Sentar cabeza

Por: / Ilustración: Super User / Mayo 2017

El autor de estas líneas reflexiona sobre la imposibilidad de llegar a una edad en la que se despejen las dudas y se establezcan las certeras.

SEPARADOR

Durante el cuartico de hora que duró en Colombia la fiebre del Rock-En-Tu-Idioma, el cantante argentino Miguel Mateos nos preguntó: “¿Nene, nene qué vas a hacer cuando seas grande?”. Pasan los años, las décadas y esa pregunta sigue ahí, vigente. Y no porque uno no sea consciente de que los años han pasado. Claro que han pasado. ¡Y muchos! Pero la pregunta sigue sin resolverse del todo porque, en muchas ocasiones y circunstancias de la vida, la mente sigue pensando: “Cuando yo sea grande quisiera… (qué sé yo)… vivir en una finca, leer libros que no he podido leer, aprender alemán...” Cientos de proyectos grandes y pequeños que se van postergando porque “lo urgente no deja tiempo para lo importante” (Mafalda) y porque ya habrá tiempo: “Cuando yo sea grande”.

Ocurre muy a menudo porque uno aplaza a lo largo de la vida el significado de volverse grande. En el colegio, ser grande es estar en undécimo grado. De joven, ser grande es graduarse de la universidad y empezar a trabajar. A los 30, ser grande es cumplir 40, “ser grande” es jubilarse. Y así pasan las décadas.

¿Dónde quedaron esos conceptos que de niño uno les oía a los adultos? “Ya me entenderás cuando seas grande”. “Aproveche que es joven porque cuando sea grande no va a poder hacerlo”. La adultez la pintaban como la época de las certezas, las verdades incontrovertibles: “¡A los adultos no se les contradice!”.

Una época en la que uno, por fin, iba a sentar cabeza. Ese era el objetivo de la vida. Lo que significaba (o al menos así lo entendía yo) que a partir de determinada edad uno solo iba a hacer cosas de personas mayores. Como, por ejemplo, dejar de decirle a la mujer amada “mi amor” y pasarse a “mija”.

Y sí, uno hace cosas muy serias de adulto, como conseguir trabajo, casarse, tener hijos, endeudarse… Pero la cabeza como que nunca termina de sentarse.

Jamás llega a adquirir la pose de los bustos de próceres y poetas que engalanan los parques. Ni siquiera ese rictus de las fotos de los columnistas “líderes de opinión”, que miran muy serios el lente de la cámara mientras sientan sus cabezas en tres dedos de la mano que señalan la nariz, un ojo y una oreja. ¿Y  las certezas y verdades absolutas que caracterizaban a los adultos que sí sentaron cabeza? La realidad nos dice que entre más pasan los años más grandes son las dudas.

Uno envejece. Se cae el pelo, aparecen arrugas, pero a ratos sigue pensando y actuando como si los años no hubieran pasado. Esas cosas que, se supone, íbamos a dejar atrás cuando fuéramos grandes, cuando sentáramos cabeza, muchos de nosotros no hemos dejado de hacerlas de todo. Conozco muchas personas de mi edad y hasta diez y quince años mayores que yo que corren maratones. Van al gimnasio. Yo sigo tocando en un grupo de rock. Y pensar que en los sesenta todos esos ídolos del rock que aún sobreviven y llenan estadios con las mismas canciones de siempre manifestaban querer estar muertos antes de volverse viejos, es decir, antes de cumplir treinta años...

¿Cuál habrá sido el ‘chip’ que cambió en los adultos que ha afectado tanto el concepto de adultez? Puede haber varias explicaciones. La expectativa de vida de las personas es cada vez más alta. Los avances en salud pública, nutrición y el culto al cuerpo también han cambiado muchos paradigmas. Hasta el punto de que ahora se habla de un nuevo estado en el que estamos quienes tenemos

entre cincuenta y los setenta: la madurescencia, un término que conocí hace muy pocos días y en el que vale la pena ahondar, porque seguramente muchos contemporáneos míos se sentirán identificados con esta nueva tribu urbana. Pero de eso ya habrá más tiempo (y espacio) para hablar.

(Continuará).

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Etiquetados con: Opinión / Crecer / Madurez / Vejez /

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