La vida tras la muerte

Por: / Fotografía : Jorge Andrade Blanco / Marzo 2017

Una pareja con el dolor más grande que se puede sentir encontró consuelo en la solidaridad y la ayuda a los demás.

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E

ra la menor, la consentida, la única mujer de la casa; se graduó del Colegio Calasanz Femenino e ingresó a Diseño Gráfico en la Universidad Nacional de Colombia. A sus 22 años, Nathalie Cordero era una joven con una personalidad fuerte, amante de la música y el arte. Llevaba una vida normal: estudiaba, salía de fiesta los fines de semana y ensayaba con su banda. Su papá, Luis Fernando, se sentía privilegiado.

—Estábamos en una zona de confort muy bonita —dice.

Su familia tenía una pequeña empresa de zapatos en el barrio El Restrepo, en Bogotá. Los cuatro hijos varones también estudiaron en la Universidad Nacional y empezaron a construir sus propios hogares. Vivían en una casa amplia en el centro-occidente de la ciudad.

 Pero cuando cursaba cuarto semestre, Nathalie empezó a tener problemas de salud. Cuando comía su abdomen se inflamaba y tenía un malestar constante. Tras varios exámenes y consultas su situación siguió empeorando, cada vez más alimentos le provocaban hinchazón. La remitieron a psicología, donde sugirieron que todo era producto del estrés que le producía la universidad, el desgaste por salir de fiesta cada fin de semana, tener una banda y estudiar tanto.

El malestar empeoró rápidamente y tuvo que ser internada. Pasó una semana en la clínica al final de la cual los doctores llegaron a un diagnóstico: linitis plástica, un tipo de cáncer de estómago muy agresivo que rara vez afecta a personas tan jóvenes como Nathalie. El médico le dijo a la familia que no existía cura; un cuidado paliativo sería posible, pero Nathalie iba a morir.

La casa se vació, las llamadas dejaron de llegar, los otros hijos volvieron a sus hogares, los amigos regresaron a sus rutinas, y Luis Fernando y su esposa Rosario se vieron solos, vacíos tras la muerte de su hija menor. Rosario no pudo volver a la empresa, se encerró en su casa, sintió que su vida había acabado.

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Los almuerzos dominicales en familia desaparecieron. Tanto Luis Fernando como Rosario le huían al sufrimiento de verles las caras a sus hijos y sentir el hueco de Nathalie, su puesto vacío”.

 


Luis Fernando luchaba constantemente consigo mismo, con el recuerdo de su hija. Se negaba a aceptar que no la volvería a ver.

—Para mí fue muy difícil, era la niña chiquita, todo el movimiento de la casa era en torno a ella —dice hoy Rosario—. Al principio yo pensaba: vendamos la casa, vámonos, no quiero estar acá. Pero todo lo que estaba en la casa era ella: sus instrumentos, su estudio, y entonces sentía que no podía dejarlo… Es muy fuerte, hay que llorar mucho, hay que enfrentar que una partitura quedó abierta en lo último que ensayó...

Mientras Rosario sufría en la casa, Luis Fernando lloraba en su oficina. Entendió que tenía que enfrentar la vida, pero a pesar de su esfuerzo le resultaba muy difícil.

—No podía pasar frente a la Universidad Nacional. El ver a los jóvenes con sus maletas me provocaba pasarles con el carro encima. Tenía una rabia incontenible. Por momentos era tristeza y por momentos ira. Tuve que cambiar la ruta —dice.

Los almuerzos dominicales en familia desaparecieron. Tanto Luis Fernando como Rosario le huían al sufrimiento de verles las caras a sus hijos y sentir el hueco de Nathalie, su puesto vacío. Constantemente se preguntaban qué hubieran podido hacer, qué hubiese pasado si hubieran hecho otra cosa. Y cada pregunta sin respuesta era una tortura. Un mes después de la muerte de Nathalie, en una reunión familiar, los otros hijos los confrontaron. Sentados en un amplio sofá en la sala de su casa los hijos les dijeron a Luis Fernando y Rosario que los necesitaban, que si pudieran tomar el lugar de su hermana lo harían. Que tenían que aceptar la situación y seguir adelante. Si no reaccionaban la familia se hundiría, sobre todo Rosario. Pero los días oscuros siguieron.

