nubelina en el programa infantil El Club de Nubeluz. Hoy, más de veinte años después, Xiomara Xibillé es reconocida como embajadora incansable del bienestar.

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demás de ser coach y practicante de diversas terapias alternativas, es instructora de yoga prenatal y dueña de Vivir Bonito, restaurante y mercado natural. Es además autora del libro Tiempo de siembra, una guía práctica para padres gestantes, y está próxima a publicar Nutriendo la espera, un compendio de consejos para ayudar a las madres a alimentarse física y emocionalmente durante el embarazo.

En la sala de su casa en Cajicá, completamente vestida de blanco y con su hija Guadalupe en brazos, dice que así como le gusta su papel de terapeuta, disfruta también su rol de cantante, presentadora y actriz de novelas. “Me encanta la vida tras bambalinas pero también me fascina la adrenalina del escenario. Ambas cosas son mi inyección de vida”.

Detrás de ella, en la biblioteca, títulos de Osho y filosofía budista conviven con libros de arte, literatura clásica, cocina orgánica y ediciones antiguas de Vogue. La selección es tan ecléctica como su dueña.

En algún momento, después de tu paso por Nubeluz y en medio de tus trabajos como actriz, cantante y presentadora, te fuiste convirtiendo en una abanderada de la vida saludable. ¿Cómo y cuándo pasó eso?

Para mí, el buen vivir ha sido importante desde siempre. Yo me crié en el Valle, en una finca panelera donde siempre hubo conciencia de la buena alimentación. En mi casa no se usaba azúcar, sino panela orgánica, por ejemplo, y me dieron a probar productos como la soja desde muy chiquita. Además, mi padrastro era agrónomo y hacía cosas como servirnos flores con los huevos porque, según él, era importante que todo lo que comiéramos tuviera algo verde. Así que mi vida de niña transcurrió desde esa naturaleza. Más adelante, cuando era adolescente y ya llevaba varios años haciendo ballet, empecé a investigar lo que recomendaban los nutricionistas de los deportistas de alto rendimiento para mejorar la energía física, y a los catorce años me volví vegetariana por convicción. Algún tiempo después llegó a mí el yoga —una de las herramientas transversales de mi vida—, y por ahí encontré la meditación. Me conecté fácilmente con esa práctica porque mi abuela hacía meditación trascendental hacía tiempo y eso ya había sembrado en mí el bichito de buscar la conexión con el alma y la vida equilibrada. Desde entonces, me he dedicado a estudiar varios tipos de terapia y de medicina alternativa. Me he convertido en lo que yo llamo una “empresaria del bienestar”.

¿Y qué haces como empresaria del bienestar?

Busco promover el equilibrio y el buen vivir para mí misma y para los demás. En algún momento, después de estudiar Raja Yoga en la Universidad para la Paz, de hacer siete años el programa Vive bien con City TV y de hacer el de ABC del Bebé, entendí que mi camino tenía que ver con el bienestar. Entonces decidí meterme a estudiar Psicología Transpersonal (terapia que integra los aspectos espirituales y trascendentes de la experiencia humana con los principios de la psicología moderna). Ahí empecé a reivindicar todos los caminos de vida que había empezado a andar desde los cinco años. Hoy siento que mi vida se ha convertido en una empresa por y para el bienestar: combino las terapias que hago en mi consultorio con clases de yoga para mamás gestantes, estudio en el California College of Ayurveda y atiendo a mis clientes en Vivir Bonito, el restaurante que abrí hace un tiempo con mi pareja en Usaquén.

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¿Cómo ha sido la experiencia con el restaurante?

Más que un restaurante o un biomercado, Vivir Bonito es un centro de bienestar. Allá las personas van a buscar otras cosas. Se sientan en nuestras mesas, nos consultan sobre su cáncer, su hipertensión, su artritis… nos piden consejos para mejorar su vida y de repente nos convertimos en una especie de asesores de bienestar. De alguna manera eso era lo que queríamos con ese lugar; que fuera un espacio para generar un cambio de conciencia.

