Batuta: un instrumento para la reconciliación

Por: / Fotografía : Marcela Riomalo / Febrero 2019

Desde que se creó en 1991, la Fundación Batuta se ha enfocado en hacer de la música una herramienta para cambiar la vida de miles de niños y jóvenes colombianos. Ellos son la muestra de que la música tiene un poder transformador que no tiene ninguna otra manifestación artística.

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a pequeña habitación del centro musical del barrio San Rafael, al norte de Bogotá, está repleta de niños y jóvenes entre diez y dieciséis años. Son 27, cada uno con su instrumento: violines, violas, chelos y un contrabajo apenas pueden acomodarse entre atriles y sillas. Vienen de diferentes zonas de la ciudad pero tienen en común haber dedicado más de la mitad de sus vidas a la música. Todos esperan atentos a que empiece el ensayo. Apenas se oyen los primeros compases, el maestro Leonardo Valencia detiene la música con un gesto:

—¡Métanse en el cuento! ¡Métanse en el personaje! —dice. Y narra la escena de la película Superman Returns a la que pertenece la pieza que están tocando, para ubicarlos en el contexto. Les transmite la emoción, les inyecta sentimiento.

Luego levanta la batuta y empiezan a escucharse de nuevo los compases de la melodía. El ensayo continúa con la misma pasión que el director pondría al frente de la mejor orquesta del mundo. Entonces ocurre: el sonido es más limpio, mejor. Al final de la pieza hace correcciones y aplaude los aciertos.

—Estoy orgulloso de ustedes —dice.

En otro extremo de la ciudad, en el Centro Musical de Lisboa, en la localidad de Suba, otra treintena de niños y niñas de todas las edades se prepara para el ensayo. No tienen instrumentos: solo el cuerpo y la voz para cantar. La maestra, Constanza Barrero, se pone detrás del órgano para iniciar la clase. 1,2, 3… y toda la sala se llena de esas voces que hacen estremecer al visitante.

Ambos centros pertenecen a la Fundación Nacional Batuta —FNB—. Si le preguntaran a cualquiera de los niños que estudia en alguno de los 184 centros musicales de la fundación cómo sería su vida sin la música ellos, muy probablemente, responderían como Laura Cely: “La música es todo lo que tengo”; o como Natalia Bernal: “La música está en todo mi yo. Es todo para mí”; o como Sergio Chaves: “La música es casi todo en la vida, lo que hago a diario”.

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La guerra y la música

Desde su llegada a la Dirección de Batuta, María Claudia Parias ha querido hacer énfasis en el programa más grande y sólido que tiene la institución: Música para la Reconciliación. Los niños y jóvenes que asisten a este programa reciben formación musical, pero también herramientas para transformar su existencia cotidiana, porque son niños víctimas de la guerra. Los maestros utilizan la música como canal para sanar las heridas del conflicto. También atienden a niños con discapacidades que además son víctimas. Y, recientemente, los padres de esos chicos pidieron que se abriera un espacio para ellos, porque también quieren aprender. Parias lo explica así:

—Es más importante lo que la música puede lograr que la música misma. Aquí la música cobra sentido en el nivel comunitario más íntimo. Batuta ha sido un proyecto que ha estado en el posconflicto desde su fundación en 1991, cuando aún no se usaba ese término. En mi gestión hemos hecho énfasis en atender sobre todo a víctimas del conflicto y en ampliar las fuentes de financiación desde la óptica del poder transformador de la música en un país como Colombia. El tema central de Batuta es su raíz comunitaria y esa relación con la guerra.

Motivados por esa línea de acción, diseñaron un proyecto para la Unidad de Víctimas de la Presidencia de la República que llamaron Las Voces de la Esperanza. La idea es formar en práctica vocal a adultos y niños con ensambles de iniciación musical en diez municipios colombianos donde ha habido masacres. Habrá un componente que hasta ahora Batuta no ha explorado: la composición de canciones, teniendo en cuenta que muchas de las víctimas no saben escribir, pero suelen cantar lo que les pasó. Usarán la música tradicional de cada zona, que es la más cercana a las personas. Y si funciona bien se replicará en otros sitios donde han ocurrido hechos atroces.