Fue en su carro, oyendo radio, que Luis Fernando escuchó sobre la Fundación Lazos: una entidad ecuménica sin ánimo de lucro establecida en 1995. Averiguó y supo que Lazos busca ayudar a los padres que han perdido uno o varios hijos, y para ello se basan en la ayuda mutua y en las experiencias compartidas. Rosario lo define diciendo: “Dolor compartido es dolor diluido”.

Mediante encuentros, charlas y actividades grupales ayudan a los padres en su proceso de aceptación de la muerte del hijo.

vida y muerte 3

Luis Fernando y Rosario decidieron ir a la Fundación Lazos. El primer encuentro fue en el barrio Villas, en Bogotá. No recuerdan mayores detalles de esa tarde. Sólo que los recibió una madre muy amorosa que había perdido a su hijo por cáncer de testículo, lo que los ayudó a sentir cierta conexión con la mujer.

—Fuimos en pareja, fue un día oscuro. Yo hablé mucho, lloré mucho, hablé todo lo que pude de Nathalie —dice Rosario.

Luis Fernando, por el contrario, recuerda que no habló mucho, sólo estaba ahí, acompañando a su esposa e intentando entender qué estaba pasando. Después de ese encuentro continuaron asistiendo semanalmente a un grupo de apoyo. Eran unas ocho o diez personas que les empezaron a ayudar en su proceso.

—Al principio yo decía: a mí esto no me sirve —dice Luis—. Yo escuchaba a una mamá diciendo “perdí a mi hija hace tantos años, y ya estoy recuperada, ya sonrío y bailo”, y pensaba “esto tiene que ser mentira, uno no puede llegar a ese estado después de semejante dolor”. La negación no me permitía seguir —recuerda Luis Fernando.

Sin embargo, en su primer encuentro le dijeron que podía pensar que nada mejoraba, pero debía hacer el esfuerzo. Poco a poco lo iba a ir sintiendo.

—Ya llevo ocho años en la Fundación y hoy recuerdo a mi hija con una melancolía bonita —dice Luis Fernando.

Pasaron dos o tres años para que se sintiera mejor. Confiesa que aún llora al recordar a su hija, pero no son lágrimas de desesperación: son de conocimiento, vienen cargadas con una nostalgia amorosa. Luis Fernando aprendió a apropiarse del recuerdo de Nathalie. Contrario a comentarios como “no hable de eso, que se va a poner mal”, empezó a entender que a pesar de la muerte de su hija, él seguía vivo y debía honrar su memoria.

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Ambos coinciden en que no existe un subterfugio al dolor. Es necesario dejar que llegue, es necesario sentirlo, llorar, sufrir y aceptar que la persona no está de viaje, sino que murió. Que es definitivo”.

 


A Rosario le costó un poco más de tiempo aceptar la muerte de Nathalie y seguir adelante. En los primeros años buscaba fotos de su hija y se quedaba horas mirándolas, llorando. No quería moverse, salir, retomar la vida. Tuvo que vivir un duelo diferente al de su esposo para sanar. Tuvo que ser enfrentada por sus hijos, encerrarse, huir, encontrarse y perdonarse. En el momento en que entendió la importancia de ayudar, todo cambió.

Ambos, Luis Fernando y Rosario, encontraron en los demás un espejo. Ayudar a otras personas en su situación los ayudaba; su dolor disminuía a medida que el de los demás lo hacía.

—Hoy soy presidente de la Fundación —dice Luis Fernando desde el estudio de su casa, mientras sonríe cálidamente.

Rosario es quien recibe a las nuevas parejas que llegan a la Fundación Lazos y les abre una puerta de esperanza.

Ambos coinciden en que no existe un subterfugio al dolor. Es necesario dejar que llegue, es necesario sentirlo, llorar, sufrir y aceptar que la persona no está de viaje, sino que murió. Que es definitivo. Rosario y Luis Fernando celebran el cumpleaños

de su hija, hablan de ella, cuentan su historia las veces que sea necesario durante los encuentros.

—Don Luis Fernando, ¿qué le diría a su hija hoy?

—Le diría mamita, gracias por haber contribuido en sembrar en mí un nuevo sentido de vida.

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