Uno de tus temas definitivamente es la maternidad. Has escrito dos libros sobre mamás gestantes, eres instructora de yoga prenatal y fuiste la cara del programa ABC del Bebé durante mucho tiempo. ¿De dónde viene ese interés?

Pienso que la verdadera educación se da en el útero. Lo que no aprendamos ahí, no lo vamos a aprender después ni en Oxford, ni en Cambridge, ni en ninguna otra universidad. Esto lo empecé a entender en un viaje que hice a Bali hace 16 años. Yo estaba muy intrigada de ver lo felices que vivían todos los balineses, y cuando pregunté a qué se debía eso, me respondieron que al cuidado que le daban a las mujeres durante el período de gestación. Para ellos, la sociedad se crea en el útero: el ser humano empieza a aprender en el útero intrauterino y continúa aprendiendo después en el útero extrauterino que es la vida. Esa idea me impactó mucho y cuando regresé del viaje me puse a estudiar el tema de psicología prenatal. Leyendo a Omraam Mikhael Aivanhov, comprobé la importancia de la gestación. Él habla sobre la galvanoplastia espiritual, una teoría que dice que toda la vida de un ser humano depende del instante en que se unen la energía masculina y la femenina para crearlo. Con el tiempo he ido confirmando que la fecundación, el parto y los nueve meses de gestación dejan unas improntas para toda la vida. Por eso he querido ayudar a crear conciencia alrededor de esa primera etapa de la vida.

De ahí tu proyecto Vientres de Luz, el programa de preparación pre y posnatal que apoya a los padres en su proceso de gestación consciente…

Exactamente. Ese es un proyecto de hace 13 años que busca abrir el espacio para que las mamás hagan una conexión intrauterina y bilateral con su bebé. A veces las madres nos comunicamos con nuestros hijos en el vientre pero no sabemos cómo recibir las señales que ellos nos devuelven. Vientres de Luz es un lugar de armonización prenatal y ha sido un proceso maravilloso porque ha logrado extenderse a espacios sociales donde mujeres de bajos recursos, que normalmente no tienen acceso al yoga y ese tipo de cosas, han podido participar.

Tú tienes tres hijas: Luna, Monserrat y Guadalupe, que nació hace menos de dos meses. ¿Qué significado tiene para ti la maternidad?

Ser mamá es la gran universidad de la vida para nosotras las mujeres. Todos los demás estudios que uno haga son anexos a ese aprendizaje. Mi iniciación como mujer ha sido dar a luz  a mis tres hijas. Mis dos hijas mayores, Luna y Monserrat, ya tienen 13 y 9 años. Nacieron por parto natural, pero en una clínica. Guadalupe nació en la casa hace mes y medio, y puedo decir que su parto es la experiencia más intensa y límite que he tenido en la vida. Cuando pares así, estás completamente en el presente, sintiendo todo sin las anestesias que te ponen en el hospital para que no te des cuenta de lo que está pasando. Sientes la vida y la muerte al mismo tiempo. En el clímax de todo, pareciera que fueras a tener que morirte tú para que tu hijo pueda nacer. Es un momento muy instintivo y mágico. Después de eso, dices: “Si puedo hacer esto, puedo hacer lo que sea”. Es una experiencia de empoderamiento femenino absoluto.

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Para mí, el buen vivir ha sido importante desde siempre. Yo me crié en el Valle, en una finca panelera donde siempre hubo conciencia de la buena alimentación.

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Tú has hecho de todo en la vida: programas de televisión, libros, proyectos sociales… Pareciera que tu papel fuera el de ser madre y gestora. No sólo de hijos humanos sino también de proyectos e ideas. ¿Puede ser?

¡Qué lindo! Nunca lo había visto de esa manera, pero ahora que lo dices, pienso que sí. De pronto sí nací para ser mamá de miles de seres que me han seguido en mis programas de televisión y en los programas de todas las fundaciones con las que he trabajado. Además, siempre estoy viajando, inventando, planeando, creando. Es como si estuviera embarazada todo el tiempo.