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En lugares donde hay alta violencia y bandas enfrentadas, se respeta al niño que va con un instrumento en su mano. Los niños de Batuta se vuelven líderes: ellos no quieren que haya violencia entre sus compañeros de colegio y promueven un ambiente más tranquilo”.

Pero el poder de la música alcanza no solo a las víctimas del conflicto, sino a todos los niños y jóvenes que se acercan a cualquiera de los programas de Batuta: Batubebés, dirigido a desarrollar la percepción estética y la creatividad en niños de dos a cuatro años; Formación coral, para niños y jóvenes, que estimula la facultad de trabajar escuchando a los otros; Iniciación Musical, donde chicas y chicos adquieren conocimientos de lectoescritura musical y desarrollo motriz, rítmico, auditivo y vocal, a través de su participación en los ensambles de iniciación y los coros.

El modelo pedagógico de Batuta se llama “orquesta–escuela”, y se basa en el hacer musical colectivo: los niños aprenden a tocar un instrumento mediante la práctica. El modelo fue diseñado por el maestro venezolano José Antonio Abreu, creador del exitoso sistema de orquestas de Venezuela, quien asesoró al gobierno colombiano en la creación de Batuta. En Bogotá los centros de Batuta son autosostenibles: los alumnos pagan más o menos dinero dependiendo de su condición social. En el resto del país Batuta trabaja con aliados públicos y privados para incorporar la música a los programas educativos de colegios y escuelas.

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Ayudar, no competir

Luego de diez años de experiencia, la maestra Constanza Barrero sabe que un niño que ha sido víctima del conflicto, apenas entra a Batuta, cambia:

—Cuando llegan son muy cerrados, les cuesta relacionarse, tienen problemas de autoestima. A los pocos días uno ve la transformación en muchos aspectos: en lo físico, lo emocional, en el colegio y sus relaciones.

El entorno social de estos niños también cambia: la deserción escolar disminuye de una manera asombrosa; baja la violencia intrafamiliar porque los papás entienden que tocar un instrumento es algo complejo y eso hace que valoren muy positivamente a sus hijos. El efecto inmediato es que aumenta la autoestima, y los padres ven en ese talento la oportunidad de que esos niños asciendan socialmente.

También logra mejores relaciones con el entorno social inmediato: en lugares donde hay alta violencia y bandas enfrentadas, se respeta al niño que va con un instrumento en su mano. Los niños de Batuta se vuelven líderes: ellos no quieren que haya violencia entre sus compañeros de colegio y promueven un ambiente más tranquilo. Y lo que resaltan los profesores en los estudios realizados es que esos niños se vuelven unos niños de paz.

Gracias al modelo pedagógico empleado (orquesta-escuela), el niño interioriza que la calidad del resultado depende de su desempeño, de su aporte al grupo. Este método genera una forma de trabajar en equipo que fomenta la solidaridad: los que saben más tienden a ayudar a los que saben menos; no hay competencia, sino trabajo en equipo:

—En la orquesta somos muy unidos. Siempre hay apoyoentre todos: me ha tocado ayudar a algún compañero sin necesidad de que me lo pida y a mí también me han ayudado. Nos apoyamos porque hay un amor por la música y buscamos que la orquesta suene bien —cuenta Natalia Bernal, una joven de quince años que entró a Batubebés cuando tenía tres y ahora forma parte de la orquesta del Centro Musical San Rafael, en Bogotá.

