Con azúcar, por favor

Por: / Ilustración: Randy Mora / Noviembre 2017

Se calcula que en Colombia, alrededor del siete por ciento de la población tiene diabetes, y la cifra de enfermos en el mundo va en aumento. En las líneas que siguen un paciente diabético detalla cómo es vivir con esta condición.

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ntiendo la extrañeza de quienes sabiéndome diabético ven que siempre tengo a la mano una lata de gaseosa normal, un par de sobres de azúcar o una de esas leches condensadas que algunas mamás alcahuetas todavía les empacan a sus hijos en las loncheras. Se supone que tengo prohibido el azúcar, así que pensarán que es una desobediencia del diabético, tan riesgosa como que un alcohólico cargue botellitas de whisky o vodka en los bolsillos de su chaqueta. Más perplejos quedan cuando les explico que no se trata de “trampitas” o “deslices”, sino de dosis de azúcar que, llegado el caso, se convierten en mis mejores aliadas. En mi caso, como en el de tantos otros diabéticos tipo I, una botella de gaseosa puede convertirse en una verdadera “chispa de la vida”.

Un poco de historia aclarará las cosas. Tenía veinticinco años. Hacía dos o tres me había graduado, y trabajaba en un importante banco. El mundo se abría delante de mí ancho y ajeno, como en la novela del peruano Alegría. Un día mi compañero de oficina me dijo que no era normal que estuviera tan flaco y que anduviera pegado todo el día a un vaso de agua con una sed insaciable, como si estuviéramos trabajando a campo abierto en Barrancabermeja. Me recomendó que fuera a donde un médico amigo de su familia. Después supe que Germán, mi compañero, venía de una familia de diabéticos, y por eso conocía bien los síntomas de esta enfermedad.

Recuerdo esa cita médica como si hubiera sido ayer. El doctor Sierra sacó un curioso aparato en el que introdujo una delgada tira plástica; después pinchó la punta de mi dedo índice y puso la gota de sangre en la tira. No más de cinco segundos transcurrieron cuando, con la serenidad del que ya ha vivido eso cientos de veces, me dijo que yo era diabético. Ese diagnóstico resonó en mis oídos como una lapidaria sentencia.

Al diagnóstico siguió la explicación médica. Mi diabetes era tipo I. Hasta ese momento yo lo más que sabía era que la enfermedad se llamaba diabetes, con e, y no diabetis, con i. Hasta allí llegaba mi conocimiento sobre la enfermedad, como les pasa a los que se asombran con mis provisiones cotidianas de azúcar.

—El diabético tipo I es insulinodependiente —dijo con su curioso acento argentino-caribeño el doctor Sierra.

—¿Insulino qué?

—Este tipo de diabético debe inyectarse a diario dosis de insulina para suplir la falla crónica de su páncreas, que es el órgano encargado de su producción en un organismo sano —me explicó con un tono distante y profesoral. Y prosiguió con su explicación diciéndome que los diabéticos tipo II, la gran mayoría de la población diabética, pueden manejar su enfermedad con ejercicio, dieta y otro tipo de medicamentos.

Tan sesuda explicación, entendida a medias y nada asimilada en ese momento, provocó una hecatombe interior. ¿Inyectarme algo a diario? ¿Inyectarme yo mismo? Además de la dosis diaria de insulina, mi dieta debía cambiar drásticamente. Cero azúcar, consumo moderado de harinas, carnes magras y, como si eso mejorara el desolador panorama alimenticio, toda la verdura que quisiera. Hasta en el listado de frutas había restricciones. La antítesis dietaria para un joven que por aquel entonces solía reunirse con sus amigos en torno a una enorme pizza y unas cervezas bien frías. El tratamiento terminaba con una sugerencia que parecía un añadido decorativo al lado de la insulina y la dieta: el ejercicio ayudaría a controlar mejor los niveles de azúcar en la sangre. No supo entonces el doctor Sierra, y menos yo, que esa última recomendación habría de convertirse, con los años, en el lente vivencial que me sirvió para mirar de otra forma esa enfermedad que irrumpió en mi vida sin ningún aviso.

No soy nieto, ni hijo, ni hermano de diabéticos. La cuestión no fue genética, y me llegó cuando mi mayor quebranto de salud era una gripa al año. Entendí que la flecha de la ruleta se había detenido en mi nombre y que, más allá de cualquier explicación científica o espiritual, debía darle algún sentido a esa escogencia.

Así comenzó una historia que lleva ya más de un cuarto de siglo. Estoy seguro de que cada diabético insulinodependiente tiene un anecdotario bien nutrido alrededor de su enfermedad, y que cada una de esas historias se ha ido moldeando según el temperamento de cada cual, según su entorno y, especialmente, según la forma como el diabético y su familia han encarado una condición que marca, como pocas, una actitud ante la vida.