Háblanos de esas múltiples facetas. ¿Se puede hacer todo y hacerlo bien?

Pues yo ahí tengo una dicotomía. Desde el punto de vista cabalístico, concentrarse en las semillas que sembramos es la clave para que germinen bien. Pero yo creo que lo mío no es quedarme cuidando, sino ir regando semillas por todas partes para que después vengan otros y las hagan crecer. Me gusta pensar en lo que hago como una especie de “ecología humana”. Sé que soy buena uniendo personas e ideas. De hecho, el primer proyecto que tuve en la vida se llamaba Antahkarana, una palabra en sánscrito que quiere decir “puente”. Yo me siento muy así; eso es lo que me gusta: ser puente. Pero uno colgante, porque no me gusta la rigidez.

¿Por qué no te gusta?

Porque es un rasgo que he tenido toda la vida y que me ha tocado trabajarme. A mí me pararon en una pasarela a los tres años y, desde entonces, he sentido que tengo que ser un poco perfecta. Esa idea me hizo volverme muy rígida. Hace unos años me di cuenta de que había llenado mi maleta con un montón de estructuras perfectas, y ha sido todo un proceso desaprenderlas. La idea es cambiar el morral de 80 litros por una mochilita arhuaca para ir un poco más liviana por la vida. En eso me ha ayudado mucho Ricardo, mi pareja. Él me ha hecho entender que lo más rico es ser como el bambú, que es sólido pero flexible, y no como el roble, que se rompe con la primera tempestad. Y yo era el roble: demasiado estructurada, rígida, perfeccionista. Era, incluso, muy masculina. Trabajar y ganarme mi propio dinero desde los tres años me llevó a vivir durante mucho tiempo desde mi lado masculino. Así que todas las cáscaras que he ido quitando han sido también para volver a conectar con la energía femenina, que es más fluida y receptiva.

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Desde el punto de vista cabalístico, concentrarse en las semillas que sembramos es la clave para que germinen bien. Pero yo creo que lo mío no es quedarme cuidando, sino ir regando semillas por todas partes para que después vengan otros y las hagan crecer.

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¿Qué hábitos de bienestar te han apoyado en esos procesos personales?

Mi idea ha sido crear una manera de vivir que me permita ese equilibrio delicioso entre la mente, el cuerpo y el alma. El primer alimento que busco todas las mañanas es el del alma: me levanto a meditar a las 3:45 a.m. porque esa es la hora ambrosial, la hora en la que el universo está aquietado y uno puede tener más paz y conexión. A eso le sigue mi práctica de yoga. Después de eso hago mi rutina de Ayurveda. Me hago un masaje abyangar con aceite de ajonjolí caliente en todo el cuerpo, me cepillo la piel con un guante de crin para limpiar las toxinas y salto entre 15 y 20 minutos en un mini-saltarín para activar la linfa. También me tomo dos vasos de agua con clorofila y un jugo verde de lechugas, espirulina, clorela y algas marinas. El resto del día trato de alimentarme con muchas verduras y cereales como el arroz integral, la quinoa y el amaranto. Siempre me preparo un extracto de frutas y verduras a media mañana y a media tarde. Todos estos hábitos me anclan. Me permiten estar en mi centro o, como se dice en sánscrito, en svasta, que significa estar establecido en el “yo”.

¿Y ese “yo” es Xiomy o es Xiomara?

Hmmm… Xiomy es el “yo” externo que me ha permitido construir a Xiomara, el “yo” interno. Y ese yo-yo me lo gozo todo: he disfrutado por igual mis sesiones de coaching, mis clases de yoga, mi papel en Alejo Durán, los seis años que duré haciendo El Club de Nubeluz o el concierto para 6.000 niños de escuelitas de Cajicá que di hace dos meses. Así que si me preguntas si soy Xiomy o Xiomara, tengo que responderte que soy las dos. La una está dentro de la otra y entre ellas se abrazan todo el tiempo. Eso es lo que me ha permitido gozarme la vida como lo he hecho. 

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