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Ventajas de ser músico

Sergio Chaves tiene los ojos grandes y su verbo es preciso. Tiene doce años pero aparenta menos, aunque cuando habla parece mayor. Estudia música desde que tenía cinco años y tiene claro su futuro: será arquitecto, estudiará dirección musical porque sueña con dirigir la Filarmónica de Berlín y también será cantante. Pero no cualquiera, sino “el sucesor de Pavarotti”. Hace siete años fue su primer día en Batuta. Él lo recuerda:

—Realmente me gustó, me sentía relajado, en otro mundo. Desde ese día yo solo quería hablar de la música. Ha sido una experiencia muy bonita porque yo no empecé muy bien, no subía de nivel y gracias a los profesores, he llegado a un nivel muy alto.

Para él Batuta no es solo el lugar al que le encanta asistir tres veces por semana; es el lugar donde aprende y se forma para lograr su sueño.

—Últimamente he tenido muchos problemas personales y psicológicos, pero cuando vengo a Batuta siento que estoy en otra cosa y se me olvida todo; siento que esto es como un psicólogo porque me ayuda a resolver los problemas, porque me relaja. 

Sergio ve otros beneficios en su vida como músico. Aunque no es fácil añadir más horas de estudio a las horas del colegio, él asiste con gusto a las clases:

—Batuta me ha enseñado a poder enfrentar todo: nada me queda grande. Todo me queda a mi medida. Nunca falto con ninguna tarea en el colegio. Y casi siempre saco buenas notas.

La experiencia de Sergio se repite en los niños de Batuta. La música les forma una disciplina mental que los hace más organizados y les enseña a manejar sus tiempos. Aunque parezca una paradoja, mientras más exigencia tienen, mejores resultados académicos consiguen. Laura Cely, una niña de doce años que empezó hace uno en el centro musical de Lisboa, lo confirma:

—Antes llegaba a mi casa y me ponía a ver televisión. Ahora vengo al Centro Musical y me enseñan a tocar y a cantar; regreso a mi casa a hacer las tareas y ya no tengo tiempo de ver televisión.

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En el campo cognitivo hay dos áreas que se desarrollan en el cerebro: las matemáticas y el lenguaje. Los niños que estudian música tienen mayores facilidades de entender las palabras, comprender la estructura gramatical y hablar otros idiomas”.

Varias investigaciones de la FNB con distintas universidades y con el Departamento Nacional de Planeación, han mostrado resultados concluyentes sobre los efectos de la formación musical en los niños.

En el campo cognitivo hay dos áreas que se desarrollan en el cerebro: las matemáticas y el lenguaje. Los niños que estudian música tienen mayores facilidades de entender las palabras, comprender la estructura gramatical y hablar otros idiomas. Además, se desarrolla la capacidad de memoria, la atención y la concentración. Se estimula la imaginación y la creatividad, y se fortalece la disciplina, la dedicación y la constancia.

Si le preguntaran a cualquiera de los niños que estudia en alguno de los centros musicales cómo sería su vida sin Batuta, muy probablemente respondería como Sergio Chaves, que ante esa posibilidad, cierra los ojos enormes, y usa el tono que emplearía para una tragedia: “Duro, duro, duro. Sería muy difícil”.

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Música para el cerebro

Está comprobado científicamente que la música promueve reacciones positivas en el cerebro. Leonardo Palacios, profesor titular de Neurología de la Universidad del Rosario y estudioso apasionado de la neuroestética (un campo de la neurociencia que busca las bases biológicas y neurales de la creatividad y la belleza), resume los efectos de la música: “Cuando escuchamos música el cuerpo reacciona: aumenta la frecuencia cardiaca y respiratoria, hay emoción (lágrimas, júbilo), sensación de escalofrío, tensión muscular, cambios en la tensión arterial”.

Estudios recientes han mostrado, a través de la resonancia magnética, que al escuchar música se activa la producción de dopamina. Esta neurohormona cumple funciones en la actividad motora, la motivación, el humor, la atención y el aprendizaje. Además, está vinculada con sensaciones de placer, bienestar y amor.

También está demostrado que cuando se escucha una canción favorita o cuando se canta junto a otras personas en un coro formal o improvisado, se liberan endorfinas, esa sustancia que se genera en el cerebro cuando estamos satisfechos y contentos.

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