Recuerdo mis primeros años diabéticos. Obsesivo y metódico, llegué al extremo de pesar gramo a gramo todas mis comidas. En el comedor de la casa se creó una frontera, imaginaria para el resto de mi familia y para mí tan robusta como la Muralla China, entre mi comida y la del resto. Yo andaba todo el tiempo pendiente de mi glicemia. Mi primer glucómetro, grande y pesado como una panela, me costó lo que hoy cuestan diez, más pequeños y ligeros que los celulares de moda. Vivía en función de mi diabetes, y tardé un buen tiempo en entender que la cosa era al revés, que a mi diabetes la debía acoger y aceptar en función de mi propia vida. No se trataba de vivir para enfrentar la diabetes, sino de aceptar mi condición de diabético para llevar una buena vida.

A la obsesión del comienzo le siguió entonces una fase más tranquila, de comprensión y aceptación. De ocultar mi condición pasé a revelarla y a explicarla con un orgullo que antes hubiera considerado insensato. Tengo que decir, agradecido, que fue mi novia de entonces, hoy mi esposa, la que ayudó a darle un giro sustancial a mi relación con la enfermedad. A su lado los años me fueron enseñado que mi diabetes era, contrario a lo que creí por tanto tiempo, una condición especial para llegar al otro; entendí que la fragilidad que trae la enfermedad se puede convertir en una fortaleza y que una inseparable compañera como la diabetes da otra visión y una distinta comprensión de lo que significa estar consigo mismo y con los demás.

Al compás de los avances de la ciencia y siempre con la guía de mis médicos, he pasado por distintos tipos de insulina; por jeringuillas desechables y esferos de aplicación; por dosis que han ido desde una hasta cinco aplicaciones al día; por sistemas de medición que empezaron en imprecisas glicemias “al ojo” hasta los sofisticados y muy precisos glucómetros que hoy venden en todas partes. Sé que el paso siguiente es usar una bomba de insulina, pero lo cierto es que no espero ningún nuevo invento, y hace mucho dejé de creer en curaciones mágicas. Soy, sin arrogancias y con uno que otro error, mi mejor médico y también mi mejor paciente.

Para el diabético insulinodependiente todo es una cuestión de balances. Si la dosis de insulina es excesiva el resultado es una hipoglicemia; si es insuficiente la consecuencia son glicemias por encima del rango de normalidad o tolerancia. No se trata solamente de un equilibrio entre comidas y dosis de insulina. Muchos otros elementos entran en juego. El deporte, el alcohol, el infaltable estrés, otras enfermedades concurrentes y, que no me oigan ni lean mis médicos, un cierto azar, un indomable duendecillo que a veces hace de las suyas simplemente para recordarnos que debemos estar vigilantes, porque nuestro cuerpo, como el de todos, tiene sus defectos hechos a la medida de nuestras capacidades para entenderlos y saberlos sobrellevar.

Sabemos los diabéticos tipo I que el costo de unos promedios razonables de glicemia tiene un nombre: hipoglicemia. El descenso de los niveles de azúcar en la sangre por debajo del umbral tolerado (50 mg) ocasiona una sensación que puede presentar distintas y a veces sobrepuestas sintomatologías: sudoración, desconcentración, irritación, visión borrosa e, incluso, inconciencia. Es por eso que suelo llevar conmigo la lata de gaseosa, los sobres de azúcar o la leche condensada. No son antojos ni deslices, ni son, tampoco, infracciones a la dieta. Son la solución para salir del bajón o para evitarlo. Es una fórmula aparentemente contradictoria con la que todo diabético tipo I aprende a vivir: más que una erradicación ciega del azúcar en nuestra dieta, lo que debemos lograr es un equilibrio entre lo que comemos, lo que hacemos y lo que nos inyectamos. Y como no somos unas máquinas rutinarias e infalibles, siempre se debe tener a la mano una dosis de azúcar cuyo consumo justificado, dicho sea de paso, no deja de tener su placer y su encanto. El estigmatizado azúcar merece su justa y proporcionada reivindicación.

No quiero aprovechar estas líneas para escribir eslóganes baratos como “el balance es la clave”, “una vida de moderaciones es la regla mágica” o “en ti está la solución y no el problema”. Frases de cajón que se repiten en ese oropel de publicaciones de salud que van tras el bolsillo de unos consumidores obsesionados con esa nueva religión de la salud perfecta. Prefiero decir, escribir en este caso, que la diabetes, en mi caso la diabetes tipo I, es una condición de vida que todos los días nos replantea su reto; que en la diabetes hay y habrá episodios que parecerán desmayos o retrocesos, pero que también hay y habrá momentos que irán confirmándonos la suerte de saber que somos, día tras día y en permanente formación, los artífices de nuestro propio bienestar.

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